Eduardo Castilla Pájaro y la Farmacia Blanca: aportes desde Getsemaní, Cartagena
El barrio de Getsemaní, en Cartagena de Indias, desde comienzos del siglo XXI se ha convertido en un inmenso polo de crecimiento y riqueza, en un imán para el turismo pluricultural y desbordado, el cual ha transformado el uso del suelo y la infraestructura, tanto públicos como privados. Las calles que estaban marcadas por el abandono, la ruína y la pobreza, como testigos silenciosos del lenocinio y la inseguridad que dominaba cada esquina a fi ales del siglo XX, pasaron a mostrar un rostro renovado, alegre y festivo. Ha sido un proceso veloz de transformación urbana y social, que ha incluido un fenómeno de gentrificación, porque se elevó el valor de las propiedades y los habitantes originales han sido paulatinamente desplazados por personas de mayor poder adquisitivo. Esta situación ha tenido implicaciones en la renovación urbana, la homogenización de los espacios y el potencial riesgo de la pérdida de la identidad cultural. Los viejos solares y patios olvidados continúan cediendo espacios a cafeterías, bares, galerías, boutiques y hoteles de todas las categorías. Las fachadas de las construcciones, antes desgastadas y guardianas de historias en el olvido, ahora lucen colores vivos y lanzan mensajes y grafi tis envueltos en música autóctona, invitando a los visitantes a dialogar con la historia del barrio y con las vivencias de sus ancestrales residentes.
Getsemaní surgió como un asentamiento informal en la segunda mitad del siglo XVI y creció consolidándose como la primera expansión urbana de Cartagena de Indias por fuera del núcleo fundacional. Sus primeras calles fueron habitadas por esclavos libertos, inmigrantes de bajo reconocimiento, navegantes en tránsito y, con el tiempo, por una comunidad humilde pero trabajadora y pujante, especialmente afrodescendiente, integrada por comerciantes, navegantes, parteras, enfermeras, trabajadores portuarios y, sobre todo, artesanos (zapateros, carpinteros, constructores y joyeros). Siempre ha sido un barrio con un importante rol en la economía de la ciudad, pues ha dado asiento a actividades productivas y comerciales, esenciales para el funcionamiento urbano.
Durante la colonia, Getsemaní nunca fue clasificado como un barrio de élites, ya que sus habitantes fueron consideradas personas pobres de extramuros, que recurrían a una atención médica empírica, botánica, comunitaria y ancestral. Getsemaní fue un arrabal con exclusión dentro de la historia de la atención sanitaria de Cartagena de Indias, ciudad donde siempre predominó la Desde siempre se ha reconocido y valorado que, en los estratificación étnica y la cercanía al poder religioso y político, favorecido por las posibilidades económicas. Derivado de lo anterior, en Getsemaní se desarrollaron estrategias propias y comunitarias para la atención en salud, las cuales fueron brindadas por boticarios y curanderos, usualmente, sin formación alguna. En el siglo XVIII, el barrio se consolidó y se tornó densamente poblado. También se fortaleció su importancia como espacio de trabajo y de residencia, al igual que se afianzaron elementos culturales como, por ejemplo, las tradiciones y actividades festivas afrocaribeñas, las redes comunitarias y las dinámicas de solidaridad.
Desde siempre se ha reconocido y valorado que, en los antecedentes y en las acciones que desembocaron en la independencia de Cartagena de Indias en 1811, así como en la necesaria resistencia de los años siguientes, muchos vecinos del barrio de Getsemaní hicieron parte de milicias o de grupos de defensa simpatizantes de la red de patriotas contra la Corona española. El barrio, poseedor de un elevado orgullo cívico, fue refúgio, centro de conspiración, escondite de armas, epicentro para rebeliones, fuente de apoyo popular, y depositario de un gran compromiso con la gesta de emancipación y con la conservación de la libertad.
A mediados del siglo XIX, muchos de los habitantes de Getsemaní se fueron haciendo letrados al acceder a la educación impartida por centros educativos públicos o privados, incluida la Universidad de Cartagena, la cual fue el ascensor socioeconómico de mayor impacto para esa comunidad. En los finales de ese mismo siglo y en la primera mitad del siguiente, una legión de parteras, enfermeras y médicos graduados nacidos en Getsemaní estuvieron disponibles en el barrio para entregar sus servicios y conocimientos a su comunidad, reemplazando paulatinamente a los empíricos y curanderos. Además, varios médicos que nacieron en Getsemaní cumplieron funciones de asistencia o docencia médica, de liderazgo y de gobierno en Cartagena de Indias, en otras ciudades de la nación e, incluso, en el exterior. En esas décadas, ese florecimiento profesional médico-científico se articuló con la medicina botánica, comunitaria, empírica y ancestral con fundamentación espiritual y tradicional, que se había construido sólidamente y edificado sobre un sincretismo médico, no improvisado ni caótico, que se dio espontáneamente en Cartagena de Indias al fusionar los saberes médicos amerindios, basados en las acciones terapéuticas de la flora y la botánica nativa, con los conocimientos sanadores traídos por los africanos esclavizados, las verdades hipocráticas y las supersticiones, los mitos y las charlatanerías; que desembarcaron desde los galeones y las goletas europeas en los largos tiempos de la colonia y de los asaltos hechos por piratas, bucaneros y filibusteros.
