La Odisea escenifica a Dios hijo en la Tierra
Por René Arrieta Pérez.
Para contar y explicar esta revelación, debo referenciar una grave situación que sucedió en el orden divino, antes, incluso, de que existiera el hombre (la humanidad) como tal.
Debo decir que este texto es un poco extenso, pero vale la pena. Quizá sea el artículo más importante de todos los artículos que he entregado sobre el fin de los tiempos, porque de una u otra forma, en medio de todos los males que asedian al ser humano (después de abierta la Caja de Pandora) aquí está la esperanza, en ejemplificación, en itinerario, en prueba, en directrices, y en la vuelta al origen, el nostos de la humanidad. Pues, Dios se hace hombre y sufre, padece desprecio, odio, inquina, entre muchos males, para indicar como se arriba a puerto. En esta revelación se dramatiza realmente lo que Dios hizo anunciar por Homero en La Odisea. El mito es un compendio de altísima y densa sabiduría; empero, muchas veces distorsionado.
Bien, inicio con lo que acaeció después de muchos años de la creación, perpetrado por un miembro de la jerarquía angélica y que arrastró consigo una legión de ángeles. La jerarquía divina está conformada por la Trinidad (Dios-Padre, la Virgen María Madre o Espíritu Santo y el Hijo (condición de Dios mismo como hijo de María, el Unigénito, y, por supuesto, de sus hijos, sus siete hijos). Luego, en la jerarquía divina están los maestros de su corte –sabios ancianos–, la jerarquía de los ángeles: serafines, querubines, tronos, dominaciones, potestades, virtudes, principados, arcángeles y ángeles, y, luego, las civilizaciones que habitan el universo y el hombre.
En el cielo se formó una conjura de usurpadores –los ángeles caídos– cuyo líder fue Lucifer, quien ya caído, en la tierra, como escritor, cuenta su historia. Es Milton. Actualmente está reencarnado en Putin. Ya conté esa historia en un artículo. Y ad portas del fin de los tiempos, ha desatado la guerra con la ocupación de Rusia en Ucrania. Esa guerra sopló como corriente magnética negativa y encendió la guerra en Oriente Medio. De modo que la humanidad no tendrá más momentos de sosiego y paz, estará en guerra hasta el final de los tiempos.
El universo es un ocho acostado. El reino de Dios y de sus 7 hijos está en la parte derecha, y en la izquierda está Sanat, su hermano, extensión de Sí que imaginó y creó para establecer un enlace cuántico y mantener su orientación en el absoluto espacio. Sanat, tiene 7 hijas, conocidas como las pléyades.
Además de la conjura y la guerra en el cielo por los ángeles rebeldes, hubo desobediencia y rebelión por parte de dos de las pléyades: Lilith, y Táigete, la hermana alcahuete. Las dos están caídas. Lilith paga condena amarrada a un poste en una luna de Saturno -Encédalo-, y Táigete, está en la tierra, y ahora es una profesora, es una artista en retiro. Lilith, así también, es la serpiente que seduce a la humanidad, que por desobedecer se cae también (Adam y Eva).
Por la arrogancia, los celos, la envidia, la codicia, entre otros muchos vicios, se efectuó esa rebelión. Mi Padre ya sabía que iba a suceder, María, su Madre, desde el inicio de su creación se lo dijo: “te fallará tu creación”. No quedaba otra situación que esperar los acontecimientos, castigar, exiliar y someter a prueba para depurar. Esa es la razón del fin de los tiempos.
Mi Padre, en esta revelación me interpela nuevamente para que le cuente a todos su historia, su periplo en la tierra.
Revelación. 3 de agosto de 2026
Me observo en medio de una masa inmensa de personas, ruido, movimientos de una ciudad, con enfrentamiento de bandos, –muy caótica–. En otra escena, aparezco rodeado de cojines en los asientos de un tren, lo que representa un aparte de mi vida, mi viaje y estancia en Europa, en cierto modo placentera, y en la que he disfrutado de lo poco que me ha dado compañía, placer, satisfacción (los estudios y los libros).
Estoy como un mendigo, con la apariencia de un pordiosero. Solamente tengo puesto un pantalón corto, sin camisa y sin calzado. En mi cuerpo, especialmente en mi rostro, están los signos del desarrapado, de una profunda orfandad. Luzco un cabello ondulado y desaliñado.
Hay tres o cuatro mujeres, entre ellas, Dilcia, una amiga venezolana que vive en España. Funge como compañera de un viaje. Quiero hablarle justamente de las peripecias y significado de un viaje largo, en el que solo tengo como compañía la poesía. En este momento me acompañan ellas. En los asientos están dispuestos algunos bolsos femeninos. Una de las pasajeras recoge los bolsos, los apila a un lado, me dice que me siente. Lo hago. Y le dice a otra: “siéntate ahí a su lado”. Ella se sienta. Termina el trayecto del viaje. Acaba esa escena. De modo que el escenario ahora es una ciudad y estoy con una sensación de confusión, pero camino. Escucho en mi interior que me dicen: “las cosas se pierden, pero igual, hay un flujo de sabiduría que orienta, y los objetos, las cosas, las personas, aparecen en el sitio, en la ciudad en la que deben estar”. Como señalando que todo debe estar en el lugar que corresponde, lo que indica igualmente mi presencia en la Tierra, y mi vuelta de España a Colombia. De hecho, al caminar perdido en medio de la ciudad recobra sentido el mensaje, porque comienzo a sentirme orientado. Llego a un lugar conocido, aun sin sitio fijo donde estar, sin casa o posesión alguna que brinde refugio.
