El libro descansa sobre la mesa. Es un libro del escritor colombiano William Ospina, titulado “ Pa´ que se acabe la vaina”. Lo dejé allí porque necesitaba pensar con calma, como se piensan las cosas que no caben en una reunión de profesores ni en un acta administrativa. Les cuento a qué se debe este texto: Todo comenzó el primer día de reencuentro académico, después de las vacaciones de fin de año: en los pasillos cálidos de la universidad —tan familiares en ciudades como Cartagena, donde la rutina académica convive con el ritmo pausado del mar Caribe—, notamos una ausencia. No estaba un entrañable amigo y colega de lides pedagógicas. Un consuetudinario conversador y mamador de gallo.
Faltaba aquel viejo maestro de caminar ágil, de apuntes irónicos y dichos punzantes, que enseñaba como quien conversa: entre anécdotas, intuiciones y certezas ganadas con sus años. Los colegas nos miramos, casi con incomodidad, y preguntamos lo obvio: ¿dónde está el profesor Luis Banderas? Nadie supo responder. Se dedujo entonces que ese año no nos acompañaría en el programa de Física Cuántica. Días después, la noticia llegó sin ceremonia: ya no hacía parte de la nómina de la universidad. Más de veinte años de servicio —y muchos más de oficio— quedaron reducidos a una ausencia administrativa. Parecía una película repetida una y mil veces con desenlaces similares: ¡Ya cumplió su ciclo! ¡Estaba muy viejo para lidiar con tanta juventud intratable! Eran los comentarios más críticos que logré escuchar en algunos corrillos de pasillos.
La escena, aunque cotidiana, no era menor. En nuestra nación, el profesor universitario, con muchos años a cuestas, queda fuera porque no le sirve al sistema. No es una anomalía: es una posibilidad institucional. Puede pensionarse –si tiene la edad para cumplir ese sagrado privilegio– antes que otros trabajadores, pero también puede seguir enseñando incluso hasta los 80 años, según el marco normativo vigente (Congreso de la República de Colombia, 1996; 2016). La ley lo permite. La institución, en teoría, lo respalda. Sin embargo, en la práctica, la universidad parece no saber qué hacer con esa experiencia cuando deja de encajar en sus lógicas de renovación. El profesor se convierte en un estorbo, o bien por sus ideas, o bien porque no encaja en los criterios institucionales. ¡Vaya uno a saber!
Porque el problema no es la edad. Es el lugar que se le asigna. Se insiste hasta el cansancio en que la universidad debe innovar, transformarse, responder a un mundo que cambia con la velocidad de los avances tecnológicos y científicos. Pero en ese insustancial discurso, con frecuencia se instala una idea peligrosa: que lo nuevo desplaza automáticamente a lo viejo, como si la experiencia de ese profesional de la docencia fuera un residuo y no un recurso invaluable. Nada más equivocado.
La experiencia acumulada no es un vestigio del pasado, sino un capital intelectual difícilmente sustituible. A eso me refiero cuando intento convencer a quienes no dimensionan que la experticia ofrecida en el trasegar pedagógico no se puede lanzar por la borda por el prurito de la renovación. Donald Schön (1983) señala que gran parte del conocimiento profesional se construye en la acción y la reflexión sobre la práctica, no solo en la teoría formal. Profesores como Banderas no solo transmitían contenidos: transmitían criterios éticos y morales que son necesarios para esta camada de nuevos profesionales en formación. Y esa diferencia es decisiva. En tiempos donde la información y la desinformación abundan como la verdolaga en playa veranera, pero el juicio escasea, saber qué hacer con el conocimiento es más importante que simplemente poseerlo.
Esa forma de saber —hecha de ensayo, error, intuición y corrección— no se aprende en doctorados acelerados ni en publicaciones indexadas. Se construye en el tiempo, en el aula, en el contacto con generaciones de estudiantes y contextos cambiantes. Ahí es donde el saber científico debe apoyarse para verdaderamente socializarse y no permanecer en las frías oficinas y centros de investigación. Por eso, estoy muy seguro de que prescindir de estos docentes sin una transición clara no es solo un relevo laboral: es una pérdida silenciosa para la universidad y cualquier centro del pensamiento. De hecho, organismos como la UNESCO (1997) subrayan que la calidad de la educación superior depende, en buena medida, de la experiencia acumulada de su cuerpo docente. Y aquí soy muy claro, no estoy en contra del relevo generacional, puesto que esto es una condición sine qua non para el progreso y el desarrollo de las naciones.
Amigos lectores, tampoco se trata de romantizar la cuestión. Permanecer enquistado en el puesto puede generar efectos reales. Puesto que en un sistema que no crece al ritmo de sus egresados de posgrado —como ocurre en Colombia—, cada sitio laboral durante años es también una puerta cerrada para quienes vienen detrás pidiendo pista. Sin embargo, esa tensión no es un detalle menor: termina afectando cómo circulan las ideas, los saberes, la posibilidad de renovar enfoques y, en el fondo, la energía misma del pensamiento académico.
Ahora bien, hay algo que incomoda decir, pero es necesario: el problema no radica en los profesores mayores. El verdadero problema es la ausencia de un diseño institucional sólido. Reducir esta discusión a un choque generacional resulta fácil, pero también profundamente injusto. Ni la juventud garantiza por sí sola la solución, ni la experiencia representa, en sí misma, un obstáculo. La universidad empieza a fallar cuando plantea una elección entre unos y otros, en lugar de propiciar encuentros que los conecten. Porque esos puentes son posibles; de hecho, ya se conocen. Lo que ocurre es que no se ponen en marcha.
En Colombia —y con mayor fuerza en regiones como el Caribe, donde las oportunidades académicas son más estrechas— hacen falta formas intermedias: esquemas de retiro progresivo, mentorías bien estructuradas, cátedras eméritas con funciones reales y espacios donde la experiencia no compita con lo nuevo, sino que lo acompañe y lo impulse. Investigaciones sobre desarrollo académico han mostrado que los sistemas más sólidos son aquellos que promueven comunidades intergeneracionales de aprendizaje (Altbach, Reisberg & Rumbley, 2009).
En sí, la ausencia del profesor Luis Banderas no es solo una anécdota: es un síntoma. Y también una advertencia. La pregunta no es si los profesores mayores deben quedarse o retirarse. La pregunta —más difícil y más honesta— es si la universidad colombiana está preparada para dejar de perderlos cuando más los necesita.