Estando próxima la mitad del siglo XX, exactamente en 1945, llegó a la Calle de la Medialuna, una de las principales calles del barrio de Getsemaní, el señor Eduardo Castilla Pájaro para manejar una farmacia que acababa de comprar. Castilla Pájaro era un joven de 27 años, nacido el 22 de noviembre de 1918 en la población de Turbaco, uno de los municipios localizado cerca a Cartagena de Indias. Eduardo fue el octavo de los once hijos de Santiago Castilla Castro e Isabel Pájaro Hurtado. Ella fue una valerosa y abnegada mujer dedicada al hogar y a su sostenimiento, mientras que él fue un fornido y perseverante agricultor, respetado por su comunidad de labriegos por defender con éxito sus cultivos en medio de una extensa plaga de langostas.
Eduardo Castilla Pájaro, aún de brazos, se mudó con su familia al sector del Camino Arriba, en el barrio Pie de la Popa, en la periferia de Cartagena de Indias. Los padres decidieron trasladarse de residencia buscando mejores oportunidades laborales y un futuro más favorable para la familia.
Pasaron los años en el Camino Arriba y cuando Eduardo tenía algo más de seis años, por estar amarillento, delgado y barrigón, fue llevado a consulta con el doctor F. Próspero de Villanueva, uno de los primeros y más importantes médicos afrodescendientes graduados de la Universidad de Cartagena. Los remedios prescritos por el médico fueron preparados por su hermano Alejo de Villanueva, un reconocido boticario de la ciudad. «En poco tiempo, recuperé mi salud y no volví a enfermar solo hasta la mitad de mis estudios de secundaria», anotó Eduardo Castilla Pájaro en el 2007, cuando contaba 89 años.
Las primeras letras las aprendió Eduardo Castilla de la señora Petrona Amador y del profesor Reginaldo Mendoza. En febrero de 1933, con 14 años, ingresó a la escuela del educador Emiliano Alcalá R., localizada en el barrio Amberes, a realizar estudios básicos o de primaria. Eduardo repetidamente agradeció la labor educativa del profesor Alcalá, quien en Cartagena de Indias fue un reconocido y prestigioso educador que, con eficiencia, respeto y dignidad, fue guía para muchas generaciones de jóvenes.
“Siete jóvenes nos graduamos de la mano del maestro Alcalá y aspiramos a ingresar al bachillerato en la Universidad de Cartagena, que se cumplía en la Facultad de Filosofía y Letras. Todos ingresamos, aunque el examen fue riguroso, y nos matriculamos en el año lectivo de 1934”, dijo Eduardo Castilla Pájaro al cumplir la edad de ochenta y nueve años.
Entre los compañeros de bachillerato de Eduardo estuvieron Antonio Ambrad Domínguez y Juan Zapata Olivella, quienes años después llegaron a ser importantes y afamados profesionales de la medicina. Una vez obtenido el grado de bachiller, Eduardo Castilla Pájaro contempló estudiar medicina.
