Bronce, la nueva novela de Winston Morales


El escritor, poeta y profesor universitario Winston Morales Chavarro presenta este 16 de octubre Bronce, su tercera novela, publicada en 2026 por la Editorial de la Universidad de Cartagena. Con especial gratitud comparto aquí el prólogo, texto que tuve el honor de escribir para acompañar esta obra.

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Bronce no se abre como un libro, sino como una herida. No invita al lector, lo expone. Desde sus primeras páginas, la escritura deja en claro que aquí el lenguaje no busca representar el mundo, sino atravesarlo, someterlo a un proceso de combustión lenta donde nada permanece intacto. Esta no es una narración del acontecimiento, sino del devenir interior. Nada progresa de manera lineal: todo se transforma, se degrada, se vuelve otra cosa. Como en los verdaderos procesos del alma, lo que se pierde no desaparece: cambia de estado, se vuelve residuo, símbolo, ceniza todavía tibia. 

La arquitectura del libro responde a una lógica que no es narrativa sino alquímica. Putrefacción, ablución, calcinación y sublimación no nombran capítulos, sino estancias psíquicas. Son estados por los que atraviesa una conciencia cuando ya no puede sostener la ilusión de unidad. En este sentido, Bronce puede leerse como el registro de una alquimia personal, cercana a la que Carl Jung entendió como proceso de individuación: un descenso necesario hacia la sombra, una descomposición del yo antes de cualquier tentativa —obvio, siempre precaria— de integración.

Ese descenso comienza en el sueño. La novela se inaugura con la irrupción de una imagen onírica: un perro que muerde el dedo de Cassio. La escena es breve, deslumbrante, pero decisiva. No se trata de un símbolo explicado ni de una alegoría transparente: es una herida. Al despertar, el dolor persiste, y con él se disuelve la frontera entre vigilia y sueño. Desde ese momento, nada quedará confinado a un solo plano. El inconsciente no hablará en clave figurada; actuará. Cassio queda marcado por esa mordedura inicial, como si algo instintivo, no integrado, hubiera reclamado su lugar en la conciencia.

Cassio no es un personaje en el sentido clásico: es una conciencia en trabajo, un campo de fuerzas sometido a presión constante. Intelectual, onírico, escindido, pero al parecer sin defectos ni grietas (por lo menos así se percibe). Vive en el lugar donde el pensamiento ha perdido su función protectora y el cuerpo se ha vuelto territorio de exceso. En él, la razón no ilumina: quema. Su mundo interior está poblado de imágenes que no piden ser interpretadas, sino sostenidas. El sueño ocupa en esta novela el lugar que Carl Jung le otorgó: no como residuo de la vigilia, sino como lenguaje autónomo del inconsciente. Los sueños no explican; insisten. El perro, el río, la fruta, el ángel, la noche no son recuerdos ni metáforas voluntarias, sino arquetipos en estado bruto, figuras que regresan porque no han sido integradas. Cassio no sueña para comprender, sueña porque algo en él exige ser vivido.

De ese territorio surge “el cuaderno del despertar”. Un cuaderno que no es memoria ni confesión, sino vasija. Allí se depositan fragmentos, restos, imágenes de una psique que ya no cree en la continuidad del yo. Es una especie de mochila arhuaca arquetípica. Escribir se convierte en una maniobra para iniciar: dar sentido y fijar lo volátil, retener lo que se fuga, aceptar que toda forma exige pérdida. El cuaderno no ordena la experiencia, la intensifica. Y cuando Delia lo lee, comprende que esa escritura no es inocua: revela a un hombre absorbido por sus símbolos, más atento a sus imágenes que a la vida compartida. El cuaderno, lejos de unir, los separa. La escritura es entonces telúrica. Mueve hasta sus cimientos la obviedad, el lugar común y lo anodino. 