Me percato que estoy en Cartagena, porque después de un trayecto caminado, y sin reconocimiento alguno del entorno, llego al sector de María Auxiliadora. Miro la iglesia, la Avenida Pedro de Heredia, el CAI, la Avenida El Consulado, veo gente. Para mí es un lugar conocido. Viví cerca, y allí vivieron amigos. Estuve viviendo en el sector mucho tiempo. De eso hacen muchos años. Ahora, me siento extraviado, sin punto señalado al que llegar. Sin embargo, sigo andando y dirijo mis pasos por la Avenida El Consulado. Camino un largo trecho. Llego a la altura del barrio Paraguay. Me dirijo hacia un paraje alto. Ya en ese lugar, una mujer me orienta. Camina conmigo, me conduce y me lleva a un sitio al que, de alguna rara y deseada manera, quería llegar, percibo que allí hay algo mío y que he estado buscando. Ese paraje que antes me fue muy familiar y en el que dejé lo que me pertenece, lo siento como un lugar extraño, pero estoy ahí. Entonces la mujer me dice: “Aquí vas a encontrar lo que buscabas”. Sigo caminando hasta llegar justo al lugar donde me está esperando un perro, mi perro, que, al recibirme, contento mueve su cola. La mujer es María, la Virgen María. Ella pone sus manos sobre mi hombro, y me dice: “allí está tu cartera, el perro te la ha cuidado”. Tomo la cartera y encuentro que está llena de billetes, muy colmada. El grosor aproximado del fajo es de unos 2,5 cm, son de la más alta denominación, billetes de 100 mil pesos colombianos. Lloro desconsoladamente, con sentimiento y con la alegría de que encontré lo que había perdido, y que, por obra y gracia de Dios, estuvo en custodia del perro. De hinojos, con la cartera en mis manos, María desliza su mano derecha sobre mi cabeza, consolándome. El perro sigue a mi lado y mueve su cola.
Significación y análisis
En esta revelación se escenifica y representa mi andadura en la Tierra como René Arrieta. Debo precisar que mi presencia en la humanidad se cifra en varias reencarnaciones, en distintas épocas, en las que he venido a fungir como testigo de Dios ante los seres humanos, con el propósito de declarar en el Juicio Final. Las enunciaré en su orden. Tres encarnaciones en el Paraíso (Luna, Runa y Leo). Las restantes en el periodo del exilio del hombre del Paraíso (Mitra, llamado el Sol Invicto; Manú, quien entrega las leyes a India; sultán guerrero en Birmania, quien preservó el reino del ataque de los mongoles; Rey Jehú, referenciado en la Biblia, quien combatió prácticas de magia negra e idolatría en Israel; el filósofo neoplatónico Plotino; René de Anjou, duque de Provenza y luego rey de Nápoles; William Shakespeare, poeta y dramaturgo inglés que trató profundamente en su obra las pasiones humanas; René, un comerciante francés; José Andrés, español enviado a América y dispuesto en trabajo de galeras, prácticamente despellejado, su misión fue comprender el sufrimiento en su sentido extremo; Alfredo, español criollo en América; chamán muisca y poeta en el altiplano cundiboyacense; Albert Einstein, científico alemán, que tuvo como misión explicar los misterios y la mecánica del universo, mi anterior reencarnación.
En la revelación se narra de manera breve un periplo, que sin lugar a duda constituye una odisea. En esto y en todo lo suyo, Dios Padre no da puntada sin dedal, y certeramente lo expresa Don Quijote: “…no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios”. Existe en su universo un mundo de relaciones precisas que de una u otra forma usa para plantear comparaciones, ilustración de casos, establece paralelismos, entre otras muchas situaciones; por consiguiente, para explicar el sentido de la revelación debo acudir a revelaciones anteriores, a indagaciones en los archivos akásicos o en el plano espiritual, a arquetipos literarios, relaciones filológicas, que son clave para la comprensión del significado y los vínculos indisolubles con lo nombrado, al verdadero y profundo significado que contienen los mitos y, asimismo, a la referencia de algunos conceptos teológicos y representaciones cabalísticas, que suelo usar mucho, como los números, para explicar los propósitos del Creador.
Dios, en esta revelación que develo, desarrolla una tácita puesta en escena de un drama. Este consiste en enviar a un hijo –ser de su ser, carne de su carne– sin identidad divina y sin el estatus de su jerarquía, sin posesiones materiales, ni privilegios sociales que otorguen poder, para observar exactamente las reacciones de quienes se cruzan con él, si existe o no empatía (y esto podría ejemplificarse con temas como el de la solidaridad, la observancia o no de leyes y principios, reconocimiento o no por parte de la sociedad de virtudes manifiestas en un individuo, el comportamiento de seres más fuertes frente otros en condiciones de alta vulnerabilidad), y ver en los seres humanos el oportunismo y la rapacidad sin respeto alguno por lo que le pertenece a otro o su integridad física y moral al igual que su dignidad como individuo, etc. En la historia de este periplo se escenifica la alta dignidad del desposeído frete a su entorno. Recuerda un poco esto la historia de El príncipe y el mendigo, de Mark Twain, ¿cierto?
