¿SENDEROS DE SOMBRAS O SENDEROS DE LUZ?
Por: ARGEMIRO MENCO MENDOZA
No se apagará la agonía con tus sueños que no cesan.
José Mercado Ricardo
Diecinueve bellos poemas son diecinueve puertas de entra a la poética de José Mercado Ricardo, quien como hijo del poeta José Ramón Mercado Romero recientemente fallecido, le rinde un homenaje lirico y espiritual a la vida y obra de su padre con su escritura plasmada en Senderos de sombras. A mi juicio, este opúsculo de iniciación a la lectura de este libro, también es equiparable al concepto de senderos de luz porque, en tanto corpus, iluminan la comprensión del lector en el ejercicio de conocer y comprender los instantes y las historias de un poeta inspirado y desgarrado a raíz de la muerte del poeta inspirador. El diecinueve es un número impar, como sin par puede ser el sentimiento del poeta hijo hacia el padre poeta.
Se percibe en estos versos cargas de dolor, y de amor filial o bíblico asociado al amor storge, palabra del idioma griego que vincula el amor y el afecto entre padres e hijos, entre hermanos, y entre maridos y esposas en el nicho matrimonial.
La primera partitura del canto nos ofrece un tesoro de versos con cierto tono elegíaco y épico, que enaltecen a los miembros de la casa paterna, y, de manera singular, a la persona y personalidad del padre, un guerrero y un anti-héroe prototipo del ser cultural sabanero, en las raíces, tallos y frutos del caribe colombiano. Los demás textos, los moldeados en prosa poética, constituyen una narrativa incesante donde trascienden, la existencia de la familia, los orígenes ancestrales, la sucesión de vástagos y ramificaciones entrañables. Páginas donde sobresalen, la lucha por la vida enfrentada a la muerte, y el hecho de la muerte –como acontecimiento luctuoso– de José Ramón Mercado Romero: el hijo orgulloso de sus padres, de su primera maestra, del paisaje de Naranjal, como ovejero limpio. Se visibiliza la muerte de Jose, Jose sin tilde, el padre bueno, el hermano solidario, el tío generoso, el esposo amante y amoroso, el protagonista de historias, pero entre todas ellas, la mejor: la historia poética urdida con el amor y las pasiones de su alma, y sostenida por las manos Dios, las de su leal y noble esposa Alcira y las de sus hijos e hijas que lo abrazaban como si abrazaran a un toro hecho de reciedumbre y la ternura del alba que muge cuando despierta la luz.
La obra, en su conjunto, nos estremece por la emoción estética que nos dispara el milagro de la poesía tanto en versos como en la forma natural del lenguaje, la siempre solícita, por lo lingual y amable, la prosa. La intención de este trabajo artístico convoca la solidaridad de sus palabras como signos y señales orquestados para “evitar el olvido” del poeta… y a fe que lo logran. En consonancia con este propósito del título, es innegable que el poeta homenajeado está vivo en la eternidad de su palabra poética. Por fortuna, su obra total ya está instalada en la historia de la literatura nacional, con valoraciones admirables de la crítica, y en el recuerdo de quienes tuvimos la suerte de tratarlo y de leerlo; y, que estará en la memoria de quienes lo leerán, seguramente mejor que nosotros en la posteridad.
Lejos de exageraciones, creo que esta obra tiene la esencia ontológica de ser el preludio de una novela con características de saga familiar (entre la historia, la poesía, y la leyenda). Si el autor se lo propone, podría sorprendernos algún día con un regalo de su talento creativo, para ampliar y profundizar el significado familiar y el socio-cultural que están presentes en la naturaleza y condición de sus personajes, donde hay notables mujeres y hombres escritores, poetas, artistas, ingenieros, campesinos y citadinos, muchos de ellos marcados por éxodos y diásporas que no dejan de tener el signo de la tragedia, la alegría de vivir y los estragos de la muerte.
Cartagena de Indias, D.T. y C, septiembre 12-2021.