Es más, antes de su grado de bachillerato y después, siempre quiso ser médico. No pudo presentarse a estudiar medicina en ese momento por razones de disponibilidad económica, la necesidad de trabajar para apoyar a la familia y lo extenso del tiempo que demandaban los estudios de medicina. Se fue a trabajar a Barranquilla y se le presentó la oportunidad de vincularse a la Farmacia Bocas de Ceniza, de propiedad de Julián Melendez Lara, como auxiliar de laboratorio. Ese trabajo le marcó un camino devida, pues desde 1940 hasta 1945, con orden, disciplina, obediencia y responsabilidad, aprendió y trabajó el ofi cio de los farmaceutas e, incluso, el de los viejos boticarios. Por infl uencias familiares, Eduardo regresó a Cartagena de Indias y compró a Oscar Pérez, descendiente de Julio Pérez Asadi y propietario de la Farmacia Santa Teresita ubicada en la Calle de Badillo, una pequeña sucursal que tenían funcionando en la Calle de la Media Luna en el barrio de Getsemaní. Al recibir la farmacia, Eduardo decidió rebautizarla como Farmacia Blanca, la cual funcionó ininterrumpidamente en el mismo lugar y bajo la misma denominación por casi setenta años, hasta cerrar sus puertas para siempre tras la muerte de su gestor a consecuencia de una enfermedad pulmonar obstructiva crónica complicada por una neumonía, y sucedida el 13 de mayo del 2011, cuando contaba con una edad de 93 años. Cuatro meses después de su fallecimiento y para perpetuar su nombre, la Universidad de Cartagena realizó la II Jornada de Ciencia y Tecnología Farmacéutica “Eduardo Castilla Pájaro”. «Es uno de los pocos docentes que dedicó su vida y talento, al desarrollo de una serie de secretos en la preparación de formulaciones magistrales», dijeron los organizadores.
Fue en 1945, y estando Eduardo Castilla Pájaro empoderado y al frente de su Farmacia Blanca, cuando acudió de nuevo a la Universidad de Cartagena y entonces se matriculó para realizar estudios farmacéuticos. La escuela de Farmacia de dicha institución universitaria había sido creada anexa a la Facultad de Medicina en 1941, por el Acuerdo 22 del Consejo Directivo de la universidad. Los fundadores de dicha escuela de Farmacia fueron los médicos y profesores de la Facultad de Medicina Eusebio Guerrero, Arístides Paz Viera, José Fernández Baena, Mario Fernández Mendoza, Eusebio Vargas, Raúl Vargas, Rafael Muñoz Sánchez, Isaías Bermúdez, Jesús Llamas Mendoza, Rafael Alvear Teherán, Moisés Pianeta Muñoz, Nicolás Emiliani Román, Daniel Valiente, Joaquín León Martínez, Ismael Porto González (farmaceuta certifi cado por la Botica Román) y F. Próspero de Villanueva (el mismo que atendió a Eduardo cuando enfermó en su infancia).
Al año siguiente, en 1946, cuando Eduardo Castilla cursaba su segundo año de estudios, egresaron los primeros graduados de la escuela de Farmacia de la Universidad de Cartagena: Elías Bechara Zainúm, Rafael Luján, Benjamín Villa y Gabriel Barrios. La misma universidad, en atención a que Eduardo Castilla Pajaro había completado todos los estudios clásicos que los estatutos universitarios exigían para optar el título de Farmacéutico, le otorgó su diploma el 25 de febrero de 1950. El nuevo graduando tenía para entonces una edad de 31 años. Dos días más tarde, el 27 de febrero de 1950, la escuela de Farmacia fue organizacionalmente separada de la Facultad de Medicina y convertida en la Facultad de Química y Farmacia. Ocho años más adelante, el 12 de diciembre de 1958, el doctor José Ignacio Gómez Naar, rector de la universidad entregó el diploma de graduación como químico – farmacéutico a Concepción Bula Bula y Yolanda Luján Gómez, las dos primeras mujeres en alcanzarlo. El 28 de marzo de 1994, se cambió la denominación por la de Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas. Actualmente es denominada Facultad de Ciencias Farmacéuticas.
Un documento de la Facultad de Química y Farmacia expedido el 6 de junio de 1984, firmado por el decano de ese momento Gonzalo Urbina Ospino y el secretario Francisco Romero Paredes, certificó que en los libros de Actas de Grados que se llevan en esa facultad fi gura que el 25 de febrero de 1950 se constituyó un jurado con el fi n de practicar examen de título al alumno Eduardo Castilla Pájaro. El jurado examinador estuvo integrado por los profesores doctores Germán Covo Tono, F. Próspero de Villanueva (el mismo médico de su infancia), Miguel Torres H., Alfredo Ibarra M. (decano) y Efren Romero García (secretario). Abierta la sesión, el alumno fue examinado sobre las asignaturascorrespondientes de conformidad con lo dispuesto por el reglamento de la facultad. El jurado acordó para el examinado una califi cación aprobatoria de cuatro (4,00) con lo que se dio por terminado el examen dejando constancia en el acta, que fue fi rmada por todos los que intervinieron. De esa manera, Eduardo Castilla Pájaro quedó grabado como parte de los primeros graduados de la escuela farmacéutica cuando la profesión apenas se estaba institucionalizando en Colombia y en la Universidad de Cartagena, casa de estudios que está próxima a cumplir su primer bicentenario de existencia.