De igual manera, este príncipe-mendigo, en su vida real, a diferencia de otros mendigos no pide nada a nadie, no pide nada para sí. Todo lo que necesita para sus mínimos vitales se los gana con pequeños trabajos, y si no lo consigue, en un acto de altísima dignidad sufre la carestía hasta que quien provee, que es Dios, le concede la gracia de lo mínimo que necesita para subsistir. En los momentos cruciales, alguien llega, enviado por el Padre, y quien les ha puesto ese sentimiento de apoyar. Son personas muy cercanas que, por lo general, ofrecen la ayuda mínima, y muchas de las veces el príncipe-mendigo rechaza. En distintas ocasiones, el Padre enfatiza: ¡Recíbelo! Y lo hago, pues siempre he sido obediente de su palabra, de su mandato. Un poco lo que hizo con Elías, a quien enviaba el cuervo para que lo proveyera.
El Padre siempre está con su compañía espiritual tan cerca de mí, realizando el viaje, resolviendo las pequeñas provisiones.
Para la plena comprensión de la historia debemos tener en cuenta, por una parte, la afirmación bíblica de Jesús: “Mi Padre y yo somos uno”; por otra, la tesis defendida por Atanasio de Alejandría contra Arrio. Atanasio defendía que Jesús era Homousios –de la misma substancia, de la misma esencia, de la misma naturaleza divina de Dios Padre, siendo ambos plenamente Dios–. Tesis que luego toma fuerza en el Primer Concilio de Nicea.
Entre los elementos substanciales en este conocimiento e identidad con Dios están una luz y una certeza de tal hecho que ha estado en mí desde niño; luego, el despertar de conciencia a través de muchos años de meditación y vida espiritual mediante los cuales establecí la relación directa con el Regente Supremo del universo y la más alta jerarquía espiritual (experiencia y hechos revelados en distintos artículos anteriores en este blog); de la misma manera, la asunción de la misión para la cual mi Padre me envió: fungir como uno de los dos testigos del apocalipsis, divulgador de su plan del fin de los tiempos, entre otros encargos.
La certeza se corroboró hace algunos años atrás. Inicialmente, en Alemania, pocos días antes de mi regreso a Colombia, de forma imprevista sacudió el colchón de la cama donde reflexionaba sobre la situación económica que ya empezaba a asfixiarme, con su voz me conminó a retornar, y me dijo: “Tú eres verbo”. Luego, en Cartagena, cuando desperté conciencia totalmente, en una revelación, mi Padre, con su voz profunda y celestial que bajó del cielo hacia mí una noche que dormía, me anunció: “Tú encarnas a Ramiac” y resonó en mí la reverberación de lo dicho. Escena que hizo que me despertara y lo anotara de inmediato en mi libreta de revelaciones.
Posteriormente, una noche en la que estaba en estado de meditación y me encontraba en el plano espiritual, vino a mí mi hermano Krisna y me entregó la palabra clave para invocar a mi Padre. Sin perder tiempo lo invoqué y le pedí que me entregara mi espada flamígera. Inmediatamente me trasladó a su presencia frente al trono, y allí, en medio de los elementales agitados alrededor de su corte, tenía su espada empuñada y me dijo: “Esta es mi espada, tu espada, la que pende sobre la humanidad. Tómala”. Desde entonces se hizo oficial el desempeño de mi misión en la tierra. En distintos artículos he explicado la identidad de Ramiac y su relación con Dios.
Otro punto clarificador son las distintas identidades y relatos que me representan: soy Noé; soy Elías, testigo del apocalipsis; soy Job, quien carga sobre sí la gran prueba y encarna la fe dolida e inquebrantable, y mi número cabalístico es el 8, el puente a la eternidad –soy el nuevo y último sacrificio del Todo Misericordioso por la humanidad–; la constelación de Tauro, que me representa, en la que está plasmada mi propósito, a la que apunta Orión, El Cazador (Dios). Él tratando de preservar a la liebre (la humanidad esquiva) y apunta hacia mí (señalando a quien media el propósito). Explicado en un artículo publicado en este blog [El cazador, la liebre y el río].
De otro lado, en tres revelaciones me mostró que Él era el dueño del condominio, el hotel que representa la Tierra, y yo, su hijo, por lo tanto, dueño y amo también de esa posesión. Por supuesto, ahora deambulo, soy un errante en los predios de mi Padre, como un extraño y un desposeído. No obstante, tal como en el arquetipo implícito en el Príncipe y el mendigo, poseo el anillo que da fe de mi real identidad, y que en dramáticas escenas antes del juicio se hará manifiesta. La cuenta regresiva del Juicio Final la publico todos los años el Jueves Santos –está en 17 años–, es decir, no está muy lejos.
