El cortejo era una obra lenta.

Furiosa nostalgia por la cita romántica


La escena ocurrió en un café del centro.

Mesas de madera. La máquina de espresso resoplando. Un jazz casi inaudible. La lluvia golpeando los ventanales. Él llegó primero. Miró el reloj, acomodó la silla dos veces y dejó el celular sobre la mesa.

Ella apareció minutos después. Dos besos, una sonrisa, café y torta. Todo parecía el comienzo de una conversación. Pero hablaron poco. El teléfono de él vibró primero. El de ella respondió enseguida.

Él contestó mensajes. Ella fotografió el café, buscó el mejor ángulo para la torta y siguió deslizando el dedo sobre la pantalla. Alzaban la vista de vez en cuando, intercambiaban una frase, sonreían por educación. Otra vibración los devolvía al rectángulo luminoso.

No estaban juntos. Solo coincidían en la misma mesa.

Durante años escribimos la palabra conectividad como si fuera una promesa. Cuantos más dispositivos tuviéramos, mayor cercanía alcanzaríamos. Cuantas más formas de comunicarnos existieran, menos solos estaríamos. Nadie imaginó que podía ocurrir exactamente lo contrario. Que un día terminaríamos sentados frente a alguien sin conseguir llegar realmente hasta esa persona. 

La cita fue, durante siglos, uno de los rituales más refinados de la condición humana.

No comenzaba cuando dos personas se encontraban.

Comenzaba mucho antes.

Empezaba con la incertidumbre. Con el deseo de volver a ver un rostro apenas entrevisto. Con la caminata hasta el lugar acordado. Con la pregunta silenciosa de si el otro aparecería. Había una belleza profunda en aquella ignorancia. No sabíamos casi nada de la persona que esperábamos y, precisamente por eso, cada conversación era una exploración.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

Llegamos al primer encuentro con un expediente completo.

Sabemos dónde estudió el otro, qué desayuna, cuáles son sus opiniones políticas, qué música escucha, en qué playas pasó las vacaciones, cómo era hace diez años e incluso quién fue su pareja anterior. Hemos recorrido su biografía digital antes de escuchar el tono de su voz cuando habla de aquello que realmente le importa. Pero todo es una escena fabricada. 

Confundimos información con conocimiento. También confundimos disponibilidad con intimidad. Hubo un tiempo en que la cita era un territorio en sí mismo.

No era un trámite momentáneo antes del encuentro físico. Era el encuentro.

El deseo aprendía a caminar despacio. Las conversaciones podían prolongarse durante semanas. Había llamadas interminables, cafés que parecían no tener hora de cierre, silencios que también comunicaban y una incertidumbre deliciosa que obligaba a imaginar al otro antes de tocarlo.

El cortejo era una obra lenta.

Nadie parecía tener prisa porque, en el fondo, el verdadero acontecimiento era la espera. Los relojes entraban en un letargo mientras el corazón se desvelaba.

Ese escenario está a punto de desaparecer.

No porque la tecnología haya hecho imposible enamorarse.

Desaparecerá porque el cortejo fue absorbido por la lógica de la inmediatez. Las insinuaciones se despachan en dos o tres emojis, las conversaciones decisivas ocurren en aplicaciones de mensajería y el misterio suele agotarse antes del primer encuentro. 

Con demasiada frecuencia ya no salimos a descubrir a la otra persona, solo vamos a confirmar una impresión previamente construida por los algoritmos y las redes sociales.

La transformación alcanzó incluso uno de los gestos más sencillos de la vida cotidiana.

Invitar a alguien a tomar un café.

Lo que durante décadas fue una expresión elemental de cortesía o de interés afectivo hoy suele atravesarse por la sospecha. Muchos hombres temen que una invitación sea interpretada como una insinuación sexual, muchas mujeres, con razones que la historia reciente explica de sobra, aprenden a leer esos gestos desde la prudencia y la prevención. El resultado es paradójico: allí donde antes comenzaba una conversación, ahora suele empezar una negociación silenciosa sobre las verdaderas intenciones de quien invita.

El exponerse demasiado, la necesidad permanente de validación y la ilusión de que siempre exista una opción mejor han convertido la cita en un acontecimiento observado por una audiencia invisible. El encuentro ya no pertenece únicamente a quienes lo viven. También pertenece al algoritmo, a los seguidores y a esa versión cuidadosamente editada de nosotros mismos que cada día publicamos.

Quizá por eso el erotismo también cambió de ritmo.

No porque el deseo haya desaparecido, sino porque perdió buena parte de los rituales que le otorgaban profundidad. En demasiadas ocasiones el sexo dejó de ser la cúspide de una lenta conversación para transformarse en un intercambio inmediato, espontáneo y fácilmente reemplazable. Lo que se ha debilitado no es el deseo, sino el camino que llevaba hacia él.

Creo que los pájaros conservan ceremonias de conquista más elaboradas que las nuestras de hoy en día.

Ellos todavía cantan. Todavía esperan. Despliegan una paciencia que nuestra cultura parece haber confundido con pérdida de tiempo.

Quizá la mayor pérdida no sea romántica, sino cultural.

Estamos dejando morir una de las formas más delicadas del encuentro humano: esa lenta construcción de confianza en la que dos desconocidos aprendían a leerse sin urgencias.

Vivimos en una época que celebra la acumulación de experiencias más que la construcción de vínculos genuinos. Algunos exhiben sus conquistas con la misma lógica con que muestran un teléfono nuevo o un destino turístico. El prestigio parece consistir en sumar historias, no en profundizar ninguna. Ese consumismo afectivo ha terminado por hundir el amor.

Tal vez por eso las citas contemporáneas producen una extraña sensación de agotamiento.

No porque falten conversaciones. Sino porque sobran distracciones. Llegamos exhaustos de responder mensajes, administrar perfiles y sostener versiones idealizadas de nosotros mismos. Cuando finalmente nos sentamos frente a otro ser humano, ya hemos gastado buena parte de la energía necesaria para conocerlo.

Hace unos días escuché a un joven resumir nuestra época en una frase casi brutal:

—Hay demasiadas opciones.

No hablaba de restaurantes. Hablaba de personas. El mercado terminó colonizando el territorio del afecto.

Elegimos parejas como quien compara teléfonos móviles. Si aparece una pequeña falla, deslizamos el dedo y seguimos buscando.

La abundancia volvió sospechosa la permanencia. Por eso resulta tan sencillo desaparecer. Antes había que inventar una explicación. Hoy basta con dejar de responder. El silencio recibió incluso un nombre elegante: ghosting.

Cambiamos la palabra, pero la herida sigue siendo la misma.

Cuando la pareja terminó el café, ninguno parecía triste.

Tampoco feliz.

Simplemente ocupado.

Pagaron la cuenta sin mirarse demasiado. Antes de levantarse, cada uno consultó una última vez el teléfono, como si necesitara comprobar que el mundo continuaba esperándolo detrás de la pantalla.

Los vi alejarse bajo la lluvia. Caminaban uno al lado del otro. No discutían ni se tomaban de la mano. Cada uno avanzaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia el teléfono.

Entonces comprendí que el problema de nuestro tiempo no consiste en haber inventado demasiadas tecnologías para acercarnos. Consiste en haber olvidado el arte de demorarnos. El amor nunca fue un problema de velocidad. Siempre fue un problema de atención. Y tal vez el signo más silencioso de nuestra época sea este: asistimos, casi sin advertirlo, a la desaparición de uno de los rituales culturales más hermosos que habíamos inventado para encontrarnos.

 

IMAGEN CREADA POR IA.