El poder de la narrativa… y la ausencia del poder de ejecución

El poder de la narrativa… y la ausencia del poder de ejecución


 

Iván Cepeda y el programa de gobierno más ideológico del progresismo colombiano

 

El programa de gobierno de Iván Cepeda tiene una virtud evidente: coherencia ideológica. No es un simple listado de promesas electorales. Es una compilación estructurada de discursos, visiones históricas y apuestas culturales sobre el país que el progresismo pretende construir.

Y precisamente allí radica también su principal debilidad.

Porque mientras el documento posee enorme densidad ética, simbólica y territorial, deja enormes vacíos en materia de ejecución técnica, sostenibilidad fiscal, gobernabilidad económica y claridad operativa.

Más que un programa gerencial de gobierno, el texto se asemeja a un manifiesto ideológico de transformación del Estado colombiano.

Mucho pasado… poca claridad sobre el futuro

El documento dedica enormes esfuerzos a explicar el pasado, pero muy pocos a explicar cómo administrar el futuro.

La narrativa gira alrededor de:

  • la memoria histórica,
  • las víctimas,
  • la confrontación contra la “extrema derecha”,
  • el “neofascismo”,
  • la “violencia estatal”,

y las estructuras históricas del poder.

Incluso títulos como:

  • “No regresarán al pasado”
  • o “Del odio, de la mentira y del espectáculo”

reflejan un enfoque profundamente confrontacional.

El problema no es la memoria. El problema es cuando la política termina viviendo de las heridas abiertas y no de la construcción de soluciones.

Más que cerrar fracturas nacionales, el programa pareciera muchas veces profundizarlas bajo una interpretación ideológica específica del país.

Y allí surge un enorme riesgo: cuando un gobierno administra más resentimientos históricos que realidades económicas e institucionales, termina aumentando la polarización y debilitando la posibilidad de consensos nacionales.

En lugar de construir puentes, el discurso pareciera muchas veces echarle sal y limón a heridas que Colombia necesita empezar a cicatrizar.

Reforma territorial y transición económica: la idea sin la estructura

El programa insiste en:

  • reforma agraria,
  • descentralización territorial,
  • fortalecimiento campesino,
  • transición energética,
  • y transformación ambiental.
  • Pero deja enormes interrogantes:

¿cómo financiar esas transformaciones?

¿cómo reemplazar los ingresos derivados de hidrocarburos?

¿cómo sostener el gasto social?

¿cómo garantizar inversión y productividad regional?

El documento habla mucho de transformación territorial, pero poco de competitividad, crecimiento económico y confianza inversionista.

Y allí aparece una preocupación legítima para las clases medias urbanas, los empresarios y las regiones productivas: el temor de que la carga ideológica termine desplazando la racionalidad económica.

Porque las economías no funcionan únicamente con voluntad política. Funcionan con confianza, estabilidad jurídica, reglas claras y sostenibilidad fiscal.

Seguridad humana: una visión insuficiente frente al país real

El programa prioriza la llamada “seguridad humana” sobre el enfoque clásico de autoridad y control territorial.

La intención puede ser válida desde lo social, pero el país enfrenta hoy:

  • narcotráfico,
  • terrorismo,
  • economías criminales,
  • minería ilegal,
  • extorsión,

y estructuras armadas con enorme capacidad territorial.

Y frente a ello, el documento luce ambiguo.

Habla ampliamente de negociación y reconciliación, pero ofrece pocas respuestas claras frente al ejercicio legítimo de la autoridad democrática y la seguridad ciudadana.

El problema no es hablar de paz. El problema es transmitir la sensación de debilitamiento institucional frente a actores criminales organizados.

Democracia participativa y riesgos institucionales

El programa propone ampliar la participación popular y fortalecer organizaciones sociales y territoriales.

Eso puede enriquecer la democracia.

Pero también genera preguntas inevitables: ¿dónde quedan los contrapesos institucionales? ¿cómo se garantiza el equilibrio entre poderes? ¿cómo evitar que la movilización política permanente termine debilitando la estabilidad institucional?

Porque gobernar un país no consiste únicamente en construir relatos históricos o reivindicaciones simbólicas; gobernar implica ejecutar, financiar, priorizar y sostener políticas públicas en medio de restricciones fiscales, realidades económicas y profundas complejidades sociales.

Gobernar también exige respetar la arquitectura democrática del Estado: el equilibrio entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial; la independencia de los órganos de control; el respeto a las autoridades electorales; y la articulación permanente con las administraciones territoriales, incluso por encima de las diferencias ideológicas.

Y precisamente allí aparece otra de las mayores debilidades del programa: su enorme carga doctrinaria dificulta la construcción de consensos amplios y limita la capacidad de articulación institucional en un país diverso y políticamente fragmentado como Colombia.

El verdadero vacío: la ejecución

El programa de Iván Cepeda tiene enorme contenido ideológico, ético y simbólico. Pero no logra demostrar de manera convincente:

cómo hará viable económicamente esa transformación,

cómo sostendrá fiscalmente sus propuestas,

ni cómo ejecutará operativamente muchos de sus planteamientos.

No hay suficientes indicadores. No hay metas cuantificables claras. No hay una estructura sólida de sostenibilidad fiscal. No hay una hoja de ruta concreta de gobernabilidad económica.

Y eso no es un asunto menor.

Porque muchas crisis nacionales no nacen de malas intenciones, sino de proyectos políticamente atractivos pero técnicamente inviables.

Una continuidad del petrismo… más profunda ideológicamente

El programa de Iván Cepeda no representa una ruptura con el gobierno de Gustavo Petro. Representa su profundización conceptual.

Es un petrismo más doctrinario, más simbólico y más orientado hacia la transformación cultural e ideológica del Estado.

Eso entusiasma a sectores radicalizados del progresismo. Pero genera enorme incertidumbre en:

  • las clases medias,
  • los empresarios,
  • los votantes de centro,
  • los sectores productivos,

y los ciudadanos preocupados por seguridad y estabilidad económica.

El dilema final

Colombia atraviesa un momento demasiado delicado como para entregar el futuro nacional a un proyecto político que profundiza la confrontación ideológica mientras mantiene enormes vacíos de ejecución y sostenibilidad.

No se trata de negar los cambios que el país necesita. Se trata de impedir que la ideología termine imponiéndose sobre la realidad institucional, económica y democrática.

Porque cuando un país comienza a gobernarse más desde el resentimiento histórico que desde la construcción de futuro, las consecuencias terminan afectando:

  • la inversión,
  • la seguridad,
  • la estabilidad institucional,
  • las libertades democráticas,

y especialmente a las clases medias y productivas que sostienen el país.

Y precisamente allí aparece la gran advertencia que deja este programa de gobierno: Iván Cepeda, con la profundidad ideológica y confrontacional de su propuesta, termina colocando la democracia y las libertades colombianas en una situación de enorme fragilidad y tensión institucional.

La democracia queda en jaque. Las libertades quedan en jaque. La estabilidad institucional queda en jaque.

Y frente a ese escenario, la próxima jugada ya no le corresponde al candidato. Le corresponde al pueblo colombiano, que tendrá que decidir si quiere un gobierno dedicado a administrar soluciones reales para el futuro o un proyecto político concentrado en prolongar indefinidamente las batallas ideológicas del pasado.

gabriel.jaime.davila.gomez@gmail.com