Vayamos a la representación de mi periplo en La Odisea: paralelismos y otros elementos
Uno. En momentos de indagación en la Cuarta Dimensión para la escritura del Primer sello del apocalipsis, hubo contacto con muchos personajes históricos, entre ellos, Virgilio, Dante, Borges, y también estuvo Ulises u Odiseo. Ellos están en el cielo. Lo primero que expresó Odiseo o Ulises al verme, dirigiéndose a mi compañero coautor del tratado fue: “¡jooo!, si él es igual a mí”. Una expresión que me hizo sentir incómodo por la manera en que lo dijo, inmediatamente y sin preámbulo. Pensé entonces que se refería a mi carácter, mi arrojo y valentía que siempre me ha caracterizado, pero que especialmente se manifestó en mi niñez-adolescencia, cuando me peleaba a lo Tom Sawyer con jóvenes de El Carmen o en mis colegios de primaria y bachillerato, cuando conformábamos grupos que se enfrentaban como ejércitos con varas de tamarindo o totumo (por el dominio de sectores del colegio llenos de árboles frutales u otros motivos) y nos sacábamos sangre, y mi actitud al ver sangre en mis brazos o en mi rostro era lanzarme bravíamente contra el adversario. A eso pensé que se refería Odiseo con su comparación. Solo pude entenderla a cabalidad hace unas semanas atrás, inmediatamente desperté tras la revelación y me quedé cerca de una hora buscando comprender en su totalidad todos los elementos que me mostraron y estableciendo todas las relaciones pertinentes. Hasta que, al fin, al ver el paralelismo de mi periplo con la historia de La Odisea, exclamé: “¡claro, La Odisea!, ¡mi odisea!, e inmediatamente recordé a Odiseo estableciendo el paralelismo de su vida con la mía. Así entendí las razones que le asistían para decirme lo que dijo.
Dos. Recién llegado de España, en una revelación Dios me envía un perro labrador.
En una escena en la que me encuentro en un paraje idílico, miro al cielo. Lo veo denso, lleno, cuajado de estrellas. Es un cuadro con una vista majestuosa. De pronto comienza a bajar un bello perro labrador rubio. Lo veo descender lentamente. La sensación es de asombro por algo inusual. No obstante, estoy embebido por una sensación de felicidad, y expectante de la bajada del can. En un momento está a unos metros de altura y viene en dirección hacia mí, y en menos de un parpadeo a escaso medio metro de mi cabeza, enseguida abro mi brazo derecho formando un ángulo recto y lo recibo, lo atraigo hacia mí con inmensa alegría.
Dios me ha enviado un perro, bello, rubio. Desde ese entonces partí de Troya y viajo de regreso a Ítaca. El perro no estuvo conmigo en ese viaje, se quedó en el hogar aguardando mi regreso. Si observan, al final de la revelación en donde se plasma el viaje del príncipe-mendigo, llego a un paraje, una loma y me espera una mujer que me conduce a un punto preciso, en donde el perro ya envejecido sale a mi encuentro. Sí, el perro que me envió mi Padre, Dios, desde el cielo cuajado de estrellas y recibí embebido de felicidad. Ahora me reencuentro con él nuevamente a mi vuelta del viaje, y contento mueve su cola y me saluda regocijado y me muestra mi billetera. Y en este caso María está en el lugar como la tutelar Atenea en La Odisea, y es quien me consuela y desliza su mano derecha en mi cabeza cuando lloro a raudales.
El perro es símbolo de lealtad y fidelidad. Siempre aguardará a su amo hasta que regrese. Allí, en ese momento de la historia, igualmente, está el paralelismo con La Odisea. Argos, el perro estuvo esperando el regreso de Ulises, es quien lo reconoce, ya envejecido, y mueve su cola.
Arquetipos y símbolos de la Odisea, el viaje de regreso
Dios crea al universo y las leyes que preservan su creación. Les advierte a todos los seres creados de la importancia de la obediencia a su palabra y el respeto por las leyes. Aun así, producto de la soberbia, surge entonces la desobediencia, la rebelión y la violación de las leyes que preservan el orden del cosmos; seguidamente el castigo y expulsión al mundo apocalíptico. Pese a la gravedad de los hechos las criaturas de Dios no quedarán del todo abandonadas, contarán con guía y obras de sabiduría para que logren el retorno al reino de donde fueron expulsados. El mismo Dios, duplicado en su hijo, vivirá los rigores de un mundo que viola todos los principios, leyes y mandatos, un mundo que infesta de monstruos su viaje de regreso con el que quiere dar ejemplo de la forma como se logra arribar a puerto. Los monstruos mismos son creaciones de la mente ilusoria y caótica del ser humano. En este viaje, personajes, acciones y lugares tendrán una fuerte carga simbólica, y configuran arquetipos que definen la psique humana.
Y como en el viaje de regreso de Ulises, están en mi viaje por esta vida los mismos elementos que son arquetipos en La Odisea: los lotófagos, el seductor encanto de las sirenas, los lestrigones, la magia de Circe, la acción de los usurpadores, entre muchos otros.
Es Odiseo (el héroe e iniciado, que como hombre vive descuidos y comete también errores, pero es la fuerza y la entereza del ser que se sobrepone a la adversidad) y los hombres que lo acompañan (representan ignorancia, defectos, carga). El viaje es iniciación, prueba, muerte de los defectos, liberación, adquisición de sabiduría.
Lotófagos, seres que consumen la flor de loto, que induce al olvido del propósito del viaje.