Poco tiempo después de graduado de farmaceuta, Eduardo Castilla se unió en matrimonio con la dama panameña Elvira Isabel Olmos Baruco y con el tiempo tendrían tres hijos: Eduardo, Danilo y Cecilia Castilla Olmos. El 22 de julio de 1963 el farmaceuta Eduardo Castilla Pajaro fue nombrado por la Universidad de Cartagena como profesor de la catedra de Farmacia Magistral y Hospitalaria, la cual dictó por más de treinta años destacándose por sus cualidades docentes y humanas, por lo cual fue exaltado el 6 de octubre de 1993. En esa ceremonia Castilla Pájaro dijo: «Jamás pensé en ser homenajeado por treinta años de servicio en el profesorado de mi amada, tierna e ilustre Universidad de Cartagena y precisamente en lo grandioso de sus 166 años de fundada».
Eduardo Castilla Pájaro desde el mostrador de atención a sus clientes y desde el mesón de trabajo de su laboratorio farmacéutico en la Farmacia Blanca, demostrando conocimiento y dedicación, aportó a la terapéutica disponible para la curación de diversas condiciones mórbidas y enfermedades, unos preparados farmacéuticos de su inventiva conteniendo sustancias químicas puras o en diferentes combinaciones. Además, las articuló con las novedosas conceptualizaciones y preparaciones académicas de las farmacias de la segunda mitad del siglo XX y tuvo presente algunas prácticas ancestrales farmacéuticas y artesanales que habían sobrevivido a la extinciónde las antiguas boticas que se iniciaron con la colonia y estuvieron localizadas en el casco amurallado de Cartagena de Indias o en el arrabal de Getsemaní.
«Eduardo Castilla Pájaro construyó un laboratorio de química para elaborar sus propios medicamentos y para curar con la química. Experimentó exitosamente con diversas concentraciones de principios activos de tipo químico», enfatizó su sobrina Norma Jimeno Pérez quien lo vio trabajar y lo acompañó por años en el manejo de la farmacia, igual a lo que realizaron muchos otros familiares. «Toda la familia giraba alrededor de Eduardo y su farmacia. La familia tenía presencia en el día a día de la farmacia», señaló su hija Cecilia Castilla Olmos. «Mientras los familiares aportaban en la dispensación de los productos, Eduardo supervisando todo, estaba creando sus medicamentos en el laboratorio a donde nunca permitió el ingreso de los familiares ni consintió el acompañamiento de ayudantes o auxiliares de laboratorio», opinan sus descendientes.Nunca delegó sus funciones de fabricante de medicamentos, usó extensamente el mortero y las técnicas tradicionales de laboratorio y es la transición entre el boticario tradicional y la farmacia moderna industrializada. Lo conseguido por Eduardo Castilla Pájaro en la Farmacia Blanca, fue el resultado de un esfuerzo grande adelantado por un hombre. Por esa consagración al trabajo y a la ética profesional con la que realizaba sus formulaciones, en el II Congreso Colombiano de Ciencias Farmacéuticas en el 2001, el profesor Castilla Pájaro fue galardonado con la distinción
“Vilma Valiente Flores al Mérito Profesional”.
"La Farmacia Blanca fue el templo donde Eduardo Castilla Pájaro cumplió su apostolado", señaló Pedro Vargas Vargas en una nota editorial de prensa que fue publicada cuando el farmaceuta cumplió los 88 años. Además, el autor de la nota enfatizó que, pese a esa edad continuaba a diario con la misma dedicación y esmero de siempre en su actividad de farmaceuta.
La Farmacia Blanca debe ser considerada en la historia de Cartagena de Indias, el epicentro de la farmacéutica química, la que ocupó el espacio que dejó la medicina botánica y sus boticas en los años veinte o treinta, y es el eslabón previo a la llegada masiva de los productos químicos farmacéuticos industrializados.
Eduardo Castilla Pájaro, prácticamente y sin descanso, realizó su labor hasta pocas semanas antes de su muerte. Una larga lista de sus preparados farmacéuticos quedó, y aún permanecen, en el imaginario colectivo de las comunidades. Jarabe concreto para la tos; Jarabe Pectoral de Castilla; Jarabe de canela; Alcohol salicílico; Remedio para secar ojos de pescado; Glicerina; Aceite de Castor; Aceite de Ricino; Aceite de Ruibarbo; Azul de metileno; Extracto de Kola; Sal de Epson; Sal de Glauber; Cristales de mentol; Bromuro de potasio; Ácido bórico; Ácido fenico; Valeriana; Violeta de Genciana; Pomada para piojos; Tópico Castilla; Ungüento para hongos; Mertiolate; Mercurio cromo; Ron compuesto; Jarabe de totumo; Solución de Lugol; Solución de Monzel; Tintura de benjuí; Pasta de azufre; Pomada Castilla; Azúcar de leche; Tópico Castilla; Vermífugos; Antiparasitarios y otros que se recuerdan en las tertulias, incluyendo unos pocos extractos derivados de plantas medicinales nativas (anamú, ruda, sábila), distintas infusiones y esencias.
