La Tormenta Perfecta: Cuando los problemas se juntan y parece que hemos entrado en la noche oscura
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"Los problemas son, bendiciones disfrazadas" (Anónimo)
Por: Mauricio G. Pareja Bayter
Director Maestría en Espiritualidad — UNIMINUTO https://share.google/ibl5RtQOqA4vhgI7
Hay temporadas en las que la vida parece ponerse de acuerdo para complicarse.
No aparece un problema, sino cinco. Cuando apenas intentamos resolver uno, surge otro. Una dificultad económica coincide con un conflicto familiar; una enfermedad llega cuando ya estamos agotados; una decepción aparece precisamente cuando necesitábamos una buena noticia; una oración parece no ser escuchada justo cuando más necesitábamos sentir a Dios cerca.
Es lo que podríamos llamar la tormenta perfecta.
Y entonces uno se pregunta:
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¿Qué está pasando?
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¿Por qué todo al mismo tiempo?
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¿Dónde está Dios?
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¿Estoy haciendo algo mal?
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¿Esto es una prueba, una crisis, una tentación, un combate espiritual o la famosa “noche oscura”?
Comencemos por algo importante: no todo lo malo que ocurre es un castigo de Dios, no toda dificultad viene del demonio y no toda crisis espiritual es una noche oscura.
Pero también es cierto que existen momentos en los que nuestra vida exterior y nuestra vida interior parecen entrar simultáneamente en combate. Y esos momentos necesitan algo más que resistencia.
Necesitan discernimiento.
1. ¿QUÉ ES UNA “TORMENTA PERFECTA”?
Una tormenta perfecta ocurre cuando varias dificultades coinciden y nuestra capacidad habitual para afrontarlas comienza a resultar insuficiente.
Mientras tenemos un solo problema, solemos decir: “Yo puedo con esto”.
Cuando aparecen tres, todavía hacemos planes.
Pero cuando se juntan cinco o seis y, además, estamos cansados, comenzamos a experimentar algo diferente: “Ya no sé qué hacer”.
Y aunque esa frase asusta, espiritualmente puede señalar un momento decisivo.
Porque una parte importante de nuestro crecimiento comienza cuando descubrimos la diferencia entre: “Yo puedo con todo” y “No puedo con todo, pero no estoy solo”.
La Biblia está llena de personas que llegaron precisamente hasta allí.
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Moisés llegó a decir: «Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo» (Nm 11,14).
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Elías, agotado y perseguido, se sentó debajo de una retama y exclamó: «¡Basta ya, Señor!» (1 Re 19,4).
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Job perdió bienes, hijos, salud y tranquilidad, hasta llegar a preguntarse por el sentido mismo de su existencia.
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Los discípulos quedaron atrapados en medio de una tormenta mientras Jesús dormía: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38).
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Incluso Jesús, en Getsemaní, expresó el peso de la angustia: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mc 14,34).
Por tanto, sentirse desbordado no significa necesariamente haber perdido la fe.
Hay momentos en los que la fe no consiste en sentirse fuerte.
Consiste simplemente en permanecer.
2. CUANDO DIOS PARECE DORMIR EN LA BARCA
La escena de Marcos 4,35-41 constituye una extraordinaria representación del combate espiritual. Hay una barca, unos discípulos, una misión y una tormenta. Y Jesús está allí.
El problema es que parece dormir.
Esta es quizá una de las experiencias espirituales más desconcertantes: no solamente tener problemas, sino atravesarlos sin experimentar claramente la presencia de Dios. Oramos y nada cambia; pedimos una señal y no aparece; esperamos una respuesta y solamente encontramos silencio. Entonces surge inevitablemente la pregunta de los discípulos: «¿No te importa?»
Pero hay un detalle fundamental que puede pasar inadvertido cuando concentramos toda nuestra atención en la tormenta: Jesús parece dormir, pero está en la barca.
El silencio de Dios no significa necesariamente ausencia de Dios. Que Dios no responda de la manera que esperamos, en el momento que deseamos o mediante las señales que quisiéramos recibir no significa que haya dejado de acompañarnos. A veces confundimos su silencio con abandono simplemente porque todavía no comprendemos su manera de estar presente.
De aquí surge una de las primeras reglas para atravesar una crisis espiritual: no interpretes demasiado rápido el silencio de Dios.
