«Quien persigue monstruos debe cuidar de no convertirse a su vez en uno; cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.»
Friedrich Nietzsche
Esta historia la escuché o la soñé o la viví en estos días. Realmente no lo sé; espero que les guste cuando la lean. El cazador de necios llevaba años recorriendo el mundo con su catalejo, señalando con dedo firme a todos aquellos que, según él, habitaban la necedad. Había aprendido a reconocer el andar torpe del soberbio, el lenguaje vacío del que se cree ungido por los dioses, la mirada vidriosa y enajenada del que confunde su opinión con la verdad absoluta. Su catalejo era preciso, sus denuncias, agudas; nadie podía acusarlo de no ver con claridad y certeza. Una noche, persiguiendo a un necio muy conocido por ser elocuente, que huía por los callejones de la ciudad amurallada, el cazador entró en un cuarto que nunca antes había visto. Era un cuarto circular, con paredes llenas de espejos desde el suelo hasta el techo. En el centro, una lámpara proyectaba una luz que multiplicaba su imagen en todas direcciones. El necio al que perseguía se había esfumado.
El cazador dio una vuelta sobre sí mismo, examinando los reflejos. Allí estaban todos los necios que había descubierto y señalado en múltiples oportunidades: el que usaba el lenguaje sagrado para deshumanizar y enriquecerse, el que convertía al prójimo en número de cuentas bancarias, el que disfrazaba su proyecto de mandato divino, el que confundía su liderazgo con la encarnación de un pueblo; en fin, la polifonía de ideologías multicolores. Los veía nítidamente en cada panel, y su pecho se henchía de certeza.
—Aquí están —dijo con voz alta. La conspiración es evidente. Miren cómo se multiplican, cómo ocupan cada rincón con sus necedades.
No obstante, al hablar, su voz rebotó en los espejos y regresó a él toda distorsionada. Algo en el eco lo detuvo. Se acercó a uno de los espejos y lo observó con atención. Entre los necios que señalaba, había una figura que no recordaba haber visto antes. Un hombre con un viejo catalejo, señalando con furia a las paredes, tan absorto en su denuncia que no notaba que el espejo que tenía enfrente también lo reflejaba a él. El cazador dio un paso atrás y, al hacerlo, comprendió: la habitación no era una galería de necios ajenos, sino un cuarto donde cada denuncia se duplicaba en quien la enunciaba. Cada espejo no solo mostraba al otro; mostraba también al que miraba, pero este había aprendido a no ver su propio reflejo, a tratarlo como un error óptico, una distracción menor.
Intentó entonces un ejercicio que nunca había hecho: en lugar de señalar, preguntó. Se preguntó por qué llevaba años persiguiendo necios sin detenerse jamás a mirar su propia casa. Se preguntó si su catalejo, con el que había denunciado con tanta precisión la mirada del otro, no era también una prótesis para no mirarse a sí mismo. Se preguntó si la seguridad con que señalaba no era, acaso, la misma seguridad con que sus denunciados justificaban sus propias necedades.
Fue entonces cuando notó algo extraño: a medida que se hacía estas preguntas, los reflejos de los necios que había perseguido comenzaban a deshacerse. No porque hubieran dejado de existir, sino porque algo en su mirada había cambiado. Al dejar de señalar con tanta certeza, los espejos comenzaron a mostrarle no solo las necedades de los otros, sino también las propias: los liderazgos que había convertido en patrimonio personal, las certezas que nunca había revisado, las preguntas que había evitado hacerse porque hacerlas habría significado admitir que su proyecto, el suyo, el que él consideraba la única alternativa verdadera, también había sido habitado por la necedad.
Salió del cuarto con el rostro demudado. No había encontrado la conjura que buscaba, pero sí algo peor: había encontrado que él mismo era, en algún grado, el necio del espejo. Y esa revelación, en lugar de debilitar su denuncia, la volvía más incómoda, más profunda, porque ya no podía señalar sin recordar que su dedo, al extenderse, también se doblaba hacia él mismo.
Huelga decir que afuera, la ciudad seguía su curso. Los necios que había señalado seguían allí, con sus lenguajes sagrados y sus números contables, con sus certezas y sus confabulaciones y conjuras. Pero el cazador ya no podía verlos igual. Ahora sabía que la necedad no se vence señalando al necio de enfrente, sino aceptando la posibilidad de ser, en algún grado, el necio del espejo.
Y supo, también, que las preguntas que importan en estos casos no son "¿quién es el necio y qué dice?", sino "¿qué hizo para que las conjuras ajenas tuvieran terreno fértil donde arraigarse?" Esas preguntas, comprendió al cerrar la puerta del cuarto, no cierran el debate ni la polémica. Lo abren y no hacen reflexionar sobre la realidad con la objetividad de quien también puede equivocarse. Y en esa apertura, por primera vez, el cazador dejó de serlo para convertirse en alguien que, sin dejar de denunciar, comenzaba a preguntarse si él también, como los necios que señalaba, había estado mirando el mundo desde una celda de espejos