De niño, mi padre solía decirme: “quien mucho habla, mucho yerra”. Aprender a callar ha sido de lo más difícil; hablar de más me costó varios tropiezos. Con el tiempo fui puliendo la verborrea y entendiendo a mi viejo. Por eso sé que hace falta bastante cinismo para soltar cosas al garete y seguir como si nada.
En la política colombiana, “hablar al garete” ha generado múltiples polémicas. Deberíamos plantearnos una pregunta que hemos evitado durante toda esta campaña presidencial: ¿qué dice de nosotros el hecho de que ciertos discursos absurdos no solo circulen, sino que además triunfen?
El micrófono no revela al político. Lo construye. Se activa como un personaje más tajante, más seguro, menos dispuesto a reconocer que no sabe. Y ese personaje — contundente, simple, emocionalmente efectivo — termina siendo más visto.
Un borracho puede decir la verdad más incómoda del año y nadie lo desmiente. El problema es cuando el borracho tiene micrófono, cámara y escolta.
No sé si Álvaro Uribe duerme poco, pero sí sé que propuso que los demás duerman menos. "A Colombia la está matando la pereza", dijo, con esa autoridad de quien nunca ha tenido que madrugar a coger un bus para ir al trabajo. No fue un lapsus. Reducir décadas de desigualdad estructural a un defecto de carácter del colombiano pobre es una operación ideológica vieja, eficaz y cómoda. Más cómodo es culpar al que duerme que transformar el sistema que lo agota.
Abelardo de la Espriella, por su parte, habla con la soltura del que sabe que la cámara está encendida y que eso es lo que importa. Afirma que va a destripar a la izquierda. “Candidato de los bandidos” dice al referirse a su contendiente. Es el lenguaje de carnicería usado como bandera de la patria, como si el duelo entre machos fuera la única forma de demostrar el decoro. “Ellos son el mal; nosotros somos la última defensa de la República.”
Paloma Valencia señala enemigos ideológicos con el dedo. La táctica no es nueva: construir un culpable disponible ahorra el trabajo de construir un argumento. “Hay que acabar con Fecode.” “La educación está ideologizada.” Y fue mucho más visible cuando en 2025 pidió “que Israel ayude militarmente a Colombia”.
A principios del año 2020, la vicepresidenta de Colombia Marta Lucía Ramírez, realizó la siguiente afirmación durante un conversatorio de mujeres en la ciudad de Medellín: “tenemos demasiadas psicólogas y sociólogas, carreras que no les sirven para tener mejores ingresos”. O cuando el general Zapateiro dijo al referirse a un sicario de Pablo: “Lamentamos mucho la partida de Popeye”. El pastor de derecha Miguel Arrázola dijo en una prédica, al referirse al periodista Lucio Torres quien lo investigó: “yo tengo unos manes ‘tablúos’ que te pueden hacer la vuelta y matarte… dale gracias a Dios que soy nacido nuevo… porque si no, hace rato estuvieras en la Ciénaga de la Virgen boca abajo.”
Lo que más me inquieta no es la demagogia. Es el silencio alrededor. El aplauso. La normalización.
Todo eso no es incompetencia. Es una lectura equivocada del país desde la soberbia y construida con la certeza de que el poder es suficiente credencial intelectual.
Este estilo discursivo no nació solo. Se nutrió por décadas de un antiintelectualismo cultivado con cuidado: la desconfianza hacia la academia, hacia las ciencias sociales, hacia cualquier disciplina que introduzca matices incómodos o cuestione estructuras de poder. Construyeron un relato donde el análisis técnico huele a traición.
Una ciudadanía que no puede distinguir entre contundencia y verdad no delibera: reacciona. No decide: se agita. Así las cosas, cualquiera con un grito fuerte puede parecerse a un líder.
Entre tanto, algunos medios de comunicación normalizan ese discurso empobrecido, donde las frases efectistas sustituyen a las ideas fundamentadas, donde la contundencia se confunde con la verdad. En cambio, la afirmación de Iván Cepeda según la cual “Antioquia se convirtió en cuna de la parapolítica, de la narcoeconomía y del terrorismo de Estado” fue objeto, por parte de esos mismos medios, de una interpretación capciosa que ignoró su contexto histórico y político.
Han creado un ecosistema donde la provocación vale más que la precisión, el análisis parece cobardía, el matiz huele a traición y la contundencia se confunde con la verdad. Allí la provocación genera más clics que la precisión, decir algo escandaloso resulta, sencillamente, rentable.
Imagen generada por IA.