Porque que no entiendas lo que Dios está haciendo no significa que Dios no esté haciendo nada.
3. ¿ESTOY EN UNA NOCHE OSCURA?
Aquí necesitamos precisión. La expresión «noche oscura» procede especialmente de san Juan de la Cruz y, en su pensamiento, la noche no significa simplemente «estar pasando por problemas». Perder el empleo, atravesar una enfermedad, vivir una separación, afrontar una crisis económica o sufrir una decepción no constituyen automáticamente una noche oscura.
La noche espiritual describe un proceso mucho más profundo: Dios va purificando nuestra manera de relacionarnos con Él, con nosotros mismos y con aquello en lo que habíamos depositado nuestra seguridad. San Juan de la Cruz lo expresa mediante una de sus conocidas paradojas: «Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada». No está invitando a despreciar la vida ni a renunciar a aquello que amamos, sino describiendo un proceso de desapego interior.
Hay momentos en los que Dios no necesariamente elimina aquello que amamos, pero sí transforma nuestra manera de aferrarnos a ello. Y entonces la noche comienza a enfrentarnos con preguntas incómodas pero necesarias: ¿creo en Dios solamente cuando siento a Dios?, ¿confío únicamente cuando las cosas salen como esperaba?, ¿mi paz depende de Dios o de que todo permanezca bajo mi control?, ¿amo verdaderamente a Dios o amo principalmente aquello que espero recibir de Él?
Estas preguntas muestran que la noche no solamente pone a prueba nuestra capacidad para soportar el sufrimiento; pone al descubierto dónde habíamos colocado realmente nuestra seguridad. Y precisamente cuando comenzamos a descubrirlo, puede empezar una transformación más profunda de nuestra manera de creer, esperar y amar.
Aquí comienza la purificación.
4. CRISIS, TENTACIÓN Y COMBATE ESPIRITUAL NO SON LO MISMO
Cuando estamos sufriendo podemos cometer un error peligroso: meterlo todo en la misma bolsa. Una dificultad aparece y enseguida pensamos que estamos atravesando una prueba; si se prolonga, hablamos de tentación; si aumenta, pensamos en combate espiritual; y si además dejamos de sentir a Dios, concluimos que hemos entrado en una noche oscura. Pero no necesariamente es así. Conviene distinguir para poder discernir.
Una crisis aparece cuando nuestras maneras habituales de comprender o afrontar la vida ya no resultan suficientes. Una tentación surge cuando somos atraídos hacia algo que puede alejarnos del bien, de Dios, de los demás o de nuestra verdadera vocación. El combate espiritual es la lucha interior que libramos para permanecer orientados hacia Dios y hacia el bien en medio de esas fuerzas. Y la noche espiritual, en un sentido más estricto, puede constituir un proceso de purificación mediante el cual nuestra fe deja progresivamente de depender de los consuelos y aprende a sostenerse en una confianza más desnuda.
Distinguir estas experiencias es importante porque no se afrontan exactamente de la misma manera. Una crisis necesita ser comprendida; una tentación, discernida y resistida; el combate espiritual, librado; y la noche espiritual, atravesada con paciencia, fidelidad y confianza.
San Pablo utiliza precisamente la imagen de una armadura para hablar del combate: «Revístanse de las armas de Dios» (Ef 6,11). Y cuando explica en qué consiste esa armadura menciona la verdad, la justicia, la fe, la salvación, la Palabra de Dios y la oración. La imagen es significativa porque Pablo no propone negar el conflicto ni comportarnos como si nada estuviera ocurriendo.
No dice: «Finjan que no pasa nada».
Dice algo mucho más realista: «Ármense espiritualmente».
5. PRIMERA REGLA: NO TOMES GRANDES DECISIONES EN MEDIO DE LA TORMENTA
Cuando estamos profundamente alterados aparece una urgencia casi irresistible por solucionar nuestra vida inmediatamente. Queremos renunciar, romper, salir corriendo, abandonar, responder impulsivamente o tomar una decisión definitiva que termine cuanto antes con la incertidumbre. En esos momentos, cualquier decisión parece preferible a continuar soportando el malestar de no saber qué va a ocurrir.