El cuerpo de Cassio aparece entonces como el gran residuo del proceso. En las escenas de las aguas termales, rodeado de otros cuerpos, el suyo se vuelve pesado, torpe, incómodo. El agua no purifica ni alivia: expone. Cassio se percibe invisible, no porque no exista, sino porque no está presente. Piensa su cuerpo, pero no lo habita. La obesidad no es aquí un dato realista, sino una imagen psíquica: acumulación de energía no transformada, peso de lo no asumido. El cuerpo se vuelve la prueba de una alquimia inconclusa.

La alquimia que atraviesa Bronce no es la del oro ni la de la perfección. Es una alquimia oscura, instalada en la nigredo, donde el dolor, el abandono, el desgaste del cuerpo y la cercanía de la muerte no son obstáculos, sino materia prima. Nada aquí se supera; todo se transforma o se enquista. La sublimación no aparece como redención, sino como una forma provisional —y frágil— de sostener la existencia.

En este campo de tensiones emergen Delia y Lenín, no como personajes secundarios, sino como figuras interiores. Delia encarna el cuerpo que arde y se fuga, la vida que se resiste a ser pensada hasta agotarse. En sus escenas hay movimiento, lucidez, una conciencia del límite. Entre Cassio y Lenín, ella se reconoce como punto medio, como lugar de tránsito. Su decisión de irse no es traición ni huida: es una forma de preservarse, de no desaparecer dentro del proceso inconcluso de otro.

Lenín, por su parte, representa el discurso exhausto, la ideología que ha perdido su eficacia simbólica, el Sísifo trivial, la muerte de los grandes relatos. Habla, cree, repite, pero sus palabras no transforman nada. Su caída no es trágica, es estancada, levitación. Donde Cassio se pierde en el símbolo, Lenín se refugia en la idea. Ambos evitan el cuerpo, cada uno a su manera.

La energía —palabra insistente a lo largo del libro— no funciona aquí como abstracción ni consuelo espiritual. Es lo que Jung llamaría libido psíquica: una fuerza indiferenciada que puede devenir amor, violencia, pensamiento o muerte. En Bronce no hay jerarquía moral entre estas manifestaciones, solo desplazamientos. Todo vibra, todo se descarga, todo se consume.

Hay, además, una temperatura constante en esta escritura. Un calor que no estalla, pero corroe. Un tiempo que no avanza, sino que vuelve sobre sí mismo. Aunque el Caribe no aparezca como paisaje ni como tema, su resonancia se percibe de manera subterránea: en la relación entre cuerpo y pensamiento, en la percepción del tiempo como desgaste, en la conciencia del exceso contenido. Es un Caribe interiorizado, abstracto, convertido en clima psíquico más que en geografía.

El título concentra con precisión esta poética. El bronce no es metal noble ni materia despreciable. Es mezcla, aleación, tercer lugar. No brilla como el oro ni se idealiza como la plata. En términos alquímicos, es el resultado provisional de una unión incompleta: una forma que resiste sin resolverse. El bronce no promete plenitud; promete duración.

Bronce no ofrece consuelo ni respuestas. Su belleza es áspera, insistente, a veces incómoda. Pero en esa aspereza reside su honestidad: la conciencia de que no todo puede integrarse, de que hay restos que no se subliman, sombras que no se iluminan del todo. Acaso por ello todo bronce tiene su gruesa pátina.

Aquí la escritura no cura, la escritura trabaja. Trabaja la herida. Trabaja el residuo. Trabaja lo que queda cuando el fuego ha consumido casi todo. Y lo que queda —opaco, resistente, todavía tibio— es una forma aún viable de estar en el mundo.

 

  1. La nigredo es un concepto central de la alquimia y fue retomado también por la psicología profunda de Carl Jung. Significa literalmente “negrura” o “ennegrecimiento”. Descenso al inframundo. “Visita el interior de la tierra, rectificando, encontrarás la piedra oculta” (V.I.T.R.I.O.L.).