CAROLINA HERRERA CERVANTES
–Una distinguida exponente del folclor cartagenero,de la región Caribe y de Colombia–
Por Argemiro Menco Mendoza
(Docente investigador, Universidad de Cartagena)
Existen elocuentes razones que permiten considerar a Carolina Herrera Cervantes (1917-2008) una artista cabal y, en grado sumo, representativa de la cultura popular del caribe colombiano e indiscutible protagonista de la cultura nacional. Su incansable ajetreo por el sendero de la interpretación vocal de música folclórica, la condujeron a escenarios diversos dentro y fuera del país, circunstancias que la hicieron victoriosa, para satisfacción propia y orgullo de sus raíces étnicas y familiares. Por algún tiempo su proyección se quedó en el marco exclusivo de las redes consanguíneas. Pero hoy la ciudad de Cartagena la contempla entre sus artistas emblemáticas. Así mismo, el país cultural, a medida que discurren los acontecimientos, va tomando mayor conciencia de las calidades que logró decantar esta distinguida mujer y otro gran símbolo de la venerable “tercera edad”.
Pero ¿cuáles fueron las virtudes o elementos sustanciales que relacionados entre sí totalizaron y definieron el talante maravilloso de Carolina? ¿De dónde vino? ¿Qué ingredientes antropológicos y culturales integraron su razón de ser y de estar, aquí y allá, donde la vida quiso que ella se propusiera realizar sus más íntimos anhelos? ¿Hasta dónde llegaste, apreciada Carolina?
Ella era oriunda del barrio de San Diego de Cartagena de Indias, nacida el 9 de noviembre de 1917. Dos fechas con relieves históricos de talla nacional y universal: la primera nos evoca el mes de las celebraciones de nuestra independencia como provincia de España, y la segunda, el año de la revuelta bolchevique en la lejana y legendaria Rusia. Dos hitos cronológicos que seguramente dan para especular, porque no se sabe a ciencia cierta si llegaron a incidir –a manera de sortilegio– en la magia vital de esta mestiza mujer cartagenera. Lo seguro es: el hecho de haber crecido en un ambiente muy creativo, festivo y solidario explica con creces el motivo de sus sueños, de sus pasiones culturales y su vocación de servicio a los más necesitados. Como que aprendió a soñar a partir de aquellas utopías que engendraron hechos, hoy sueños fallidos, pero dignos sueños. Siempre quiso esta mujer, como casi todos los costeños del Caribe, poder respirar y convivir con una cultura que propicie expresiones de felicidad y que respete las más entrañables tradiciones y libertades.
Doña Carolina murió de 91 años de edad, bien vividos, entre paradojas de la vida que aparejan consigo penas y alegrías, sobresaltos e imponderables muy característicos de las familias de clase media en la región caribe colombiana.
Alguna vez, Carolina nos entregó estos testimonios autobiográficos:
Mis padres fueron José Carlos Herrera Meñaca, cartagenero, de profesión abogado y mi madre Dilia Cervantes Orozco natural de Arenal, Bolívar. Soy hija de una familia donde nacieron seis hermanos: cinco varones y la mujer que era yo. Con ellos y otros niños amigos, jugaba al bate, patinaba, montaba bicicleta, jugaba al trompo, el tango, y la bolita de uñita.
Observamos que desde su más remota infancia doña Carolina atesoró una hermosa experiencia de socialización, bastante lúdica, llena de libertad, de sanas costumbres, de fina imaginación, fundamentos que van a ejercer una influencia fecunda en su crecimiento posterior, para darle solidez a su vocación de artista. He aquí su pasado con tono de añoranza:
Me inicié en la música a la edad de 13 años (1930-1934). Empezamos a formar un sexteto, que le dimos por nombre “Los Soneros de San Diego”. Fueron miembros del sexteto, entre otros, Eligio Fuente, Tomás Figueroa, Diomedes Herrera Cervantes y yo Carolina. Hacíamos los instrumentos con palo de guayaba, y de guayacán las claves. Las maracas eran de totumo. Eligio era como un hermano de nosotros, él desde niño fue latonero, y con nuestra ayuda hacía el tambor, el rayo, la marímbula que era una caja como de 60 centímetros de largo, y que tenía en el centro un biscocho alargado y desde el centro hacia afuera cuatro teclas de cada lado. Estas eran de acero, a manera de flejes, las hacíamos de las cuerdas de las vitrolas que también se llamaban ortofónicas. Esos flejes los sujetábamos con varilletas, cuatro a todo lo largo y las varilletas se sujetaban con alambre de púas. Como no teníamos pitos usábamos violina. Yo era vocalista y tocaba la violina y la marímbula. Usted no se imagina cómo fueron esos momentos...era mi manera preferida de ser... cantar, jugar, disfrutar.
