“Tus hijos no son tus hijos. Son hijos e hijas del anhelo de la vida por sí misma.”
Khalil Gibran
“Porque cada uno llevará su propia carga.”
(Gálatas 6:5)
Esta historia es una de los tantos cúmulos de experiencias que la vida me ha enseñado. No sabría decirles si la soñé, la leí o la vivì en alguna parte, pero la cuento con un poco de creatividad para encauzar las enseñanzas de mis pupilos, ustedes.
Como maestro, mis queridos estudiantes hay situaciones que se viven diariamente y otras que se guardan en los anaqueles de la memoria para relatarlas y dejarlas como huellas en la memoria de ustedes.
Hijos, escúchenme bien: hay lecciones que no se aprenden en la escuela, sino cuando la vida decide examinarnos sin previo aviso y darnos contundentes golpes. De joven, uno se cree imabatible y tambièn frases y expresiones como si fueran verdades absolutas. No las discute. Se le meten en la cabeza y terminan viviendo en uno, son parte de nuestra enciclopedia personal. Se guardan en los meandros de nuestra memoria y cualquier día surgen, saltando como el lobo a la liebre para devorarla. Asimismo, recordé esta historia para contarla a ustedes.
Una de las frases o expresiones más repetidas —y más aplaudidas— es esta: “Todo lo que gano es para mis hijos”. Entonces, enseñar también es aprender a mirar distinto, asì fue como aprendí de esta historia. Guàrdenla en sus memorias:
Recuerdo a un vecino al que llamaré Anselmo Pérez. No importa tanto su nombre como lo que representa. Era alegre, trabajador, de esos que no llegan con las manos vacías a ninguna conversación. Pero, sobre todo, era un convencido de su causa: vivir para sus hijos.
Decía a menudo sin pelos en su lengua: —Los hijos son la única inversión que no falla. Con esa contundencia le escuchábamos sin entrar a refutarle su expresión.
Y él, con ese amor consuetudinario de padre, organizó su vida alrededor de esa idea. Trabajó sin descanso, vendió lo que tenía, hipotecó su casa, entregó sus ahorros para que sus hijos alcanzaran sus metas, fueran profesionales. Todo en nombre de un futuro que no era el suyo. Nunca se quejó. Al contrario: había en él una especie de orgullo sereno, como quien siente que está haciendo lo correcto. Y tal vez lo era.
Durante mucho tiempo pensé que tenía razón. Quizás, porque como maestro también he creído, de distintas formas, en la idea de darlo todo por otros. Pero la vida —como la educación— no es una fórmula exacta. Ella falla muchas veces. Nos da unas bofetadas que desdicen de los principios y creencias que tenemos.
En fin, los hijos crecieron. Se fueron. Construyeron sus propias historias.
En ese momento entendí algo que hoy también le digo a mis estudiantes, aunque con otras palabras: cuando uno se entrega sin medida, corre el riesgo de olvidarse de sí mismo.
Y no se trata de culpar a los hijos. Esa es una lectura fácil, pero equivocada. No es ingratitud: es la vida siguiendo su curso. Los hijos no pertenecen al pasado. Pertenecen al futuro.
Años después, lo vi sentado frente a su casa, mirando la calle con una calma distinta. Tenía en su rostro y su cenicienta piel el reflejo de la soledad cargada con la amargura milenaria de sus antepasados. Sus amados hijos ya no lo llamaban ni lo visitaban.
Estoy seguro que sus padres y madres deben enseñar, incluso con el ejemplo, que el amor no debe borrar la dignidad. Porque, los hijos se van. El mundo sigue. Y el cuerpo pasa factura.
Por eso, si algo he aprendido en el aula y fuera de ella, es esto: hay que saber dar, pero también saber quedarse. Para que cuando llegue el duro invierno de los años del ocaso—que siempre llega— no tengamos que mendigar ni memoria ni compañía, sino que podamos sostenernos con la tranquilidad de haber vivido sin abandonarnos. Porque, al final, también eso se enseña.