El loto, flor singular que crece en medio del fango y se alza pura. Ese debiera ser el hombre, quien debe sobreponerse al fango, a lo material y aspirar al ascenso espiritual para volver a su fuente.
Polifemo. Los hombres que acompañan a Odiseo y él mismo se meten en la cueva de Polifemo, el monstruo devora a muchos de ellos. La cueva es la oscuridad, la oposición a la luz. El ingenio de Odiseo logra cegar al monstruo. En principio prima la sensatez y la sabiduría. Salen de la cueva, se observa la prudencia cuando Odiseo grita que se llama nadie. El secreto es importante, no delata y abriga de los peligros. Entre tanto, el orgullo se sobrepone y surge, Odiseo decide gritar: “Soy Odiseo”. Haber develado su nombre le costará muy caro. Polifemo pide venganza a su padre Poseidón, quien lo vengará con fuerzas adversas. La soberbia, la ilusión en el ser humano destruyen. Hay que estar detrás del velo, no ser visible, para no ser destruido.
Eolo. Es quien ordena el elemental. Hay vientos suaves y benignos, así también huracanados y destructivos. Al héroe se le concede la gracia de los vientos suaves, pero los hombres que acompañan a Odiseo desobedecen, y por curiosidad de saber qué hay en los odres, y por buscar lo que no les ha sido permitido, encuentran la ruina, el naufragio. Poseidón se vale de los errores para vengar a su hijo, Polifemo.
Lestrigones. Son monstruos, y constituyen el principio destructivo, cuantifican pérdidas, quitan lo que sobra, devastan lo material y dejan lo esencial, lo útil. Son causa de sufrimiento en medio del camino, pero aun así se debe seguir.
Circe. La maga, la conocedora de los secretos de la naturaleza, quien altera las leyes de lo sagrado. Ofrece un banquete, propicia la gula, los bajos placeres, convierte a los seres humanos en cerdos. Tiene dominio en el manejo del mal, de la brujería. Este, precisamente es el tema principal del Primer sello del apocalipsis, y lo que causó el desvío en el camino del hombre.
Escila y Caribdis. Representan el peligro en los extremos. Ulises para pasar se centra y evita ser tocado por ellas en medio de esas anfractuosidades, que crean un estrecho en la vía, en el camino. Son fuerzas contra el desafuero, que requiere de la mesura que sitúa a los que van en la senda, el camino o la vía, quienes se encuentran con circunstancias que sitúan entre la espada y la pared. El equilibrio procura el término medio y evita daños.
La isla de las vacas sagradas de Helios (Trinacia, antigua Trinacria –se le asocia con Sicilia– del griego Thrinakie: tres puntas o promontorios. 3 es manifestación, en este caso de lo sagrado, que no se debe tocar). La creación de Dios representada en los animales que acompañan al ser humano en la tierra es sagrada, como lo son otros elementos consagrados a lo divino. Entonces, el hombre los viola y los profana. Los hombres de Odiseo, liderados por Euríloco, rendidos por el hambre atracan en la isla y sacrifican las vacas y se las comen. Estaban advertidos tanto por Circe como por Tiresias. Zeus, en castigo, con su rayo destruye la nave y perecen todos los hombres, excepto Odiseo, quien sobrevive. El nombre de Euríloco, significa ‘el que tiende grandes emboscadas o el de las tropas’. Fue él quien comandó a los hombres para violar la ley y agredir lo sagrado. Se causó daño a sí, a los hombres que dirigió y al mismo Odiseo. Recibió su castigo.
Calipso en Ogigia. Calipso, significa la que oculta, la que esconde. Una ninfa del mar, quien retuvo a Odiseo por siete años y le prometió inmortalidad si se quedaba con ella. Representa el cuidado en la soledad y el anonimato antes de estar listo y preparado, porque de no ser así se corre el riego de que se diluya la gracia, de que usurpen y ataquen lo que nos pertenece. El secreto guarda y preserva. Es la condición que protege del deseo de figurar que asedia y seduce. El precepto: no mostrarse si aún no ha llegado el tiempo. Es Atenea quien consulta con Zeus (María a Dios) y decide el momento en el que Odiseo debe salir, y así lo indica Atenea a Calipso para que libere a Odiseo.
Los Feacios en la isla Esqueria. (Isla relacionada con la actual Corfú). El Rey es Alcinoo, la reina Arete y la princesa Nausícaa. Son los elementos de la asistencia para llegar al destino. Representan la xenia –la hospitalidad, la ayuda, el auxilio, la solidaridad, protección, lo que debe ser, lo que manda la ley–.
Penélope. Simboliza la virtud de la justa espera, el tiempo –el tejer y destejer–, el amor que aguarda. La virtud en el palacio o templo profanado por usurpadores. Penélope es la esposa fiel, la que soporta la prueba del tiempo y de la espera. Es la (humanidad) que se unirá con su amado (Dios) conforme lo presenta en su poesía mística San Juan de la Cruz, Cántico espiritual. Será un matrimonio perfecto, de unión profunda y eterna.
Telémaco. Es el paso a la madurez que otorga la fuerza y la sabiduría, heredero del reino víctima de la usurpación. Quien indaga por su padre y lo busca.
