De vez en cuando veo la vieja foto de matrimonio de mis padres. Fue hace 77 años. Mi padre tenía 21 y mi madre 20. A los lados estaban los abuelos como testigos.
El tiempo ha borrado los colores, pero esas imágenes conservan una claridad que ninguna cámara digital podría ofrecer. Antes veía una boda. Hoy veo un país que dejó de existir.
Mi padre aparece con traje de paño de lana. Mi madre sostiene un ramo intrincado y su cola de varios metros. No hubo banquetes desmesurados, ni pantallas gigantes, ni una celebración diseñada para ser exhibida. Solo una familia reunida alrededor de una promesa.
Cuando mi padre se casó ya tenía una casa. Era grande. En el patio crecía un mango joven. Era un lugar desde donde empezar la vida. Aquella casa no representaba riqueza, representaba tranquilidad.
Pienso en esas fotografías y descubro que la verdadera distancia entre la generación de mi padre y la mía (y la de mis hijos) no se mide en años, sino en posibilidades.
Mis padres trabajaban para construir una vida. Nosotros trabajamos, muchas veces, para impedir que la vida se nos derrumbe.
Pero el dinero explica apenas una parte del cansancio.
El filósofo Byung-Chul Han dijo que el ser humano contemporáneo ya no necesita un amo que lo explote, termina explotándose a sí mismo.
Creo que los hombres conocemos bien esa condena. La biología nos entrega un cuerpo masculino antes de nacer. Sin embargo, ser hombre nunca ha dependido únicamente de la naturaleza. Desde niños comienza un examen que parece no terminar jamás. Hay que demostrar fortaleza. Hay que demostrar valentía. Hay que demostrar éxito.
Hay que demostrar que se puede proveer. Hay que demostrar que se sabe conquistar. Hay que demostrar que nunca se tiene miedo.
Y cuando creemos haber aprobado una prueba, aparece otra. Y otra con mayor exigencia que la anterior.
La masculinidad dejó de ser una condición para convertirse en un desempeño permanente. Quizá por eso los varones estamos tan cansados.
No es el cansancio del obrero que regresa con las manos endurecidas ni el del pescador que vuelve del mar al amanecer. Es una fatiga más silenciosa: la de vivir bajo la sospecha de no ser suficientes.
También el amor cambió. Mis padres se conocieron en un pueblo donde las terrazas eran el primer lugar de encuentro y los vecinos conocían la historia de cada familia. Los balcones eran algo así como el algoritmo de hoy.
En la actualidad solemos conocernos a través de perfiles en las redes cuidadosamente editados. Antes de escuchar la voz de alguien ya hemos visto sus fotografías, sus viajes, sus alegrías retocadas, sus éxtasis interminables. Se nos muestra esa “felicidad” que decidió exhibir. El amor también empezó a pedir certificados.
No siempre fingimos para engañar. Muchas veces fingimos para no ser descartados.
No escribo estas líneas para despertar compasión. Las mujeres han soportado desigualdades históricas que aun reclaman justicia. Escribo porque sospecho que esta época también está fabricando hombres exhaustos y casi nadie parece dispuesto a decirlo.
Hoy miro de nuevo a esa fotografía y descubro que la imagen no habla únicamente del día en que dos jóvenes decidieron casarse. Habla de una época en la que un hombre podía creer que el trabajo alcanzaba para levantar una casa, que una casa alcanzaba para formar una familia y que una familia alcanzaba para darle sentido a una vida.
Con los años comprendí que la mayor herencia de aquella generación no fueron los bienes que atesoraron.
Fue la calma con la que un hombre podía cerrar la puerta de su casa al caer la noche, convencido de que, por ese día, ya no tenía que demostrarle nada a nadie.
IMAGEN DE LA FOTO FUE MEJORADA CON IA