Un segundo adiós a Nina Pizarro


Ayer la hija, el yerno, los hermanos, las cuñadas, los sobrinos y demás familiares y amigos de Margoth Clemencia Pizarro Leongomez, nuestra linda Nina Nona, la despedimos por segunda vez en la iglesia de Santa María de los Ángeles, que los bogotanos conocemos mejor como La Porciúncula. En ese mismo templo hace 79 años se casaban el palmirano Juan Antonio Pizarro García, capitán de la Armada Nacional, y Margoth Fresia Leongomez Matamoros, unión de la cual nacimos cinco vástagos de los cuales Nina fue la única mujer y la menor de los hermanos.

Según los médicos de la época, Nina nunca debió nacer. El cuarto embarazo de nuestra madre, el de Hernando, se complicó mucho y, luego del parto, los galenos diagnosticaron que otro embarazo podía ser mortal para ella. Pero, no conocían la terquedad de Margoth y la complicidad del Almirante que no se conformaban con los varones, pues querían una hija mujer. Y lo lograron: el tres de febrero del año de 1954 hacía su entrada al mundo nuestra primera y última hermana. No la vi nacer, pero imagino su amplia sonrisa cuando se encontró en el mundo fuera del vientre materno. Sonrisa que fue su sello personal por toda su vida, tanto en los buenos momentos como en los más desafortunados. 

La recuerdo siempre a nuestro lado, independientemente de su condición de única mujer. Nos acompañaba en los juegos, en las travesuras, en los paseos, en las montadas a caballo, en las piscinas. Los dos únicos sitios donde no estaba eran: uno, el colegio, por cuenta de la decisión de papá de educarnos en los colegios de los jesuitas que en ese entonces eran solo para hombres. Mientras en Cali, nosotros nos educamos en el colegio San Juan Berchmans, Nina lo hizo en el colegio Nariño para niñas; y, el otro, era en las canchas de fútbol, pues en esa época era un no rotundo a las mujeres jugando este deporte. Una lástima que empezó a corregirse hace un par de décadas.

Siendo la otra mujer de la casa, Nina siempre, como debía ser, fue la consentida de mi papá. Los “no” que a nosotros nos abundaban, eran escasos o simplemente inexistentes cuando se trataba de ella. Este desbalance lo comprendimos rápido cuando llegamos a la adolescencia escasos de fondos y necesitados de que el viejo abriera la cartera para alguna actividad de la época como ir a cine: la encargada de transmitir nuestra solicitud era Nina, quien con su picardía y sonrisa siempre lograba que el viejo abriera su cartera. 

Si algo lamento de aquellos años es que una inteligencia tan natural como la de Nina no hubiera encontrado el estímulo académico que merecía. Su simpatía era enorme, pero también lo era su capacidad intelectual, que seguramente habría florecido aún más en una formación universitaria. Desafortunadamente, en aquellos años sesenta, aunque ya había numerosas mujeres ingresando a la universidad, seguían siendo minoría. Y no creo que su colegio, el Nariño, fuera el sitio donde se cultivaba el talento para seguir una carrera.    

Pero la sonrisa y la simpatía no significaban indiferencia frente al mundo que la rodeaba. Como muchos jóvenes de su generación, Nina vivió intensamente los debates políticos de los años sesenta y setenta. Su amor por el país y por nosotros, sus hermanos, en especial por Carlos, con quien compartía muchas cualidades, hicieron que ingresara muy joven a la JUCO, la Juventud Comunista, de donde sale para las filas del Movimiento 19 de Abril, donde militó por una década. No voy a referirme a esos años que otros han relatado con mayor conocimiento de los mismos. Lo único que puedo anotar es que lo hizo con el arrojo y la valentía que la caracterizaban, convencida de lo justo de su causa.

Tal vez el episodio más conocido de esos años fue su papel en el robo de las armas del Cantón Norte a finales del mes de diciembre de 1978. Con siete meses de embarazo manejó la camioneta que sacó las armas de la casa que el EME usó como fachada mientras construía el túnel por donde sacaron miles de armas pertenecientes al Ejército Nacional. Pero, quizás, su mayor coraje y fortaleza salieron a relucir cuando permaneció largas semanas acostada en el Hospital Militar donde, en medio del encierro, nació su hija. 

Con el tiempo llegó el cansancio de una guerra que fue perdiendo su sentido. De manera voluntaria abandonó las filas del M-19, adelantándose al proceso de paz que adelantó esta organización en 1989 bajo el liderazgo de nuestro hermano Carlos. Por fuera de la militancia se dedicó a sus dos grandes amores: su hija, Alejandra y a la gente de las comunidades donde vivió. Su labor fue especialmente visible e importante en su último lugar de residencia antes de la terrible enfermedad que acabó primero con lo que ella era y luego con su vida: el municipio de Guayatá en el departamento de Boyacá.

En Guayatá todos la recuerdan por el liderazgo con que organizó a las mujeres de la región para hacer conocer sus cafés especiales, no solo en Colombia sino en el mundo; por el trato a los niños de la región, para quienes organizaba eventos que todavía recuerdan como momentos muy especiales de sus vidas; por su participación en las ferias y fiestas del pueblo con ideas innovadoras para congregar a toda la comunidad.

Su vida no fue, sin duda, perfecta, pero siempre la condujo guiada por un mismo norte: el amor a los suyos, que siempre fuimos todos.

Ayer, cuando la despedimos por segunda vez, lo hicimos con la certeza de que esa maravillosa sonrisa que tenía brillará para siempre en nuestras pupilas.