En mi poema “Mientras Penélope tejía”, recreo La Odisea, a escala mínima, en un breve texto de la Plaquette de poesía inédita Rosario de nueve perlas
Mientras Penélope tejía
Mientras Penélope tejía
Odiseo en su aventura
soportaba furiosos asedios y pruebas.
Vio a los lestrigones destrozar sus navíos;
de tumbo en tumbo
arrojado estuvo por las olas
a las arenas de un caro y
desconocido islario;
a sus compañeros vio en las pocilgas
de las piaras;
la maga Circe lo recibió en Eea,
y lo salvó Hermes con sus hierbas,
de hechiceras pociones
y maléfico poder;
en Esqueria estuvo
cansado y poco tiempo;
en extraño procedimiento
visitó el Hades,
para escuchar de Tiresias,
amado de Perséfone,
las coordenadas de regreso
a Ítaca;
Calipso lo retuvo en Ogigia;
junto a los demás marinos,
tuvo que llevar a sus oídos
sus dedos,
para resistir el encanto de las sirenas;
y ya,
cuando su arribo hizo a puerto,
por la gracia de Atenea,
tuvo que meditar
en compañía del divinal Eumeo,
sobre la tensión del arco,
la puntería y velocidad de la flecha,
la sangre y la carnicería,
el final de un tiempo aciago,
y la feliz sonrisa
de Penélope y Telémaco.
Lo profético en la poesía
En un poema de mi primer libro de poesía Salmos del segador de mieses (1999), está incluido un poema titulado “Porque soy de ese cuerpo humillado de Dios”, el cual recoge ese conocimiento de identidad y el sentimiento de dolor, de humillación, de fe dolida, de laceraciones en el cuerpo y en el ser, de la dualidad en la unidad, entre otros aspectos. Seguidamente lo transcribo.
Porque soy de ese cuerpo humillado de Dios
Porque soy de ese cuerpo humillado de Dios
Porque mi fe es dolida y grande
Porque hurgué en mis llagas que son sus
propias llagas
Porque no tributo en los podridos templos
Porque como a pocos me subvirtió otras ganas
Porque, aunque llagados de vida cantamos
Porque ese polvo ignora se ha hecho áspero
y nosotros
suave arcilla
decidimos conocernos
y nos sabemos cosmos
Por eso y por nada se muestran inocentes
y nos acusan culpables
Porque aún les perdonamos su atrevida inocencia
nos desprecian.
Asimismo, lo plasmado en muchos poemas del libro inédito “Con María en el poliedro”, que escribí hace cerca de 30 años se ha venido cumpliendo literalmente como se enuncia.
Algunos arquetipos y paralelismos de la aventura en El príncipe y el mendigo, de Mark Twain
Príncipe Eduardo o noble desarraigado (heredero legítimo). De príncipe pasa a mendigo por un cambio de ropa con Tom Canty. Acontece la pérdida de identidad y del trono. El príncipe en su rol de mendigo sobrevive al mundo. Es botado del palacio y se enfrenta a las vicisitudes, crueldades e injusticias de la sociedad.
Tom Canty. Encarna el arquetipo del soñador, el falso monarca. Accede al poder y a los privilegios por un equívoco. Desconoce las normas de la corte.
Miles Hendon. Protector, caballero noble (encarna la empatía y la solidaridad). Sensatez, valores humanos incorruptibles, justicia.
Agresor y villano. Quien persigue al héroe, al príncipe convertido en mendigo.
Hugo Hendon. Antagonista, usurpador.
Falso héroe. Se reviste de legitimidad. Se apodera de ese estatus de manera oportunista y egoísta. Al final Tom Canty decide confesar la verdad. (Existen muchos ejemplos si se analiza la casuística del poder.
Decididor de la prueba. Es quien valida y permite la prueba. En el plano espiritual, es el Creador.
Los billetes como símbolo
En el artículo del 30 de diciembre de 2025 [La humanidad bajo el signo de la tormenta y la custodia del remanente], Dios rescata un billete de 5 pesos oro que ha volado de mis manos. Desciende a la Tierra, lo toma y me lo entrega, diciendo: “tenlo, no lo pierdas”. Allí, la denominación del billete (5 pesos oro) representa al hombre, a la humanidad, es el número que geométricamente está en la pentalfa, que simboliza al hombre.
En la revelación que publico ahora, en mi cartera, que estaba perdida y que encuentro –la que el perro custodia– aparece un fajo de billetes de 100 mil pesos. La cifra (100.000), en su reducción teosófica: (1), simboliza el rencuentro con la Unidad, con Dios. El hijo regresa al Padre. El perro custodia esos billetes, porque cuando me lo envió, también me aseguró su fidelidad y lealtad conmigo, tal como las he tenido con Él.
La anagnórisis, el descubrir la verdad e identidad ocultas (sabiduría)
La anagnórisis es la inquietud como ejercicio de sabiduría que siempre ha estado en el ser humano. Es la respuesta a las tres preguntas de la filosofía (quién soy, de dónde vengo y para dónde voy). Desde el alba de los tiempos, la humanidad se interrogó sobre su origen, existencia y propósito. Un acto de conciencia y lucidez perdidas, espoleado por la escritura en el frontis del templo de Apolo, en Delfos: Conócete a ti mismo y conocerás al universo y a los dioses. El ser humano olvidó y menospreció ese ejercicio de conocimiento y obligado requisito.
