El tigre no es como lo pintan

El tigre no es como lo pintan


Durante años, la carrera de Abelardo de la Espriella fue construida alrededor de una imagen de firmeza, carácter y victorias judiciales. Algunas de sus defensas fueron vistas como actos altruistas, otras mediáticas y otras de convicción jurídica; otras, sin embargo, quedaron rodeadas de profundas controversias. Y entre todas ellas, una sobresale por su dimensión internacional, política y moral: la defensa y cercanía con Alex Saab.

Porque aquí existe una diferencia que Colombia no puede ignorar.

Una cosa es el abogado litigante. El abogado tiene el deber constitucional y profesional de defender incluso a los personajes más cuestionados. El derecho a la defensa es sagrado en cualquier democracia seria. Nadie debería ser condenado por ejercerlo.

Pero otra cosa muy distinta ocurre cuando la relación supera los límites del litigio y entra al terreno de la cercanía personal, emocional, mediática y reputacional.

Y ahí aparecen palabras que hablan por sí solas.

“Soy amigo personal de Alex, le tengo profundo aprecio”.

Esa frase, pronunciada públicamente por Abelardo de la Espriella, tiene un peso enorme. Porque ya no describe simplemente la relación entre un abogado y su cliente. Describe una relación humana, afectiva y cercana con uno de los personajes más cuestionados internacionalmente alrededor de las estructuras económicas y políticas del chavismo venezolano.

Alex Saab no es un personaje cualquiera. Su nombre ha sido relacionado por autoridades y medios internacionales con investigaciones sobre lavado de activos, contratos irregulares, negocios alrededor de los CLAP, manejo opaco de recursos públicos venezolanos y operaciones financieras vinculadas al régimen de Nicolás Maduro. Para muchos sectores internacionales, Saab terminó convertido en símbolo de una estructura de corrupción transnacional que ayudó a profundizar la tragedia económica y social de Venezuela.

Y allí aparece el verdadero punto de discusión.

Porque Abelardo ya no está únicamente en la órbita del abogado litigante. Hoy se proyecta como un candidato firme a la Presidencia de Colombia. Y en ese momento la sociedad tiene derecho a hacer una evaluación mucho más crítica, profunda y severa sobre sus relaciones, sus afinidades y los símbolos políticos que transmite.

Porque quien aspira a gobernar una nación deja de ser solamente un profesional del derecho y pasa a convertirse en referente ético, político e institucional.

Y Colombia viene precisamente de una experiencia dolorosa con Gustavo Petro: un gobierno rodeado de escándalos, personajes cuestionados, contradicciones éticas y una permanente sensación de deterioro moral en el ejercicio del poder. El país empieza a cansarse de liderazgos donde la ética termina subordinada a la conveniencia, al espectáculo o a las alianzas ambiguas.

La historia reciente dejó una lección clara: cuando la ética se separa del ejercicio profesional y del ejercicio del poder, las consecuencias las termina pagando toda la nación.

Por eso el debate alrededor de Abelardo de la Espriella no puede reducirse a si ganó procesos judiciales o a si tenía derecho a defender determinados clientes. El verdadero debate está en otro lugar: en la naturaleza de las relaciones que construyó, en las causas que decidió abrazar públicamente y en el mensaje político que transmite esa cercanía afectiva y reputacional con figuras como Alex Saab.

Porque al final, el tigre no es como lo pintan.