El mesero retiró el segundo cubierto antes de traer los raviolis. Seguí su mano, con la mirada, más de lo necesario. Afuera, Cartagena conservaba el calor del día; adentro, el pan tibio, el aceite de oliva y el aroma de la albahaca parecían prometer una reconciliación con el mundo. Probé la pasta despacio. Hay noches en que uno necesita comprobar que algunas cosas todavía saben como las recuerda.
Desde algún rincón llegó la voz de Diomedes: «Es muy triste recordar momentos felices». Gustavo Gutiérrez había dejado en Sin medir distancias una frase capaz de atravesar cualquier sobremesa. Miré el sitio donde había estado el otro cubierto. La memoria, a diferencia del mesero, se resistía a despejar la mesa.
Pensé en esa manera silenciosa que tiene la desilusión de instalarse entre nosotros. Primero se aplaza una conversación; después, la confianza con que anunciábamos el futuro. Un día descubrimos que ya calculamos cuánto podemos decir, cuánto podemos necesitar, cuánto de nosotros resultará incómodo. Y aquello que alguna vez fue refugio empieza a exigirnos precauciones.
Quizás hemos terminado por pedirle a los vínculos una plenitud para la que ya no tenemos paciencia. Somos la generación que renunció al proceso: la que quiere ser sin llegar a ser; la que no quiere leer, sino haber leído. Queremos la profundidad del encuentro y nos impacienta cuanto tarda en construirse. Pedimos afecto, pero nos cuesta recibirlo cuando supone bajar la guardia, renunciar al control y dejarnos cuidar. Estamos de cuerpo presente y, sin embargo, distantes en el ser: compartimos la mesa sin terminar de llegar.
Esa prisa también tiene consecuencias. Esperamos confianza antes de haber ofrecido constancia y reclamamos comprensión mientras aplazamos la tarea de comprender. Crear una relación supone aceptar la incertidumbre; sostenerla exige reciprocidad; fortalecerla requiere atravesar juntos lo que ninguno habría elegido. Ninguna de esas tareas prospera cuando uno cuida y el otro calcula, ni cuando ambos esperan que el vínculo madure sin concederle tiempo.
Mientras cortaba otro ravioli, encontré un nombre para aquella conducta: humanismo por conveniencia. Reconocemos la dignidad ajena mientras hacerlo favorezca nuestros intereses, confirme nuestras ideas o preserve nuestra comodidad. Proclamamos principios universales y luego escogemos a sus beneficiarios. Nos conmueve el sufrimiento hasta que atenderlo exige renunciar a algo.
En la intimidad, esa disposición se manifiesta en el cuidado que desaparece ante la primera dificultad. En la vida pública alcanza consecuencias incomparablemente más graves. La pregunta que deja al descubierto su lógica es la misma: ¿cuánto vale el otro cuando deja de sernos útil?
Recordé el caso Dreyfus. Un oficial judío condenado injustamente; una maquinaria militar dispuesta a proteger falsedades y perseguir a quien encontró pruebas de su inocencia. El prestigio institucional pesó más que la verdad y la vida de un hombre. Encuentro allí una expresión feroz de la conveniencia: defender la justicia hasta que obliga a reconocer la propia culpa. Zola asumió el costo de denunciarlo.
Bajo Franco, las persecuciones políticas hicieron de la disidencia una causa de exclusión, castigo y muerte. La nación que el régimen decía defender se estrechaba hasta dejar fuera a sus contradictores. En Chile, la dictadura de Pinochet invocó el orden mientras violaba sistemáticamente los derechos humanos. Su lógica convertía la represión en una supuesta necesidad: algunos debían perder sus derechos para preservar la tranquilidad prometida a otros. Esa contabilidad moral sigue tentando a quienes encuentran tolerable cualquier atropello cometido en favor de su causa.
