El refrán popular dice: “La pared y la muralla son el papel del canalla”. Se trata de un adagio que rechaza el vandalismo y critica a quienes utilizan paredes, espacios públicos y bienes ajenos para imprimir mensajes, consignas o publicidad sin autorización. La frase sugiere que quienes ensucian los espacios colectivos, en lugar de acudir a medios formales y respetuosos de expresión, carecen de civismo, cultura ciudadana y sentido de pertenencia.
Por eso resulta inaceptable que una persona que aspira a ser elegida como presidente de la República contamine con publicidad política lugares públicos como las barreras de protección del Viaducto del Gran Manglar. Más grave aún cuando se trata de uno de los paisajes más representativos y hermosos de Cartagena, una obra que no solo conecta sectores de la ciudad, sino que también representa un símbolo ambiental y turístico para propios y visitantes.
La política no puede convertirse en excusa para destruir lo público. Quien pretende gobernar un país debe empezar por respetar los espacios comunes, las normas y el patrimonio urbano. No es coherente hablar de progreso, de cultura ciudadana o de transformación mientras se deterioran bienes que pertenecen a todos.
El daño visual y ambiental causado por este tipo de prácticas refleja una peligrosa ausencia de conciencia colectiva. La contaminación visual también es una forma de agresión contra la ciudad y contra quienes diariamente disfrutan de sus espacios. Cartagena ya enfrenta suficientes problemas de basura, deterioro urbano y abandono institucional como para tener que soportar además campañas políticas que creen que todo les pertenece.
Rechazo total ante semejante acto de barbarie e irrespeto. Lo público debe cuidarse y protegerse, no utilizarse como tablero improvisado para promocionar nombres, números o aspiraciones políticas. Porque si desde la campaña hacen daño a la ciudad, ¿qué se puede esperar si llegan al poder?
Definitivamente, de estos personajes politiqueros sin sentido de pertenencia, irrespetuosos de lo público y destructores del entorno colectivo… líbranos, Señor.