La desgastada huella de carbono


La huella de carbono se convirtió en uno de los conceptos más exitosos de la conversación climática moderna. Durante años, el mensaje fue claro: apagar las luces, reciclar, usar menos plástico, comer menos carne, manejar menos. El futuro climático del planeta parecía depender, sobre todo, de las decisiones individuales de millones de personas.

El recién publicado informe People and Climate Change 2026 de Ipsos muestra un cambio importante en esa percepción. Entre 2021 y 2026, los países analizados registraron descensos en la cantidad de personas que creen que si los individuos no actúan ahora, le fallarán a las futuras generaciones.

Colombia aparece entre los países donde más cayó esa percepción. Eso no significa que los colombianos no creamos en el cambio climático, sino que empezamos a cuestionar el peso que se nos trasladó como individuos dentro de una crisis donde existen actores con mayores cuotas de responsabilidad y capacidad de acción.

De hecho, el 61% de las personas todavía afirma que no actuar contra el cambio climático sería fallarle a las futuras generaciones. Además, en 29 de los 31 países analizados, la mayoría rechaza la idea de que ya es demasiado tarde para hacer algo frente al cambio climático. Es decir, la preocupación sigue ahí y todavía existe margen de acción en la percepción ciudadana, pero no es una culpa que deba asumir el individuo.

El informe también dice que el 74% está preocupado por el aumento de los precios de la energía y el 50% considera que los gobiernos deberían priorizar mantener bajos los costos energéticos, incluso si aumentan las emisiones. Entonces la conversación climática dejó de ser solamente ambiental para ser económica, geopolítica y social.

La guerra, la inflación y la incertidumbre energética cambiaron las prioridades de millones de personas. El 63% de los encuestados cree que su país depende demasiado de fuentes extranjeras de energía. Al mismo tiempo, apenas el 27% considera que su país es un líder real en la lucha contra el cambio climático. 

Todo esto para concluir que la huella de carbono empieza a mostrar sus límites. Durante años se construyó una narrativa en la que el ciudadano debía cargar buena parte de la responsabilidad moral del problema mientras los sistemas energéticos, industriales y políticos avanzaban mucho más lento. Se individualizó una crisis colectiva y la realidad es más compleja, mostrándonos que la transición energética depende de infraestructura, seguridad energética, innovación tecnológica, inversión pública, estabilidad política y confianza institucional.

Las cifras nos deben replantear cómo comunicamos la transición energética. Las personas no responden igual a discursos abstractos sobre carbono neutralidad o metas al 2050 cuando sienten presión por el costo de vida, las tarifas eléctricas o el precio del combustible. El mismo informe concluye que los consumidores reaccionan más a mensajes asociados con beneficios inmediatos y humanos (ahorro, salud, seguridad energética o estabilidad) que a narrativas técnicas o de culpa.

La discusión climática es más pragmática. La gente sigue preocupada por el planeta y todavía cree que hay tiempo para actuar, pero lo que cambió fue la manera en como se entiende la responsabilidad. La transición energética ya no puede presentarse únicamente como una suma de sacrificios individuales, sino como un proyecto colectivo, creíble y capaz de distribuir mejor los costos y las responsabilidades del cambio.