"De neandertales a brotauros: nuestra herencia compartida"


Como la mayoría de mis congéneres, durante mucho tiempo pensé que los Homo sapiens habíamos sido, y éramos, únicos. En una primera etapa, porque creí por años en el evento bíblico de la creación de Adán a partir de un poco de barro sabiamente esculpido primero y, luego, desbastado para sacarle una costilla que terminó por llamarse Eva. Más adelante, cuando lo de Adán y Eva dejó de cuadrarme, apareció, gracias a un viejo sabio inglés, una explicación más interesante y comprobable: la evolución que llega a nosotros después de miles de millones de años de idas y venidas, vueltas y revueltas.

En los últimos años, gracias a científicos testarudos que no se contentan con lo que saben, pues están en búsqueda permanente de la explicación, hemos encontrado que además de los sapiens existieron hace relativamente poco tiempo un buen número de homínidos: neandertales, denisovanos, Homo floresiensis, hombres de Nesher Ramla, Homo nalediHomo longi (hombre dragón), Australopithecus y los que faltan por descubrir.

Esa explosión de homínidos ocurrió ayer en el campo de otros seres, ya no de carne y hueso sino fantásticos. Por años, los que han transcurrido desde mi encuentro con el escritor argentino Julio Cortázar por allá en la década de los sesenta del siglo pasado, siempre creí que esos seres misteriosos eran tres: famas, cronopios y esperanzas. Con esta certeza, he trajinado las décadas confiando en la verdad de mi saber. Una convicción que se hizo añicos ayer cuando en el libro Guía para viajeros, de Darío Jaramillo Agudelo, me encontré con una larga serie de seres que comparten el mundo fantástico de las famas, los cronopios y las esperanzas.

Al lado de esos tres seres cortazianos, encontramos a los morgualos, seres que, según Jaramillo, "acumulan objetos a lo largo de su vida: hojas secas de arce o de nogal, flores color arzobispo o color remolacha entre los libros, piedras humildes de formas y texturas extrañas, empaques de vidrio, diminutas filigranas en jade, en plata, en marfil o en madera. Pequeños cofres de coco o de hojalata, cofrecillos con sutiles incrustaciones y decorados. Láminas y poemas, retratos y bordados".

También Jaramillo describe a los sásicos, seres prácticos por excelencia: "las instrucciones sásicas para descorchar el vino, por ejemplo, son tan buenas que a ningún sásido se le ha ido el corcho a la botella. Y si a alguno le pasara, sin duda sería el hazmerreír de todo el vecindario y la vergüenza de la familia".

Y así, Jaramillo va describiendo a los tinguanos, ícnidos, demhitiones y demás, hasta llegar a mis favoritos: los inigualables brotauros, "que no se reproducen por ninguna clase de contacto físico, sino por la risa". Estos seres increíbles, cuando "la familia está ya grande, tras muchos años de compartir techo, lecho y leche, de repente, una noche, cuando las tres lunas del país brotauro están alumbrando, los dos brotauros comenzarán a enamorarse perdidamente. Ya viejos descubrirán los placeres que el cuerpo de cada uno le brinda al otro. Recuérdese que los brotauros se reproducen por la risa, por lo que el instinto carnal está desligado de la reproducción. Así que el deseo físico nacerá en el ocaso, con tal intensidad, que llegará un momento en que los dos brotauros no pueden sino estar juntos y desnudos".

Después de leer las descripciones de estos seres fantásticos, estoy convencido de que, al igual que con los neandertales y los denisovanos, los sapiens nos hemos cruzado con los morgualos, los izópiro, los períntidos demás, y llevamos parte de su ADN en nuestro cuerpo y en nuestra imaginación. Es simple cuestión de fijarse en ciertos rasgos y comportamientos de parientes y amigos para darnos cuenta de que todos tenemos una herencia que viene de mundos fantásticos, como los descritos bellamente por Darío.