Por eso La Odisea es un mapa de navegación con el cual se arriba a puerto, por tal la obra –el mito– es el planteamiento del más alto y denso contenido de sabiduría. El reto fue y sigue siendo develar el arcano y poseer la riqueza. Vivir la aventura, el periplo, y volver en el nostos al hogar, a la fuente de origen. El hombre y la mujer son chispas divinas, y si no se reintegran al fuego originario se disipan.
El Padre conmigo -en unidad- emprendemos el viaje, y en todo el itinerario subsiste el acto de conciencia, poseyendo siempre el conocimiento de la identidad, el reconocerse como Dios-Hombre para renacer, de ahí mi nombre actual, que proviene del francés: René, a su vez, derivado del latín Renatus, que significa el renacido o nacido de nuevo (renacer).
Sobre el paraje al que llego, en donde me espera María
Cuando recibo una revelación me doy a la tarea de averiguar los nombres y correspondencias filológicas y siempre encuentro la conexión estrecha, exacta, de lo revelado con los nombres de quienes participan o de los sitios o accidentes geográficos que aparecen en la historia. En este caso he llegado a un paraje del cual sé que está en el barrio Paraguay. Averiguo sobre su posición exacta y el barrio está en las estribaciones de La loma del Marión. ¡Vaya sorpresa! Marión, cuyo significado es: nombre francés que funciona como diminutivo medieval de María, nombre derivado del hebreo Miryam (que, por su parte, significa “la amada de Dios”, “la elegida” o “la que proviene del mar” o “mar”). Sí, la Stella Maris (la estrella del mar, en latín. Título que se le confiere a la Virgen María, patrona del mar en Colombia, especialmente en Cartagena, y se relaciona con la Virgen de El Carmen). Y Paraguay. Paraguay, en guaraní significa agua que viene del mar, o río que origina un mar (Paraguay: –para: mar; gua: originario de, proveniente de o parte de, y: agua o río–).
La loma, en ese paraje al que llego, a la altura del barrio Paraguay, en Cartagena, tiene nombre consagrado a la Virgen. Nótese que, en el relato de la revelación, aparezco desorientado a la altura de María Auxiliadora, miro hacia la avenida Pedro de Heredia, veo el CAI y la avenida El Consulado. Me dirijo por la avenida El Consulado hacia arriba. María Auxiliadora. ¿Coincidencia? No. Todo tiene su sentido. Es el punto guía que marca mi subida al paraje, es la iglesia consagrada a quien en breve me va a auxiliar. En el artículo anterior, en el que me refiero a la devoción a la Virgen de El Carmen, donde nací, y situado en el enclave de Los Montes de María, es también nombre dedicado a la Virgen.
Entonces, subo al barrio Paraguay, en la Loma del Marión, en donde me espera la Virgen María, Madre de Dios, también mi Madre, a quien en el mundo celestial le digo Madre (mi Padre y yo le llamamos Madre, así la nominamos en distintas revelaciones en donde interactuamos los tres). Véase en el artículo anterior el tema de la Trinidad. María es quien me consuela cuando estoy de vuelta del viaje. En literatura y en los estudios de simbología, el viaje de regreso al hogar es el nostos, palabra de donde deriva el vocablo nostalgia.
El “príncipe-mendigo” vuelve al hogar después de un largo y doloroso periplo, lo recibe su Madre María Virgen, y lo consuela mientras él llora. Una espera larga y una llegada prevista, en donde también está el perro del príncipe, ya envejecido, pero que muestra su satisfacción por el regreso del amo. El perro en la escena simboliza el sentido de lealtad, y la Madre, el amor y la espera por el regreso del hijo que emprendió un viaje lleno de adversidades e inquinas, donde se estila el odio y humillación, y se escenifican distintas formas de usurpación de las posesiones del príncipe por parte de individuos con bajos sentimientos e instintos, propios de un mundo decadente.
Relaciones de María con el mar y el río
María es la estrella que nace en un mar de inmensidad. En el artículo anterior se habla de la génesis del universo, en donde está María, la Partícula Única Inteligente, la estrella en medio de esa inmensidad, la densidad singular del poder del cosmos, la Virgen, Madre de Dios. La Paloma que desciende –Espíritu Santo– y que le otorga el poder divino a Jesús, hijo de Dios, que vino a promulgar el amor y termina sacrificado. Ella, quien apelando a la promesa que hizo Jesús a sus apóstoles, también les otorga poderes divinos para que cumplan con su apostolado. Quien ya me invistió de potestad para el cumplimiento de mi misión. María, como mar, es fuente inagotable de fuerza y poder que se extienden en la inmensidad.
En una revelación ya publicada, en donde mi Padre viene a mí y me dice: “Tú eres un río de información… Y un río de agua viva”. Ahora, en esta revelación, en la que regreso de un viaje de dolor y del asedio de las fuerzas de oposición que fluyen en este mundo, María, como Mar, me recibe a mi regreso ‘de la odisea del Príncipe-mendigo’ por este mundo, para ser fuente y surtir ese río que me anunció mi Padre.