Pero una de las grandes intuiciones de san Ignacio de Loyola apunta precisamente en la dirección contraria. En sus Ejercicios espirituales enseña que en tiempo de desolación no debemos hacer mudanza, es decir, que cuando estamos interiormente confundidos, agitados o desolados no conviene modificar precipitadamente las decisiones fundamentales que tomamos cuando veíamos con mayor claridad.
Esto no significa que nunca debamos cambiar una decisión ni que tengamos que permanecer en situaciones dañinas. Significa algo mucho más sencillo y sabio: no convertir una emoción intensa y transitoria en una decisión definitiva. La tormenta modifica nuestra percepción; por eso, antes de decidir, necesitamos recuperar suficiente serenidad para distinguir entre aquello que realmente necesita cambiar y aquello de lo que simplemente queremos escapar porque en este momento nos duele.
Dicho en lenguaje sencillo: si estás en medio de una tormenta, no destruyas la barca porque está lloviendo.
Primero recupera serenidad, después discierne y solamente entonces decide.
6. SEGUNDA REGLA: PONLE NOMBRE A LO QUE ESTÁ PASANDO
Cuando todos los problemas se mezclan, producen fácilmente la sensación de que todo está mal. Pero probablemente no todo está mal. Quizá tienes un problema económico, otro familiar, una preocupación laboral, una dificultad espiritual y, además, mucho cansancio acumulado.
Son cinco problemas. No son toda tu vida.
Aquí comienza el discernimiento. En lugar de permitir que el miedo mezcle lo que realmente está ocurriendo con todo aquello que podría llegar a ocurrir, necesitamos separar la realidad de nuestras anticipaciones. Por eso, la pregunta fundamental no es «¿qué temo que ocurra?», ni tampoco «¿qué imagino que podría ocurrir?», sino una mucho más concreta: «¿qué está ocurriendo realmente ahora?»
Jesús lo expresó de una manera extraordinariamente sencilla: «A cada día le basta su propio afán» (Mt 6,34). La ansiedad hace exactamente lo contrario: junta en un solo instante los problemas de ayer, las dificultades reales de hoy y todos los problemas imaginarios de mañana. Así terminamos intentando resolver simultáneamente situaciones que ya pasaron, circunstancias que efectivamente debemos afrontar y escenarios futuros que quizá nunca sucedan.
La sabiduría espiritual vuelve al presente. No niega el pasado ni deja de prepararse responsablemente para el futuro, pero se niega a vivir hoy todos los sufrimientos posibles de mañana.
Por eso, cuando sientas que «todo está mal», vuelve a una pregunta mucho más pequeña, concreta y manejable: ¿qué tengo que afrontar hoy?
7. TERCERA REGLA: DISTINGUE ENTRE LO QUE PUEDES CAMBIAR Y LO QUE DEBES ENTREGAR
Una buena espiritualidad nunca sustituye la responsabilidad. Confiar en Dios no significa dejar de hacer aquello que nos corresponde hacer. Si tienes una deuda, necesitas oración, pero probablemente también necesitas sentarte a hacer cuentas; si existe un conflicto matrimonial, necesitas pedir luz al Espíritu Santo, pero seguramente también tendrás que conversar; si estás enfermo, puedes pedir sanación y, al mismo tiempo, consultar al médico; y si cometiste un error, además de pedir perdón a Dios tendrás que reconocer tu responsabilidad y reparar, en la medida de lo posible, aquello que dañaste.
La espiritualidad cristiana no consiste en pedirle a Dios que haga aquello que nos corresponde hacer a nosotros. Tampoco consiste en creer que todo depende exclusivamente de nuestras fuerzas. Entre ambos extremos existe una forma profundamente cristiana de relacionar responsabilidad y confianza: hacer responsable y conscientemente aquello que podemos hacer y aprender a entregar aquello que escapa de nuestras posibilidades.
San Ignacio expresa esta espiritualidad profundamente activa mediante la invitación a buscar y hallar a Dios en todas las cosas. Dios no se encuentra solamente cuando cerramos los ojos para orar; también puede ser encontrado cuando abrimos los ojos para reconocer la realidad, asumir nuestras responsabilidades y hacer lo que corresponde.
