La mejor fórmula narrativa es aquella que conecta con emociones universales a partir de historias locales y cercanas. Para que un relato sea verdaderamente colectivo debe reunir, en su estructura, fondo y forma, una causa común capaz de movilizar a las personas, sin recurrir a artificios que distraigan la atención e impidan una conexión genuina.
Recientemente, el periodista y productor Juan Guillermo Mercado nos recordaba, en un encuentro de formación con colegas en Cartagena convocado por Ecopetrol, que “la creatividad no consiste en inventar historias, sino en descubrir nuevas formas de contarlas”. También nos invitaba a reconocer que son las emociones universales las que permiten que las audiencias locales se identifiquen con los relatos. Quizás por eso las nuevas apuestas audiovisuales que conquistan las plataformas de streaming logran trascender fronteras y conectar con públicos tan diversos.
Su reflexión nos llevó a cuestionarnos cómo estamos concibiendo hoy el ejercicio de la comunicación y cómo estamos construyendo nuestras historias. Además, nos compartió una fórmula sencilla para estructurar relatos memorables: observar, investigar, conectar, transformar y trascender. Pero hubo una idea que resonó con especial fuerza: “Toda gran historia comienza con alguien dispuesto a escuchar”.
Aunque estas reflexiones resultan especialmente valiosas para el periodismo y la comunicación, también lo son para el ejercicio del liderazgo. Al final, liderar y comunicar comparten un mismo desafío: conectar a las personas alrededor de un propósito común. Y esa conexión no ocurre únicamente a través de argumentos racionales o resultados tangibles; ocurre, sobre todo, a través de las emociones.
Hoy, más que nunca, liderar implica inspirar. Porque las personas pueden olvidar cifras, fechas o explicaciones complejas, pero difícilmente olvidan cómo alguien las hizo sentir. La visión estratégica y la capacidad de gestión son atributos esenciales de cualquier líder, pero cada vez cobra más relevancia el desarrollo de capacidades como la escucha, la comunicación y la conexión auténtica.
Cuando hablamos de emociones universales, solemos pensar en el amor, la solidaridad, la gratitud o la resiliencia. A esa lista yo añadiría la justicia. Esa búsqueda permanente de equidad que moviliza a quienes viven situaciones de vulnerabilidad y que interpela a quienes observan a su alrededor un mundo marcado por las desigualdades. La justicia también es una emoción colectiva, una fuerza capaz de generar sentido de pertenencia y movilización.
Quizás por eso las historias y los líderes que más nos inspiran suelen ser también los más sencillos. No porque les falte profundidad, sino porque logran tocar algo esencial. Algo que todos reconocemos, independientemente de nuestro origen, profesión o edad.
Al final, las mejores historias y los mejores líderes no son necesariamente los más complejos ni los más innovadores. Son aquellos que nos recuerdan que, detrás de cada dato, decisión o estrategia, siempre hay personas. Y que las emociones continúan siendo el lenguaje más universal que existe.