Varios jarabes y tópicos de la inventiva del farmaceuta Castilla Pájaro fueron comercializados como medicamentos de libre acceso y tenían etiquetas elaboradas con artes gráficas. No se pudo precisar si algunos de ellos fueron patentados. Los demás productos, con rótulos escritos a máquina de escribir o con el puño y letra del propio Eduardo, se fabricaban y se expendían a solicitud de otros farmaceutas, de la prescripción o requerimientos de médicos, de la solicitud explícita de los clientes o por la recomendación directa que realizaba el mismo Castilla Pájaro a quienes le consultaban considerándolo médico o doctor, algo que estuvo en la creencia de muchos, aunque el hecho fuese repetidamente desvirtuado.
El apego a una medicina popular, a las tradiciones y costumbres, a la oralidad y a las condiciones de vida, así como los arraigos e influencias afrocaribeñas de las comunidades asentadas en Getsemaní, facilitaron el esfuerzo del propietario para el posicionamiento de la Farmacia Blanca y los logros alcanzados en cuanto a resultados sanadores y la aceptación por los habitantes del barrio. Casi inmediatamente el beneplácito se irradió a la ciudad de Cartagena de Indias y a muchas poblaciones circunvecinas. Sin ser médicos, los farmacéuticos de esas épocas, como Eduardo Castilla, eran vistos y considerados médicos. Si bien la farmacéutica hace parte de la cadena de atención en salud, la sociedad de la época de la Farmacia Blanca le exigía al farmaceuta el éxito en el diagnóstico, lo certero en la preparación del producto y lo exitoso en la erradicación de la enfermedad.
Muchas anécdotas aún permanecen en el imaginario de los que fueron visitantes o beneficiarios de la labor médica, farmacéutica, sanitaria y curativa de la Farmacia Blanca. En el início del siglo XXI, la Farmacia Blanca continuó en el barrio de Getsemaní como punto de atención primaria informal y símbolo ancestral de la ciudad de Cartagena de Indias, se resistió y brilló como importante referente social, epicentro de tertulias, de discusión política nacional y local, de controversias culturales cotidianas, de reunión de conocidos sin distingos socioeconómicos y como lugar para ir a tomar tinto sin ser cafetería.
«La gente iba a la Farmacia Blanca a aplicarse una inyección, a sacarse una uña, a tomarse unos puntos de sutura para reparar una cortadura o para retirarlos, a curar o limpiar una herida o quemadura, a confirmar si se tenía fiebre o se estaba pálido», dice su sobrina Norma. «La Farmacia Blanca resolvía lo que se le solicitaba, era inmensamente resolutiva, y así es aún recordada», complementa Norma sin poder ocultar la emoción.
La historia farmacéutica del barrio de Getsemaní, espacio emblemático y complejo de Cartagena de Indias, no se puede presentar solamente como un proceso lineal evolutivo desde la antigüedad hacia la modernidad. Tampoco se puede entender únicamente trayendo el devenir de las instituciones formales u oficiales de salud o recordando las estructuras de las boticas de antaño. Para comprender la historia farmacéutica local, es necesario visibilizar el sincretismo médico multiétnico cartagenero junto al trasegar de varios laboratorios farmacéuticos que se ubicaron en el barrio Getsemaní y cumplieron labor social. Uno de esos laboratorios fue la Farmacia Blanca, un ejemplo de lo importante que es considerar las dinámicas sociopolíticas, económicas y culturales al abordar la evolución farmacéutica local con el fi n de comprender mejor la construcción social de la salud en los contextos latinoamericanos.
La Farmacia Blanca tuvo como timonel a un patriarca de la química farmacéutica y del servicio asistencial en salud, a un poseedor de innovadoras ideas para su época y de una inmensa capacidad de trabajo para materializar y aplicar sus conocimientos científicos, mientras miraba los adelantos de la farmacéutica universal y aceptaba la rápida llegada de compañías multinacionales y colombianas que expendían productos farmacéuticos industrializados. La Farmacia Blanca tuvo un importante peso social en la comunidad de Cartagena de Indias y en la Región Caribe Colombiana, y lo alcanzó desde una de las calles más emblemáticas y tradicionales del barrio de Getsemaní.
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