Por eso, ante cada problema conviene formular tres preguntas: ¿qué depende de mí?, ¿qué depende de otros?, ¿qué ya no depende de nadie y necesito entregar a Dios? Confundir estas tres dimensiones produce mucho sufrimiento: algunas veces intentamos controlar aquello que no depende de nosotros y, otras, entregamos piadosamente a Dios aquello que Él está esperando que nosotros afrontemos responsablemente.
La sabiduría espiritual consiste también en saber cuándo actuar, cuándo esperar y cuándo entregar.
8. CUARTA REGLA: NO CONFUNDAS A DIOS CON TUS EMOCIONES
Este punto es decisivo: sentir a Dios no es lo mismo que tener a Dios. Puedes experimentar una enorme paz durante la oración y, al día siguiente, no sentir absolutamente nada. Eso no significa que Dios haya desaparecido durante la noche. Dios sigue siendo Dios; lo que cambió fue tu experiencia de Él.
Santa Teresa de Jesús conoció profundamente estas oscilaciones de la vida espiritual y condensó su confianza en unas palabras memorables: «Nada te turbe, nada te espante». La expresión no significa «no sientas miedo», como si la vida espiritual consistiera en dejar de experimentar emociones difíciles. Significa algo mucho más profundo: «no conviertas el miedo en tu señor».
Las emociones son reales y necesitan ser reconocidas, escuchadas y comprendidas, pero no tienen por qué gobernar nuestras decisiones ni determinar nuestra relación con Dios. Puedes sentir miedo y continuar caminando, experimentar tristeza y continuar amando, vivir incertidumbre y continuar creyendo. Incluso puedes atravesar momentos en los que no experimentas sensiblemente la presencia de Dios y, sin embargo, continuar buscándolo.
Ahí aparece una forma más madura de la vida espiritual: creer sin necesitar sentir siempre, amar sin experimentar siempre consuelo y permanecer incluso cuando las emociones ya no sostienen el camino.
Eso se llama fidelidad.
9. QUINTA REGLA: DESCUBRE POR DÓNDE ESTÁ ENTRANDO EL ENEMIGO
El combate espiritual suele aprovechar nuestras zonas vulnerables. San Ignacio utiliza una imagen especialmente gráfica: el enemigo observa nuestras defensas y busca precisamente el lugar por donde somos más débiles. Esto significa que no todos somos tentados de la misma manera ni en los mismos momentos; aquello que para una persona resulta relativamente fácil de afrontar puede convertirse para otra en el punto por donde comienza a desestabilizarse interiormente.
Por eso conviene preguntarse con sinceridad: ¿por dónde estoy siendo atacado interiormente? Quizá sea por el miedo, la desesperanza, la ira, el resentimiento, el orgullo, la necesidad de control o ese pensamiento repetitivo que insiste en decirnos que «todo va a terminar mal». Reconocer nuestra vulnerabilidad no significa rendirnos ante ella; significa descubrir el lugar que necesita mayor vigilancia, oración y discernimiento.
Aquí conviene recordar algo elemental: no todo pensamiento que aparece en tu cabeza merece ser creído. Pensar algo no significa que sea verdad; sentir algo con mucha intensidad tampoco demuestra que corresponda a la realidad. Una parte fundamental del combate espiritual consiste precisamente en aprender a distinguir entre aquello que aparece dentro de nosotros y aquello a lo que decidimos conceder nuestra confianza.
Jesús mismo experimentó la tentación en el desierto (Mt 4,1-11). Escuchó aquello que se le proponía, discernió hacia dónde pretendía conducirlo, lo confrontó con la Palabra y no obedeció. La tentación apareció, pero no se convirtió en decisión.
Ese es también nuestro aprendizaje: no podemos impedir que todos los pensamientos llamen a nuestra puerta, pero sí podemos discernir cuáles dejamos entrar, cuáles alimentamos y cuáles decidimos no obedecer.
10. SEXTA REGLA: CUANDO NO PUEDAS ORAR MUCHO, ORA PEQUEÑO
Durante una crisis podemos perder incluso las ganas de rezar. Estamos cansados, preocupados o interiormente confundidos y aquello que normalmente nos ayudaba a encontrarnos con Dios parece volverse difícil. Entonces puede aparecer una culpa adicional: «Además de todos mis problemas, estoy rezando mal».
No necesitas añadir esa carga.
