En primera vuelta, el voto útil verdadero es el voto consciente. Es el voto que defiende una posibilidad de país antes de que el miedo y la rabia reduzcan la democracia a una simple operación de supervivencia individual.[i]
Colombia necesita avanzar hacia una forma de hacer política que no convierta el disenso en disputa pendenciera ni al adversario en enemigo. El país necesita cambio, pero hay que hacerlo con serenidad, método, instituciones, respeto por la pluralidad y capacidad real de ejecución.
Mi apoyo a Fajardo responde a una convicción sencilla: Colombia no saldrá de su crisis profundizando la polarización. Ya hemos vivido demasiados años atrapados en una lógica de extremos. Unos ofrecen continuidad con distintos matices; otros prometen ruptura con retóricas distintas; pero, a mi juicio, el país necesita con urgencia una reconstrucción seria de la capacidad estatal: ordenar lo público, corregir lo que ha fallado, proteger lo que funciona y actuar en beneficio de millones de colombianos excluidos por la pobreza, la informalidad, la falta de oportunidades y la débil presencia del Estado en sus territorios.
No se trata de votar por la supuesta "tibieza" que algunos le atribuyen injustamente a Fajardo. Se trata de respaldar una firmeza distinta, aquella que cuida las instituciones, ejecuta los recursos con transparencia, escoge buenos equipos y toma decisiones basadas en evidencia. Es también una firmeza capaz de afrontar con la verdad las restricciones fiscales y de sostener una agenda social sin poner en riesgo la estabilidad del país. Una firmeza que entiende que la seguridad no puede reducirse al control armado ni diluirse en discursos abstractos; que la paz exige presencia integral del Estado, pero también autoridad legítima; y que la educación no puede seguir siendo una promesa retórica, sino la principal herramienta de movilidad social.
Reconozco que la campaña de Fajardo ha tenido errores. Los ha tenido en la forma de comunicarse, en la lentitud para transmitir emoción colectiva y en la dificultad para convertir propuestas serias en entusiasmo ciudadano. Pero esos errores no borran una trayectoria ni pueden oscurecer una forma de gobernar. En política, como en la vida pública, no solo importa lo que se promete en una plaza o en una entrevista. Importa también lo que se ha hecho, cómo se ha hecho y bajo qué principios se ha hecho.
Sé, además, que Colombia sigue siendo un país profundamente desigual, con alta pobreza, escasas oportunidades y uno de los niveles de desigualdad más persistentes de América Latina. Esa desigualdad no es teoría: en la región Caribe se expresa en la factura eléctrica, en la inseguridad, en la falta de empleo formal, en la precariedad de los servicios públicos. Para los hogares que trabajan, que pagan servicios cada vez más costosos y que sostienen con esfuerzo la educación de sus hijos, estas no son discusiones ideológicas, sino problemas diarios. Por eso la política no puede reducirse a la confrontación entre bandos; tiene que volver a cuestionarse cómo se cierran brechas, cómo se crean capacidades y cómo se amplían libertades reales.
Por ello, para esos hogares y esas regiones resulta indispensable una propuesta como la de Fajardo, que articule salud, educación, energía, territorio, seguridad, transparencia y lucha contra la corrupción como partes de una misma reconstrucción. No porque su programa de gobierno pueda resolver mágicamente todos los problemas, sino porque ofrece una secuencia razonable: poner orden donde hay caos, abrir oportunidades donde hay frustración y llevar el Estado donde hoy predominan el abandono, la informalidad o las economías ilegales. En ese marco, la transparencia no es un adorno moral, sino una condición de eficacia del Estado.
Frente a esa propuesta, sé que muchos dirán que el voto útil es votar por quien marque más en las encuestas. Entiendo ese argumento, pero no lo comparto plenamente. En primera vuelta, el voto útil verdadero es el voto consciente. Es el voto que defiende una posibilidad de país antes de que el miedo y la rabia reduzcan la democracia a una simple operación de supervivencia individual.
Si el resultado electoral conduce a una segunda vuelta sin Fajardo, ejerceré de nuevo mi responsabilidad ciudadana y escogeré entre las opciones que queden, pensando en Colombia y no en el sectarismo. Pero en primera vuelta no quiero votar desde la resignación. Quiero votar desde la convicción.
Votaré por Fajardo porque creo que Colombia necesita menos antagonismo y más capacidad de gobierno; menos promesas imposibles y más ejecución seria. Creo, también, que él puede ordenar sin destruir, reformar sin improvisar, gobernar sin dividir y abrir oportunidades sin poner en riesgo las instituciones que se fundan en la Constitución de 1991.
Por todo ello, este domingo mi voto será por Fajardo. No como gesto testimonial, sino como afirmación de futuro. Porque un país fatigado por el conflicto político, el narcotráfico, la pobreza y la desigualdad, necesita algo más que rabia. Necesita confianza, método, decencia y esperanza organizada. Y eso, hoy, lo representa Sergio Fajardo.
[1] Exmiembro del Consejo Ejecutivo de la OMS, Exviceministro de salud, Constituyente del 91