Cuando nadie nos ve...


Somos lo que somos cuando nadie nos ve. Más allá del radar turístico e institucional, existe una dimensión profunda de la identidad caribeña que solo se revela en la cotidianidad. 

Al caminar e interrogar la ciudad, emerge una narrativa socio espacial construida desde la escala humana, el peatón que habita, tensiona y subvierte el espacio urbano de manera ordinaria, desprovisto de poses y libretos 

Las postales idílicas de la arquitectura colonial, los atardeceres multicolores y el mar en lontananza distan de las cifras crudas que marcan las brechas socioeconómicas que fragmentan a Cartagena. Sin embargo, entre el brillo del turismo de lujo y la rigidez de la estadística formal, late una ciudad viva, de carne y hueso que se documenta en el registro espontáneo de los cuerpos que la habitan, en la microhistoria de sus interacciones más comunes, configurando un valioso archivo vivo de la cultura local

La "Cartageneidad" no es un concepto petrificado en las murallas, ni una estampa para el consumo; es un proceso dinámico, patrimonio inmaterial que se actualiza, entreteje y construye de manera dinámica día a día. En la calle se refleja un código de confianza no escrito, un sistema de reciprocidad donde existe una familiaridad inmediata entre desconocidos. Esta capacidad de conectar a través del humor, la palabra y el gesto, humaniza el entorno urbano y desarma la hostilidad que suele caracterizar otras ciudades y es lo que hace a Cartagena, única.

En ese caminar, se observa una dignificación del quehacer, del oficio que se ejerce día a día. Entre los vendedores de tinto, las palenqueras de postales, los tejedores de artesanías, los vendedores de tours o comidas rápidas, se ha desarrollado resiliencia. Existe una destreza, un lenguaje corporal, una “apropiación” del espacio y un orgullo implícito en el saber hacer de los ciudadanos que sostienen la economía popular, dignificando el esfuerzo diario a través de su oficio, el cual se convierte en una categoría identitaria y de resistencia. 

También se ve reforzada la confianza callejera y solidaridad en sus interacciones cotidianas reflejando una red invisible de apoyo mutuo. Estas redes de apoyo se manifiestan en los micro rituales diarios, el saludo espontáneo, el favor rápido, la aceptación implícita entre vecinos de “puesto” y la complicidad compartida con un choque de puños; un cambio de billete por “menudo”; todo ello bajo un calor más que inclemente, demuestran que, a pesar de las tensiones estructurales, el tejido social mantiene una base de empatía y cohesión comunitaria.

Y en este transitar observando, es cuando el derecho a la ciudad toma significancia en el uso del espacio público, que cobra su real valor cuando es habitado y significado por los ciudadanos, bajo el entendido que las calles no son solo lugar de tránsito o un corredor comercial; sino escenarios de deliberación, juego, encuentro e intercambio cultural. Es allí donde se ejerce, de manera natural y performática, una ciudadanía habitada por quienes, día a día, construyen la ciudad. Estos ciudadanos actúan y neutralizan los discursos de la ciudad-museo. Se convierten en actores sociales que dominan el arte de la improvisación urbana, ya que habitan con naturalidad, pero poseen la plasticidad cultural de alterar instantáneamente el libreto cuando la presencia del cliente potencial o la dinámica del entorno lo requieren, demostrando que la calle en Cartagena es un teatro vivo de supervivencia y dignidad. 

 

Elfa Luz Mejía Mercado 

Laboratorio de Cultura Ciudadana (LAB3C)