La oración no se mide solamente por su duración, por la concentración que logremos mantener ni por las emociones que experimentemos mientras rezamos. Algunas veces podremos permanecer una hora en oración; otras veces apenas tendremos fuerzas para diez minutos, cinco o quizá solamente para pronunciar unas pocas palabras. Cuando no puedas orar mucho, ora pequeño. Y cuando ni siquiera encuentres palabras, basta con presentarte delante de Dios y decir: «Señor, aquí estoy».
Y quédate.
El publicano del Evangelio no necesitó construir una oración complicada; simplemente dijo: «¡Oh Dios!, ten compasión de mí» (Lc 18,13). Pedro, mientras se hundía en el agua, hizo una oración todavía más breve: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). En ambos casos, la fuerza de la oración no estaba en su extensión, sino en la verdad con la que nacía de una persona necesitada de Dios.
Por eso, cuando atravieses una crisis, no conviertas también la oración en una exigencia que debas cumplir perfectamente. Hay momentos en los que rezar no consiste en decir muchas cosas, sino simplemente en permanecer delante de Dios tal como estamos.
Pedro necesitó apenas tres palabras.
Y fueron oración suficiente.
11. SÉPTIMA REGLA: NO RECORRAS SOLO LA NOCHE
Las crisis tienen una característica peligrosa: nos aíslan. Comenzamos a pensar que nadie comprenderá lo que estamos viviendo y, poco a poco, dejamos de hablar, nos encerramos y empezamos a recorrer solos aquello que ya era difícil recorrer acompañados. Entonces puede ocurrir algo todavía más peligroso: dentro de ese silencio, nuestros propios pensamientos comienzan a parecernos verdades absolutas.
Por eso la tradición cristiana ha insistido siempre en la importancia del acompañamiento. Necesitamos personas capaces de escucharnos sin juzgarnos, pero también sin apropiarse de nuestra vida; personas que puedan caminar a nuestro lado sin pretender caminar por nosotros. Puede ser un director espiritual, un sacerdote, una religiosa, un maestro de vida espiritual, un amigo sabio o alguien de nuestra comunidad en quien podamos confiar.
Y cuando la situación lo requiere, también puede ser necesario acudir a un psicólogo, un médico u otro profesional competente. Buscar ayuda profesional no significa tener poca fe. La ayuda espiritual y la ayuda profesional no tienen por qué competir entre sí; pueden responder a dimensiones diferentes de una misma persona que necesita ser cuidada integralmente.
Algunas noches son demasiado largas para recorrerlas solos. Dejarse acompañar puede ser precisamente una manera responsable y humilde de cuidar la vida que Dios nos ha confiado.
12. OCTAVA REGLA: RECUERDA LO QUE DIOS YA HA HECHO
Cuando llega la tormenta podemos sufrir una especie de amnesia espiritual. El problema presente ocupa todo nuestro campo de visión y comenzamos a sentir que siempre hemos estado así, que nunca hemos atravesado algo semejante y que quizá nunca lograremos salir.
La Biblia combate esa amnesia mediante una palabra fundamental: memoria. Israel recuerda Egipto, el mar, el desierto, el maná y la alianza. No recuerda porque quiera vivir atrapado en el pasado, sino porque necesita mirar hacia atrás para reconocer cómo Dios ha actuado y encontrar desde allí fuerzas para continuar caminando hacia adelante. El salmista hace precisamente este movimiento cuando, en medio de la angustia, decide decir: «Recuerdo las hazañas del Señor» (Sal 77,12).
Haz tú lo mismo. Cuando la dificultad presente parezca ocuparlo todo, pregúntate: ¿de qué situaciones difíciles he salido anteriormente?, ¿quiénes aparecieron entonces en mi camino?, ¿qué aprendí?, ¿dónde descubrí después una presencia de Dios que, mientras sufría, todavía no podía reconocer?
Recordar no significa idealizar el pasado ni suponer que porque Dios actuó de una manera anteriormente volverá a hacerlo exactamente igual. Significa recuperar una verdad que la angustia puede hacernos olvidar: la historia de nuestra vida es más grande que el problema que estamos viviendo ahora.
La memoria espiritual nos recuerda algo fundamental: esta no es la primera tormenta que has atravesado.