Este recuerdo demuestra que todo el acervo artístico de Carolina se decantó al calor de entrenamientos sociales, intercambios comunitarios, necesidades del ocio y del juego, lo que hoy se denomina el, “uso creativo del tiempo libre”.
Sobre la cultura letrada de doña Carolina, ella relata con humildad y discreción los niveles que alcanzó y las causas que le impidieron escalar mayores peldaños académicos:
Realice mis estudios de primaria y secundaria en el Colegio Nuestra Señora del Carmen, ubicado en la Calle Gastelbondo. Llegué hasta cuarto de bachillerato. Después por esas cosas que sólo las ordena mi Dios y la vida, decidí casarme a la edad de 18 años, el 22 de febrero de 1925 con Armando José Pomares Estrada, cartagenero, nacido en Getsemaní y quien era estudiante de Medicina, en la Universidad de Cartagena. Desde ese entonces me dediqué a mi hogar, no más sextetos ni desórdenes festivos. Mis hijos fueron llegando hasta completar trece: 8 varones y 5 mujeres. Todos llegaron a ser profesionales.
Este hecho de dejar de producir bienes simbólicos para dedicarse a cultivar seres vivientes de carne y hueso, salidos de su vientre, a la sombra de su hogar, marcaron un giro de clausura de la vida pública de doña Carolina. Pero a pesar de ese cambio tajante, la alquimia de su arte no se agotó en la química de sus flujos parturientos. De alguna forma su vida y su vocación siguieron latentes y muy fieles al mundo de la música, el canto, el baile y la jarana.
A la edad de 42 años –quien lo creyera– Carolina experimentó el llamado de las raíces, los oleajes del mar de Cartagena con su barrio de San Diego en el corazón de mujer adulta, que para el caso da lo mismo decir, de niña grande, pues seres de esta naturaleza no renuncian a vivir sin la compañía de la más antigua inocencia. Todo ocurrió porque los hijos mayores crecieron y necesitaron de estudios de bachillerato y universitarios. Le tocó organizar de nuevo su hogar en la Cartagena de sus más íntimas nostalgias. “Desde entonces, disfrutando con mis hijos en sus triunfos, y soportando también reveces, es decir, apoyándolos en los momentos difíciles para que salieran adelante”, nos expresa Carolina.
Después vino el momento en que a su libertad le nacieron alas. ¿Cuándo pensó doña Carolina que a la edad de 53 años tuviera la oportunidad de volar a los Estados Unidos de Norteamérica gracias a una invitación de su hermano mayor, el médico Félix Erasmo Herrera Bustamante, y de su primo Efrén Martínez, ambos residenciados todavía en New York? Allá vivió casi una década. Años de vida repartidos entre New York, Los Ángeles y Hollywood. Allá vivió alternando vivas experiencias, descansando muchas veces y trabajando también en artesanías y manualidades. Incluso, a una familia en Hollywood le enseñó a hablar español. ¡Cuánta vena secreta la de esta señora inclinada al magisterio!
