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Una reflexión existencial sobre el sentido cristiano de la vida
"Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar."
— Antonio Machado
La experiencia humana está marcada por una verdad sencilla y profunda: somos peregrinos. Llegamos a este mundo sin haberlo pedido y un día tendremos que partir dejando atrás todo aquello que creíamos poseer. La juventud pasa, la salud pasa, los éxitos pasan, los fracasos pasan, las alegrías pasan y también los sufrimientos pasan. Todo pasa.
Sin embargo, el cristianismo añade una afirmación sorprendente: aunque todo pasa, nada se pierde cuando se vive en Dios. La vida no es una sucesión absurda de acontecimientos destinados al olvido; es un camino de transformación cuyo destino final es la comunión con Dios.
Por eso San Pablo escribe: "Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos. Amén" (Romanos 11,36).
La pregunta fundamental no es cuánto tiempo viviremos, sino para qué vivimos. El sentido último de la existencia humana puede resumirse en una sola frase:
Todo para la gloria de Dios y para nuestra santificación.
Dios no nos creó para acumular riquezas, títulos o reconocimientos. Tampoco para sobrevivir de manera mecánica. Nos creó para participar de su amor y reflejar su gloria.
San Pablo lo expresa con claridad: "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (1 Corintios 10,31).
La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir extraordinariamente bien las cosas ordinarias. Cada encuentro, cada trabajo, cada amistad, cada dificultad y cada decisión pueden convertirse en una ocasión para amar más y parecerse más a Cristo.
Ama y haz lo que quieras
Entre las frases más conocidas de San Agustín se encuentra esta: "Ama y haz lo que quieras."
A primera vista podría parecer una invitación al relativismo moral, pero en realidad significa exactamente lo contrario.
Cuando el amor de Dios habita verdaderamente en el corazón humano, las acciones comienzan a orientarse espontáneamente hacia el bien.
San Juan lo enseña así: "Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1 Juan 4,16).
La cuestión no es simplemente preguntarse qué quiero hacer, sino desde dónde deseo hacerlo.
Cuando una persona ama auténticamente:
- No utiliza a los demás.
- No manipula.
- No destruye.
- No busca únicamente su beneficio.
Por eso Jesús resume toda la ley en el mandamiento del amor: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente... y a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22,37-39).
El verdadero discernimiento cristiano consiste en preguntarse continuamente: ¿Lo que estoy haciendo nace del amor o del egoísmo?
Todo me está permitido, pero no todo me conviene
Vivimos en una época que exalta la libertad como valor supremo. Sin embargo, muchas veces se confunde libertad con ausencia de límites.
San Pablo introduce una corrección decisiva: "Todo me está permitido, pero no todo me conviene. Todo me está permitido, pero no todo me edifica" (1 Corintios 10,23).
La madurez espiritual consiste en comprender que no basta preguntarse si algo puede hacerse; es necesario preguntarse si ayuda a crecer.
Muchas decisiones humanas no son malas en sí mismas, pero tampoco contribuyen a la plenitud de la persona.
La pregunta cristiana no es: ¿Puedo hacerlo?
La pregunta cristiana es: ¿Me acerca a Dios?
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Hay actividades que entretienen, pero no edifican.
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Hay relaciones que seducen, pero no construyen.
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Hay proyectos que producen ganancias, pero empobrecen el alma.
La sabiduría espiritual consiste en elegir no solamente lo permitido, sino lo mejor.
No tengas dos caras
Una de las mayores tentaciones humanas es la duplicidad. Queremos aparentar una cosa mientras somos otra.
Jesús denuncia repetidamente esta actitud: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mateo 15,8).
La vida espiritual exige unidad interior.
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Ser la misma persona en privado y en público.
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Ser la misma persona cuando nadie observa.
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Ser la misma persona frente a Dios y frente a los hombres.
La hipocresía divide el alma. La autenticidad la unifica.
Por eso Santiago escribe: "El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos" (Santiago 1,8).
La paz interior surge cuando dejamos de interpretar personajes y comenzamos a vivir desde la verdad.
Tus ojos son la lámpara del cuerpo
Jesús afirma: "La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas" (Mateo 6,22-23).
Los ojos representan aquí la mirada interior. No vemos la realidad como es. La vemos como somos.
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Una persona agradecida encuentra motivos para agradecer.
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Una persona resentida encuentra motivos para resentirse.
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Una persona llena de amor descubre oportunidades para amar.
La calidad de nuestra mirada determina la calidad de nuestra existencia.
Por eso el camino espiritual no consiste solamente en cambiar el mundo exterior, sino en purificar la mirada.
La conversión comienza cuando aprendemos a ver con los ojos de Dios.
Donde está tu tesoro, allí está tu corazón
Jesús plantea una de las preguntas más profundas de todo el Evangelio: "Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mateo 6,21).
El corazón siempre termina habitando aquello que considera valioso.
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Algunos colocan su tesoro en el dinero.
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Otros en el prestigio.
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Otros en el poder.
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Otros en el placer.
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Otros en la aprobación de los demás.
Pero todos esos tesoros son frágiles.
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Pueden perderse.
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Pueden deteriorarse.
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Pueden desaparecer.
Por eso Jesús invita a acumular tesoros en el cielo:
"No acumuléis tesoros en la tierra... acumulad, tesoros en el cielo" (Mateo 6,19-20).
El verdadero tesoro es aquello que permanece cuando todo lo demás desaparece.
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La fe.
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La esperanza.
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El amor.
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La verdad.
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Las buenas relaciones con las otras personas.
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La comunión con Dios.
Todo lo demás es pasajero.
¿Dónde está tu corazón?
Al final de la vida no seremos examinados sobre cuántas cosas poseímos, sino sobre cuánto amamos.
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No importará tanto cuánto acumulamos, sino cuánto compartimos.
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No importará tanto cuánto sabíamos, sino qué hicimos con aquello que sabíamos.
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No importará tanto cuánto vivimos, sino cómo vivimos.
Por eso San Pablo concluye: "Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estas tres; pero la mayor de ellas es el amor" (1 Corintios 13,13).
Todo pasa.
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La belleza pasa.
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La juventud pasa.
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El dinero pasa.
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Los aplausos pasan.
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Las preocupaciones pasan.
Pero el amor permanece.
Y quien aprende a amar participa ya desde ahora de la eternidad de Dios.
Preguntas existenciales para el autoanálisis
- ¿Qué es aquello que actualmente ocupa la mayor parte de mis pensamientos?
- ¿Dónde está realmente mi tesoro?
- ¿Qué actividades me acercan a Dios y cuáles me alejan de Él?
- ¿Estoy viviendo para la gloria de Dios o para mi propia gloria?
- ¿Qué decisión importante necesito discernir en este momento?
- ¿Hay aspectos de mi vida en los que tengo "dos caras"?
- ¿Cómo estoy utilizando mi libertad?
- ¿Lo que hago me conviene espiritualmente o simplemente me resulta agradable?
- ¿Qué tipo de mirada tengo sobre las personas y los acontecimientos?
- ¿Veo el mundo con gratitud o con resentimiento?
- ¿Qué lugar ocupa el amor en mis decisiones cotidianas?
- Si hoy terminara mi vida, ¿qué sería lo verdaderamente importante?
- ¿Qué huella de amor estoy dejando en quienes me rodean?
- ¿Qué quiere Dios hacer conmigo en esta etapa de mi existencia?
- ¿Estoy caminando hacia la santidad o simplemente dejando pasar los días?
Señor, "enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato" (Salmo 90,12).