13. NOVENA REGLA: NO PREGUNTES SOLAMENTE «¿POR QUÉ?», PREGUNTA TAMBIÉN «¿PARA QUÉ?»
El «¿por qué?» es una pregunta legítima. Job preguntó, los salmos preguntan y Jesús mismo, desde la cruz, oró con las palabras del Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). La fe cristiana no prohíbe preguntar ni exige que comprendamos inmediatamente aquello que nos duele.
Pero puede llegar un momento en el que, junto al «¿por qué?», aparezca una segunda pregunta: ¿qué puede nacer de esto? No porque todo sufrimiento esconda necesariamente una explicación que debamos descubrir, ni porque Dios provoque nuestras desgracias para enseñarnos una lección, sino porque incluso aquello que nos hiere puede convertirse, por la gracia, en lugar de transformación.
Por eso preguntar «¿para qué?» no significa justificar el mal. Significa preguntarnos qué podemos hacer con aquello que ya ocurrió, qué necesitamos aprender, qué debe cambiar, qué necesita ser sanado y qué nueva manera de vivir puede comenzar a gestarse a partir de una experiencia que jamás habríamos elegido.
San Pablo expresa esta confianza cuando afirma que «todo coopera para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). La afirmación necesita ser comprendida cuidadosamente: Pablo no dice que todo sea bueno. Hay pérdidas, injusticias, enfermedades, traiciones y sufrimientos que siguen siendo dolorosos y que nunca necesitamos llamar «buenos» para poder creer.
Dice algo diferente y mucho más esperanzador: Dios puede trabajar incluso con aquello que no lo es.
14. DÉCIMA REGLA: ESPERA EL AMANECER
Esta quizá sea la regla más difícil: esperar. Cuando atravesamos una noche queremos que Dios encienda inmediatamente el sol, resuelva el problema, responda nuestras preguntas y nos permita comprender por qué tuvimos que pasar por aquello. Pero algunos procesos espirituales no funcionan así. Hay noches en las que primero necesitamos aprender a caminar antes de que llegue el amanecer.
San Juan de la Cruz lo expresó magistralmente en su Noche oscura: «Sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía». La imagen es extraordinaria porque la noche exterior todavía continúa, pero en medio de ella comienza a aparecer otra clase de luz. No es todavía el sol que permite contemplar todo el camino; es apenas una luz interior suficiente para continuar avanzando.
Entonces comenzamos a comprender algo profundamente espiritual: quizá el milagro no consista solamente en que termine la tormenta. Algunas veces el milagro será que cambien las circunstancias; otras, que aparezca una solución que no habíamos imaginado. Pero también puede ocurrir algo más silencioso: que mientras esperamos, oramos, discernimos, pedimos ayuda, aprendemos a soltar y continuamos caminando, nosotros mismos vayamos siendo transformados.
La tormenta puede terminar y dejarnos exactamente como estábamos. Pero también puede convertirse en un lugar de aprendizaje, purificación, maduración y encuentro con Dios.
Y entonces, cuando finalmente comienza a amanecer, descubrimos algo que no podíamos comprender mientras caminábamos en la oscuridad: no solamente hemos atravesado la noche; la noche también ha pasado por nosotros.
Y quizá el signo más profundo de que comienza a amanecer sea descubrir que ya no somos los mismos que entramos en ella.
EL CAMINO ESPIRITUAL, PASO A PASO
Si ahora mismo estás atravesando una tormenta perfecta, no intentes resolver toda tu vida esta noche. Cuando estamos desbordados, la pretensión de encontrar una solución para todo puede convertirse en un problema adicional. Haz algo más sencillo: concéntrate solamente en el próximo paso.
Paso 1. Detente. No actúes impulsivamente ni intentes escapar inmediatamente de aquello que estás sintiendo. Antes de hacer algo que después pueda resultar difícil revertir, detente.
Paso 2. Respira y vuelve al presente. No necesitas vivir hoy todos los problemas posibles de mañana. Hoy solamente tienes que vivir hoy.
Paso 3. Pon nombre a cada problema. No digas simplemente «todo está mal». Identifica qué está mal, porque cuando un problema recibe un nombre deja de confundirse con la totalidad de tu vida.
Paso 4. Ordena. No todo tiene la misma gravedad ni necesita resolverse al mismo tiempo. Distingue entre aquello que es urgente, aquello que es importante y aquello que puede esperar.