Y de nuevo a Colombia. Porque pese a los dolores de este país que tanto nos tortura y viceversa, la patria es la parcela romántica donde se construye la primera memoria. He aquí más testimonios:
A mi regreso me fui al sur de Bolívar con mi hija Carolina a quien habían nombrado como maestra en San Pablo, zona de conflicto desde aquella época, más que todo movida por el abandono y las necesidades que pasaba la población, a la cual le llegaban pocos recursos y escasa ayuda del gobierno central de Bolívar. Allí fundamos con Pancracio Galvis (q.e.p.d.) un centro educativo que se llamó “CENCA”–Centro de Capacitación–, especializado en educación primaria y manualidades. Se enseñaba a hacer hamacas, sombreros, y escobas. Dábamos clases de culinaria, modistería y alfabetizábamos por las noches. Allí gradué de modista, a través del Sena al igual que recibí capacitación en avicultura. Recuerdo que la esposa del presidente López Michelsen me regaló un televisor y lo poníamos en el atrio de la iglesia, porque en el pueblo sólo había 3 ó 4 televisores. Doña Berta Hernández de Ospina me regaló seis máquinas de coser para el programa de formación en modistería. Fue una época muy fructífera en la cual, además de capacitarme pude poner al servicio de esa región necesitada, toda mi experiencia y entusiasmo a favor de su educación. Allá existe aún ese grano de arena para su desarrollo. Luego regresé a Cartagena al terminar mi hija Carolina su tiempo de servicio. Más adelante me reencuentro aquí con mi esposo a quien acompañé en sus últimos momentos. Él muere el 6 de diciembre de 1999, comprendiendo mis ideales y la obsesión ineludible de encontrarme con mi destino.
La vida y obra de Carolina Herrera es un verdadero ejemplo de energías creativas, de aprendizajes y vivencias repletas de profundas intensidades. A los 74 años, con motivo de su segundo regresó a Cartagena, ingresó a Comfenalco donde realizó el curso de auxiliar de la Cruz Roja, y el curso de guitarra, por medio del Seguro Social, como afiliada a éste, cursos que aprobó con grandes logros.
Los avances de Carolina nunca cesaron. El profesor Antonio Luis González se asombró un día al escucharla interpretar música folclórica; por ello la lleva a formar parte del grupo de gaita de Comfenalco, como vocalista, al igual que del grupo de danza. Ella al respecto, puntualiza:
Lucho fue quien me inició en cuanto a grabar. Se presentó un día con la letra de una canción, “Cantina”, y esa fue mi primera grabación. De esta manera comencé a formar parte del grupo Calamar, y con Martín Pereira. También pertenezco al grupo Candilé.
En 1994 ingresó al grupo de danza y de gaita de la edad mayor de la Caja Nacional. Grupo con el cual recorrió la región Caribe, participando en diferentes eventos folclóricos. Esta agrupación obtuvo tres veces el trofeo del primer lugar, en la modalidad de “Canto y danza”, en festivales realizados en Cereté (Córdoba), Ovejas (Sucre) y San Onofre (Bolívar).
En el año de 1995 su profesor y asesor Luis González, la llevó al estudio de grabación para que interpretara la canción “Cantina” de Estefanía Caicedo, obra que se constituyó en uno de los éxitos populares de las fiestas de noviembre, las de fin de año y los carnavales de Barranquilla. A este certamen, Carolina y su grupo, en 1996 fueron en calidad de invitados especiales. Hasta allá había llegado “Carolina Herrera con su gustadera”. Se dieron las cosas, y es así que tomó la decisión de construir su propio blasón para mantener activo el folclor, llenando el vacío dejado por las más grandes intérpretes regionales, Irene Martínez y Emilia Herrera.
Resaltamos aquí sus triunfos alcanzados durante el año 1995, la gran acogida que le hizo Barranquilla y la distinción otorgada por su presentación en los carnavales curramberos, acompañada por el grupo Calamary bajo la dirección de Martín Pereira.
Temas como “La Pelá”, “El Salaito”, de autoría de Betty Pomares Herrera, su hija, le garantizaron la permanencia y continuidad en los primeros lugares en 1996. Números como “Juanchito” de Pedro Pablo Peña (q.e.p.d.), “La Cachona”, “La Crucita” y otros, le permitieron obtener múltiples distinciones, realizar presentaciones en universidades y colegios. Celebraciones especiales como el “Día Mundial del Sida”, promovidas con figuras del folclor, le originaron un merecido reconocimiento otorgado por el doctor Nicolás Curí Vergara, Alcalde Mayor en aquel momento del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias, junto con folcloristas de la región, entre ellos, Enrique Díaz, Andrés Landero, en acto solemne realizado en la Plaza de la Aduana, a raíz del Pregón Novembrino de 1997.