La mantequilla y la salvia conservaban su delicadeza. Me incomodó advertir lo fácil que resulta pensar en el dolor desde una mesa servida. También yo había aplazado llamadas, evitado conversaciones difíciles, confundido la ausencia de problemas propios con la tranquilidad del mundo. También había querido llegar a la comprensión sin atravesar la incomodidad de escuchar.
Por eso la confesión de Martin Niemöller conserva su capacidad de interpelarnos: «Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista». Su silencio tenía una frontera: la identidad de los perseguidos. Defender a otros únicamente por miedo a ser los siguientes todavía deja a la conveniencia al mando. La solidaridad empieza a merecer su nombre cuando nos compromete con alguien cuya suerte no modifica la nuestra.
En Colombia, el balance del CICR sobre 2025 registra un agravamiento de los desplazamientos, los confinamientos y las desapariciones. Frente a esas vidas interrumpidas, nuestra discusión pública se empobrece cada vez que pregunta primero a qué sector perjudica una denuncia. La víctima acaba convertida en argumento y recibe atención según sirva para acusar al adversario. Desde Cartagena también debemos preguntarnos cuánto dura nuestra sensibilidad cuando la pobreza deja de ser paisaje y reclama decisiones.
La realidad internacional devuelve una exigencia semejante. Las víctimas civiles de Gaza y Ucrania nos obligan a examinar nuestras lealtades. Condenar un atropello mientras buscamos excusas para el cometido por nuestros aliados convierte la defensa de la humanidad en una preferencia geopolítica. Acabamos pidiéndoles a los muertos que coincidan con nosotros para merecer nuestro duelo.
Pensé en Facundo Cabral: «No soy de aquí, ni soy de allá». Aquella noche escuché el verso como una invitación a ensanchar las pertenencias. Podemos querer un país, una idea o una persona sin entregarles el juicio. Podemos disentir y seguir reconociendo al otro. Tal vez allí comience una forma menos frágil de acompañarnos.
Cuando retiraron los platos, llegó desde la terraza un rastro de humo. La memoria puso el perfume y, con él, la canción de Bacilos: «Un olor a tabaco y Chanel». Bastó aquello para recordar una voz, una pausa antes de la risa, cierta manera de hacer que las horas parecieran insuficientes. Sentí unas ganas inmensas de sostener lo que había sido: prolongar la conversación, demorar la despedida, encontrar todavía una palabra que nos dejara cerca. Hay alguien a quien se sigue queriendo así, en los pequeños sobresaltos de la memoria. Sé que jamás olvidaré a esa persona. Con el tiempo aprenderé a recibir su recuerdo sin volver la mirada hacia la puerta.
Entendí entonces cuánto me resistía a convertir la ausencia en una descalificación de lo vivido. Que alguien ya no comparta nuestra mesa no vuelve insignificante lo que compartió. También hay dignidad en conservar la ternura cuando se han agotado las posibilidades de permanecer. Aprender a hacerlo lleva tiempo; esa noche apenas comenzaba.
Pedí una grappa italiana. El primer sorbo dejó un ardor breve y una calidez que se demoró en el pecho. Me acompañó Omar Geles: «Los caminos de la vida no son como yo pensaba». A cierta edad, ese verso encuentra demasiados lugares donde quedarse.
La desilusión seguirá poniendo a prueba nuestra disposición a confiar. Habrá relaciones que no podamos salvar y promesas públicas que vuelvan a defraudarnos. Aun así, queda una responsabilidad que nadie puede asumir por nosotros: decidir qué haremos con el dolor recibido, a quién se lo cobraremos, cuánto permiso le daremos para endurecernos. Volver a creer también exige un proceso. Tendremos que aprender a habitarlo.
Bebí el último sorbo. La silla de enfrente seguía vacía. Me dolía lo que faltaba, pero me inquietaba todavía más la posibilidad de acostumbrarme a retirar mi afecto cada vez que alguien dejara de convenirme. Pagué la cuenta con una certeza incómoda: la desilusión también puede volvernos aquello que nos desilusionó.