Le habían anunciado al Centro Democrático su final. No como una advertencia serena, sino con el tono apocalíptico de quienes confundieron una coyuntura electoral con el entierro de una historia política.
Con la irrupción de Abelardo de la Espriella y Defensores de la Patria, algunos decretaron que el uribismo estaba agotado, que el Centro Democrático era una organización en extinción y que Álvaro Uribe Vélez debía retirarse a descansar. Pretendieron convertir la renovación política en una ceremonia de jubilación forzada.
Lo más doloroso es que muchos de esos ataques no provinieron de los adversarios de siempre. Llegaron también de antiguos uribistas, de personas que alcanzaron notoriedad defendiendo a Uribe, que fueron ungidas por su liderazgo o que crecieron políticamente bajo la sombra de su enorme respaldo popular. Algunos cambiaron de proyecto, lo cual es legítimo; pero otros, además, sintieron la necesidad de atacar al hombre que antes exaltaban.
Quienes hemos seguido su trayectoria percibíamos que su alma estaba aporreada. Nos causaba preocupación, indignación, rabia y estupor observar cómo grandes defensores de Uribe se transformaban, casi de la noche a la mañana, en sus más agresivos detractores.
También preocupaba el silencio de Abelardo de la Espriella frente a algunos de esos ataques. Aunque posteriormente desautorizó determinadas agresiones, durante buena parte de la confrontación ese silencio pudo interpretarse como complaciente. Los influenciadores estridentes hablaban, calumniaban, descalificaban y pretendían erigirse en dueños de una nueva derecha, mientras se golpeaba a Uribe y se atropellaba a la militancia del Centro Democrático.
No era la primera vez que sucedía.
Juan Manuel Santos llegó a la Presidencia con el respaldo decisivo de Uribe y después se apartó profundamente del proyecto que lo condujo al poder. Iván Duque tampoco consiguió responder a las expectativas de millones de electores y permitió que sectores de la dirigencia se distanciaran de la militancia. Otros dirigentes, promovidos o respaldados por Uribe, terminaron abandonándolo, desconociéndolo o construyendo sus propios proyectos sobre la base social que él ayudó a consolidar.
Cada uno tendrá sus argumentos. La historia los juzgará. Pero todas esas experiencias fueron haciendo mella en la base militante y alimentaron una sensación de abandono, frustración y desconcierto.
Ahora la política parece reducirse a una competencia de etiquetas: derecha, extrema derecha, izquierda, centro, progresismo, petrismo o abelardismo. Se buscan nuevos enemigos y se levantan fronteras ideológicas cada vez más rígidas.
En medio de ese ruido conviene recordar una diferencia esencial: el Centro Democrático no nació simplemente para ocupar una casilla en el espectro ideológico. Nació alrededor de unos valores democráticos que, con el paso del tiempo, se convirtieron en principios.
El Partido @CeDemocratico defiende la SEGURIDAD como el bien público más importante de todos y como determinante para alcanzar la paz.
Defiende el EMPRENDIMIENTO como el medio para generar desarrollo y riqueza.
Promueve la COHESIÓN SOCIAL para ayudar a los ciudadanos más necesitados.
Propone una ECONOMÍA FRATERNA, opuesta al odio de clases, que permita una relación de cooperación armónica entre trabajadores y empleadores.
Y defiende un ESTADO PEQUEÑO, AUSTERO y TRANSPARENTE para garantizar la libertad de todos los colombianos.
Esos principios no constituyen una doctrina extremista ni una plataforma de exclusión. Representan una franja democrática en la que caben ciudadanos de diversos orígenes, regiones y condiciones sociales. Allí pueden encontrarse quienes creen en la autoridad democrática, la iniciativa privada, la solidaridad, la cooperación social, la austeridad y la libertad.
Nuestro partido defiende una franja democrática necesaria para la salud de la República.
Otros movimientos tienen pleno derecho a declararse de derecha y a construir sus propias identidades. Pero no basta con levantar una bandera, adoptar símbolos fuertes o hacer ruido en las redes sociales. Un partido necesita principios, organización, militancia, memoria y madurez. El Centro Democrático los tiene y continúa transformándose con los cambios políticos de Colombia y del mundo.
Entonces llegó el 7 de agosto de 2026.
Durante la posesión del presidente Abelardo de la Espriella, realizada en Cali, Álvaro Uribe Vélez entró al auditorio y recibió un aplauso atronador. La prensa registró su llegada como uno de los momentos que desbordaron el protocolo y produjo una de las ovaciones más intensas de la ceremonia. No fue una reconstrucción interesada ni una tendencia artificial de redes sociales: el recinto se puso de pie.
Aquel aplauso no fue solamente para un expresidente. Fue una respuesta colectiva a quienes intentaron mandarlo a recoger. Fue el reconocimiento a una trayectoria y la demostración de que la conexión de Uribe con una parte muy significativa del pueblo colombiano sigue intacta.
En ese escenario se reconoció, como correspondía, al presidente Abelardo de la Espriella. Le deseamos lo mejor en su gobierno, porque su éxito debe significar seguridad, prosperidad, democracia y libertad para Colombia. El país necesita que le vaya bien.
Pero el gran trasfondo político de aquella jornada fue otro: quienes anunciaron el ocaso de Uribe descubrieron que habían confundido sus deseos con la realidad.
La ovación de Cali puso en su sitio a quienes pretendieron apropiarse de su legado y a los payasos de las redes que quisieron borrar, mediante insultos y descalificaciones, una historia construida durante décadas. También dejó una responsabilidad para el nuevo presidente: impedir que desde su entorno se continúe atacando a quien representa una parte fundamental de la fuerza democrática que hizo posible el cambio político del país.
Y allí radica el verdadero temor de sus adversarios y contradictores: Uribe es el general de 74 soles que nadie quiere enfrentar en el campo de la política. Por eso intentan silenciarlo, aislarlo y apartarlo de los combates democráticos. Porque la política también libra sus guerras: no guerras de sangre ni de violencia, sino confrontaciones de ideas, principios, posiciones y proyectos de país. Y en esas batallas democráticas, aun después de tantas luchas, pocos se atreven a confrontar directamente a Álvaro Uribe.
Uribe no necesita aferrarse a un cargo para conservar su liderazgo. Su fuerza no depende de una oficina, una candidatura o una tendencia digital. Proviene del reconocimiento ciudadano, de su obra política y de una conexión popular que ha sobrevivido a las traiciones, los errores, las persecuciones y el paso del tiempo.
Todo honor, señor Uribe.
El ocaso que tantos anunciaron nunca existió. La ovación de Cali dejó una señal imposible de ocultar: Álvaro Uribe está más vivo que nunca.
#OrgullosamenteUribista
Gabriel Jaime Dávila Gómez