En 1998, acepta la invitación del Dr. Enrique Nates Valderrama, cónsul de Colombia en Sevilla, España, para participar en los actos de conmemoración del Día de la Independencia del 20 de julio. Entonces presenta su última y exitosa producción del momento, “Viva Noviembre”, de la autoría de Betty Pomares Herrera. Allá recibió grandes elogios y condecoraciones de la colonia colombiana en Andalucía. Por otra parte, recibió del Dr. Agustín García Asuero, Vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sevilla, una distinción otorgada por dicha Universidad de Sevilla. Guardó gratísimos recuerdos de su visita a Europa y, sobre todo del doctor Julio Moreno González, profesor universitario quien se convirtió en el anfitrión y el heraldo de su visita a España. Siempre evocó con regocijo la región de Andalucía (Sevilla, Córdoba, Granada, Huelva, Málaga) y sus monumentos.
En septiembre de 1999 participó –representando a CAJANAL– en el concurso Reina Distrital de la Edad Mayor donde obtuvo esa codiciada corona. Es la primera Reina Distrital 1999- 2000. Sus virtudes en la danza y el canto al interpretar “La Canción de La Paz” del autor Esteban Garcés y la representación de la Poesía Costumbrista “La Carta de Sofanor”, la hicieron merecedora de tan excelsa distinción. Para cierre de fin de siglo, Carolina Herrera Cervantes llega a concretar uno de sus más fervientes anhelos: lanzar ante su público sus más recientes interpretaciones, recopiladas en el CD “Éxitos De Carolina Herrera”, un disco compacto que cumplió la promesa de figurar como repertorio musical apetecido de fin de año, y en los carnavales de Barranquilla 2000- 2001.
A Carolina debimos rebautizarla con el apelativo de, “La Imparable”. Nada ni nadie pudo detenerla. Inauguró el milenio con otro triunfo de repercusión regional y nacional: fue ganadora, aquella vez, del concurso de la “Canción inédita”, en el marco del “XIV FESTIVAL DE LA CUMBIAMBA DE CERETÉ” (mayo 25,26,27 del 2001), con el tema “Lamento” a quien Betty su hija le introduce novedosos arreglos musicales. Cantó acompañada del “Grupo Cumbión de Cereté” que dirige José Gregorio Guzmán, y con la dirección artística de Jorge Fuerte. Fue un concurso abierto para todas las edades en el que participaron 32 aspirantes.
Con este sorprendente discurrir por la vida del arte y la cultura, doña Carolina viuda de Pomares, alcanzó a desarrollar prodigiosos rasgos personales y profesionales que la sitúan entre los(as) mejores cultores(as) de la tradición folclórica, henchida de música, baile, canto, danza y poesía.
Rememorando la vigencia de su espíritu musical, Carolina es, con toda certeza, una auténtica joya humana que colma de orgullo a quienes nos reclamamos degustadores de fiestas y admiradores de las expresiones que tienen sabores de abolengo popular. Sus resultados se inscriben en la historia de nuestro patrimonio intangible con registros luminosos e indelebles. Ella es un eslabón que enriquece el sustrato de la autoctonía y vitaliza nuestra sensibilidad. Es imposible no seguir sumándole merecidos reconocimientos, pues sus esfuerzos de mujer integral configuran una sensible demostración de firmeza, de amor, de fe, de inteligencia, disciplina y entusiasmo. Que, en esencia, son atributos y/o soportes palpables de una lucha contra las amarras que le tendieron los rígidos condicionamientos sociales, en los momentos más joviales de su vida.
¡Que viva doña Carolina! Carolina con cariño.
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Cartagena de Indias, 2010.
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Los testimonios citados en este trabajo, son tomados de una entrevista que el autor le hizo a la artista el 30 de octubre del 2000, en su residencia, en el barrio Torices de Cartagena de Indias.