Paso 5. Discierne. Pregúntate qué depende de ti, qué depende de otras personas y qué ya no puedes controlar y necesitas entregar a Dios. No intentes controlar lo que debes entregar ni entregues a Dios aquello que te corresponde asumir responsablemente.
Paso 6. Ora. No necesitas encontrar palabras extraordinarias. Si no puedes decir mucho, basta con comenzar: «Señor, aquí estoy». Algunas veces presentarnos delante de Dios tal como estamos ya constituye una verdadera oración.
Paso 7. Busca la Palabra. No busques solamente textos que confirmen aquello que deseas escuchar. Permite también que la Escritura te cuestione, te ilumine, te consuele y te ayude a discernir lo que estás viviendo.
Paso 8. Déjate acompañar. Habla con alguien capaz de escucharte y ayudarte a mirar aquello que quizá ya no consigues ver con claridad. No conviertas la soledad en una prueba innecesaria de fortaleza.
Paso 9. No tomes decisiones definitivas desde una emoción transitoria. Lo que sientes ahora es real y merece ser escuchado, pero no necesariamente tiene que convertirse inmediatamente en una decisión.
Paso 10. Haz hoy el pequeño bien que sí puedes hacer. Quizá no puedas resolver toda la situación, pero probablemente puedas hacer algo: llamar a alguien, pedir perdón, organizar una cuenta, acudir a una cita, terminar una tarea, descansar, rezar o simplemente tratar con bondad a la persona que tienes delante. Cuando no puedas cambiarlo todo, haz el pequeño bien que todavía está en tus manos.
Paso 11. Revisa al final del día dónde apareció Dios. Tal vez lo encuentres en una persona, una conversación, una idea, una fuerza inesperada, una puerta que se abrió o simplemente en el hecho de haber podido llegar hasta la noche. Algunas presencias de Dios solamente se reconocen cuando volvemos sobre lo vivido.
Paso 12. Mañana vuelve a comenzar. No necesitas haber solucionado hoy toda tu vida para considerar que has avanzado. Algunas veces avanzar significa simplemente haber dado el paso que correspondía a este día.
Eso también es vida espiritual.
CUANDO LLEGUE LA NOCHE, RECUERDA ESTO
No toda tormenta significa que has tomado el camino equivocado. Los discípulos entraron en la tormenta después de obedecer a Jesús. Tampoco todo silencio significa abandono: Jesús dormía, pero permanecía en la barca. Y no toda oscuridad significa ausencia de Dios; algunas veces nuestros ojos necesitan tiempo para aprender a reconocer una presencia diferente.
Recuerda también que no todo pensamiento merece convertirse en verdad, no toda emoción necesita transformarse en decisión y no todo problema tiene que resolverse hoy. No necesitas comprender completamente el camino para poder dar el siguiente paso.
Y, sobre todo, recuerda esto: la noche no tiene la última palabra.
El cristianismo está construido alrededor de una certeza sorprendente: después de Getsemaní vino la cruz, después de la cruz vino el silencio y después del silencio llegó la madrugada. Y en aquella madrugada unas mujeres caminaron hacia un sepulcro pensando que iban a encontrarse con la muerte.
Encontraron una piedra removida.
Por eso, cuando llegue tu propia tormenta perfecta, quizá la oración más sabia no sea: «Señor, explícame ahora mismo todo lo que está ocurriendo». Quizá no necesites comprenderlo todo para continuar caminando. Tal vez baste con decir:
«Señor, no entiendo esta noche. No sé cuánto durará ni sé todavía qué tengo que aprender de ella. Pero sé que estás en la barca. Muéstrame solamente el próximo paso y dame la gracia para darlo».
Porque algunas veces la fe no consiste en recibir un mapa que nos permita contemplar anticipadamente todo el camino. Consiste en confiar cuando todavía no vemos el amanecer y recibir de Dios luz suficiente para el siguiente paso.
Y caminar.
ORACIÓN DE LA SABIDURÍA (Anónimo)
"Señor, concédeme
SERENIDAD para aceptar las cosas que no puedo cambiar.
VALOR para cambiar aquellas que puedo.
SABIDURÍA para reconocer la diferencia.
Amén"