Las ciencias sociales, la ontología política, las ideologías políticas, las religiones, las superpotencias y las grandes élites globales no pueden perder de vista que existió un hombre que cambió el rumbo del mundo hasta nuestros días. Sin pronunciar su nombre ya saben a quién me estoy refiriendo. Fue tan fuerte ese sello grabado en la mente de las personas y sus corazones que la Inteligencia Artificial, las granjas de bots y toda la nube de redes sociales le quedan pequeños ante la majestuosidad del impacto en el SER y en el NO- SER de la espiritualidad humana. Ese hombre fue y sigue siendo el mayor revolucionario, con un legado que todos imitamos, es nadie menos que Jesucristo, el hijo de Dios.
Hace más de dos mil años, para no irnos tan lejos en la historia de la humanidad, los seres humanos nos hemos enfrentado a situaciones que rayan con la dignidad humana. Los filósofos y la filosofía nos enseñaron el comportamiento más adecuado que deberíamos tener para poder vivir en convivencia. De aquí partió la consuetudinaria costumbre que se volvió normas y leyes en todos los rincones del mundo. Y esas normas y leyes no son más que las políticas públicas que van en dirección de una mejor justicia social. Sin embargo, esos logros fueron alcanzados a través de luchas sociales, porque por simple dinámica política, empresarial o religiosa nunca hubieran llegado.
Y en esas luchas, para el caso de Jesucristo, tuvo doce apósteles que, él fue evangelizando para lograr sus objetivos; derrotar la tiranía, las injusticias sociales que el Imperio romano imponía. Todo se cumplió como dicen las escrituras, cimentó su fe y la expandió por el mundo, cuando ocurrió la resurrección. Pero, tuvo que hacer muchos milagros, muchas cosas ante el mismo pueblo para que le creyeran, sin embargo, muchos no lo aceptaban, era considerado un blasfemo. Y sin esperar nada a cambio, se inmoló en la cruz llevándose los pecados del mundo.
Es preciso afirmar que, la fragilidad humana no tiene ideologías ni religiones. La fragilidad nos permite valorar la existencia de los demás y sus vulnerabilidades. Son inventos para seguir la dominación de los unos sobre los otros. Gobiernos y gobernados. Explotadores y explotados. Ricos y pobres. Blancos y negros. El bien y el mal, fue lo ultimo para diferenciar y establecer las clases sociales. No aprendimos la lección, o, mejor dicho, sí la aprendimos a nuestra manera, de labios para afuera mostramos nuestra fe y espiritualidad, pero por dentro llevamos la codicia, la maldad y los malos pensamientos.
¿Quién tira la primera piedra? Es cuestión de fe y buenos propósitos. Lo demás es pasajero y efímero como la misma muerte. Sentir moverse las fibras del alma, del corazón, no le sucede a todo el mundo, cuando vemos las injusticias, las desigualdades sociales, el hambre física en la gente, la falta de oportunidades, el apartheid social y, estas no son razones para tildar a alguien si está a la izquierda o a la derecha, si es ateo o creyente. Esto no tiene nada que ver, es la misma condición humana que nos hace reaccionar.
Los principios, los valores éticos y morales en la socialización cultural son referentes inmersos en el ser humano. La diversidad para el logro de los objetivos personales o familiares es lo que marca la diferencia y, en ese afán hemos construido la sociedad que tenemos.