Mi Padre, con esta revelación que escenifica mi viaje de regreso a la fuente, me indica que terminó el reinado de la precariedad, la oposición y de una angustia continua que tenía atravesada en el cuello y me asfixiaba. Una prueba única que solo aguanta Job, quien caído en un profundo y oscuro poso mantuvo su fe grande, dolida e inquebrantable, experiencia en la que la distancia y lejanía del Reino de la Luz, en un mundo material, destruyen la fe, pero el príncipe-mendigo la mantuvo intacta. Viene el tiempo del fin, el tiempo justo para la reunificación con la Unidad o no volver a ella.
Otros momentos, revelaciones, adversidades y referencias en el viaje
Revelación. 4 de junio de 2024. Resumen. Veo un grupo de niños. Luego los veo adultos. Me angustia, porque la escena representa el paso del tiempo, moroso y de espera. Observo en el rostro y en el comportamiento de la gente que me conoce, que se cree más por un título, por cargos, por posesiones. Pasan casi por encima y no saludan y me ignoran. En especial, una escena fue muy lacerante, de mucha tristeza y dolor: veo a un amigo de infancia, quien acompañado con personas que no conozco, pasa casi atropellándome. Me mira, no me saluda, me ignora.
Una escenificación que ejemplifica decenas de situaciones similares que han acaecido en el curso mi vida, y ahora, por la condición de desarrollo espiritual lograda, ya no me afectan; no obstante, se constituyen en acervo material que acusa la condición humana.
Cena de Navidad, plegarias, y petición de bendiciones de la que me excluyeron. En una cena de Año Nuevo, a la que fui invitado, Instantes antes de que la dueña de la casa tomara la palabra para realizar la oración, vi bajar a la Virgen María y a Dios, mi Padre, al sitio, y formaron una pirámide invertida en la que me situaron junto a ellos y quedamos aislados del resto de personas. Me sorprendí y no comprendí exactamente lo que pasaba. Sabía que era una bendición, pero no me explicaba el proceder de ellos en ese instante. Luego lo entendí. Cuando la persona que oró por bendiciones para los alimentos y para quienes estaban ahí, me excluyó. La exclusión fue obvia, nombró a las personas asistentes y no pronunció mi nombre. Algunas personas sutilmente me miraron. Dios y la Virgen, que siempre me tienen focalizado, ya sabían que eso sucedería y bajaron a estar conmigo en ese instante. Desoyeron y se indignaron por esas palabras necias y me cobijaron con bendiciones.
Estuvieron conmigo, solo conmigo, unos minutos, y me advirtieron: “10 minutos después de las campanas de las 12.00 te vas”. Así lo hice.
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El viaje de Odiseo, el viaje de Ramiac, en condición de desposeído por el mundo es el viaje que Dios tendrá como rasero para que el juez más justo entre los justos juzgue. Efectivamente, en una revelación, Dios me muestra que yo proporciono la medida rasera. Estábamos en torno a una mesa en la que se encontraban dispuestos platos opíparos. De pronto desaparece toda esa abundancia –comida para muchísima gente–, y queda solo un plato (mi plato, y a mi alrededor, solo mi padre terrenal, Jaime). Seguidamente, con mi cuchara le ofrezco la justa porción a mi padre Jaime.
Significado de la revelación: son pocos los elegidos. Ellos son los que tengan clara su identidad de filiación con el Creador, los que hayan observado estrictamente su mandato y leyes, los que realizando el viaje a la manera de Odiseo y hayan pasado las pruebas arriben a puerto por la gracias de Atenea, en fin.
Finalmente, debo advertir que mi Padre, sabiendo la condición de escepticismo de la humanidad me ha enfatizado su posición en distintas ocasiones (y lo tiene como premisa): “No me importa que lo crean o no, pero eso sí, me tendrán que rendir cuentas”. Enunciado taxativo, predicamento de su ley, de la que no escapa nadie. Absolutamente nadie. Empero, su condición amorosa es la de entregar el mensaje que anuncia y describe su plan.
Créditos imagen: generada por IA.
Nota de advertencia
Todos nuestros artículos en el que Dios Padre envíe mensajes a la humanidad a través de sus dos testigos tendrán esta advertencia, y el costo personal y familiar puede ser muy alto:
Quien no esté en capacidad de ver en el mundo espiritual y de comprobar o no lo que decimos, mejor que permanezca en silencio, reflexione y le deje todo juicio al tiempo, que no haga ningún comentario en contra, no sea que por hacerle pulso al mensaje de Dios sea blanco de su ira. Toda persona que ataque la palabra de Dios en boca de sus dos ungidos, de los dos testigos del apocalipsis, se vincula a que la severidad de la ley divina lo castigue con tragedia y muerte, y con juicio sumario lo hagan descender a las mazmorras del Infierno. De forma idéntica a cuando la autoridad policial captura a un delincuente, a un infractor de la ley, que los lectores consideren la debida advertencia, que reza: “Todo lo que usted diga podrá ser usado en su contra”. La ley se cumplirá de forma implacable. Ya llegó el momento, en consideración de la jerarquía celestial, que no se puede dejar pasar ningún tipo de faltas, y mucho menos afrentas e insultos al ejercicio de la autoridad de Dios y de sus plenipotenciarios aquí en la Tierra, en este periodo del fin de los tiempos.