Mientras en Santa Marta más de 50 países se reúnen en la Conferencia Internacional para la Transición de los Combustibles Fósiles, hay una realidad incómoda que atraviesa toda la conversación: lo que los gobiernos dicen y lo que realmente financian no siempre coincide.
Se habla de transición energética, de descarbonización, de energías limpias y de independencia energética. De hecho, como se ha repetido en el evento, muchos países están en un punto de quiebre: o aceleran la transición o siguen expuestos a choques de precios y vulnerabilidad energética. Sin embargo, uno mira los números y la historia es más compleja.
A nivel global, en 2024, los gobiernos destinaron más de USD 1,2 trillones en apoyo a los combustibles fósiles, frente a cerca de USD 254 mil millones dirigidos a energías limpias. Es decir, el sistema que se quiere transformar sigue siendo, en la práctica, el que más respaldo recibe.
Esto no es simplemente una incoherencia, sino un reflejo de cómo funcionan realmente los sistemas energéticos. Cuando hay presión sobre precios o riesgos de abastecimiento, los gobiernos reaccionan. Subsidian, estabilizan, aseguran oferta. No hacerlo tendría costos inmediatos. El problema no es ese reflejo. El problema es que esa respuesta no siempre viene acompañada de una estrategia clara sobre cómo se va a transformar el sistema en el tiempo.
Ahí es donde la conversación sobre roadmaps, que ha tomado protagonismo en la conferencia de Santa Marta, cobra sentido. Estos planes no son un detalle técnico: son los que le dan dirección al proceso, permiten alinear expectativas y reducen la incertidumbre para gobiernos, inversionistas y comunidades.
Sin esa secuencia, lo que se tiene no es una transición, sino una suma de decisiones reactivas. Eso importa más de lo que parece, porque cuando las señales son confusas, la inversión se frena, las decisiones se postergan y el sistema se vuelve más vulnerable. Terminas con lo peor de ambos mundos: ni transformas el sistema al ritmo que necesitas, ni garantizas plenamente su estabilidad en el corto plazo.
La discusión, entonces, no debería girar en torno a si se apoya o no a los combustibles fósiles, sino a bajo qué lógica se hace y por cuánto tiempo. Pretender que el sistema puede reorganizarse de un día para otro no es realista, pero seguir reaccionando sin un rumbo claro tampoco lo es.
Porque al final, la transición energética no se mide por lo que se anuncia en espacios como la conferencia de Santa Marta promovida por el presidente Petro, sino por la coherencia entre lo que se dice, lo que se financia y el orden en el que se hacen las cosas. Hoy, más que falta de ambición, lo que se evidencia es falta de alineación.
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