Hay preguntas que ya no admiten evasivas: ¿cuánto tiempo les queda a los Corales de Varadero, únicos sobrevivientes a la contaminación de la Bahía de Cartagena, antes de que el cambio climático supere su capacidad de resistencia? ¿Qué ocurrirá si el sargazo, impulsado por nuevas dinámicas oceánicas y temperaturas cada vez más altas, llega de manera masiva a la bahía de Cartagena? La verdadera incertidumbre no está en la ciencia, sino en nuestra incapacidad para actuar antes de que el daño sea irreversible. Uno nunca sabe.
Mientras la temperatura del océano continúa aumentando y los organismos científicos nacionales e internacionales advierten una alta probabilidad de un episodio muy intenso de El Niño durante los próximos meses (o conocido coloquialmente como el "Super Niño"), Varadero sigue esperando un plan integral de manejo y restauración ecológica; lo anterior, contando con su protección como área marinocostera regional protegida por parte del proyecto de declaratoria de Cardique, con el liderazgo de Minambiente y el seguimiento y acompañamiento por parte del SINA y organismos de control. Ya existen antecedentes de arribazones de sargazo en distintos puntos del Caribe colombiano, demostrando que este fenómeno puede modificar su distribución según las corrientes marinas y las condiciones climáticas. Esperar a que el fenómeno sea más constante para solo reaccionar, sería repetir los errores de siempre.
Los efectos globales ya tienen rostro local. El blanqueamiento de los corales amenaza uno de los arrecifes más resilientes del Caribe colombiano. La pérdida progresiva del sistema de caños, lagos y manglares reduce la capacidad natural de la ciudad para enfrentar inundaciones, capturar carbono y regular la temperatura. Al mismo tiempo, el bosque seco tropical que sobrevive en el cerro de La Popa y en los cerros tutelares desaparece lentamente bajo la presión urbana, privando a Cartagena de uno de sus ecosistemas más escasos y estratégicos; no por nada gratis, y cada tantos años, la cota máxima urbanizable termina cediendo.
Lo preocupante es que aún todavía hay quienes consideran el cambio climático un asunto ideológico o un discurso exagerado: esa posición dejó de sorprender, cuando se espera que exista sensatez. La evidencia científica demuestra exactamente lo contrario: océanos más cálidos, eventos extremos más frecuentes, pérdida acelerada de biodiversidad y ciudades costeras cada vez más vulnerables. La vulnerabilidad es silenciosa y acumulativa con los años. Negar la realidad no disminuirá un solo grado la temperatura del mar ni devolverá un solo metro cuadrado de manglar destruido.
La conservación ya no puede limitarse a sembrar árboles para la fotografía o inaugurar obras sin planificación ambiental o adaptación en el funcionamiento de los ecosistemas. Cartagena necesita gobernar con ciencia, restaurar sus ecosistemas estratégicos y convertir la adaptación climática en una política pública permanente. Es un contrasentido que, en ciertos casos, la conservación del patrimonio natural se vea limitada por barreras que impiden la articulación entre la academia y la autoridad ambiental. Cada año perdido reduce nuestro margen de acción. Por eso la pregunta no es cuánto tiempo les queda a Varadero, sino cuánto tiempo nos queda a nosotros para entender que proteger la naturaleza es, en realidad, proteger nuestro propio presente y futuro. ¿Seguiremos esperando quién sabe hasta cuándo?
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social