Lucas y Klaus.


La guerra no tiene infancia. No se conmueve ante el llanto de un niño, no se detiene ante una cuna vacía ni devuelve los abrazos que arranca. La guerra avanza y destruye. Y cuando termina de contar sus muertos, casi nunca cuenta las almas que deja mutiladas.

En Lucas y Klaus, la escritora Ágota Kristóf nos arroja al rostro una realidad brutal: dos niños abandonados al cuidado de su abuela materna, una mujer a la que llaman la Bruja, que los maltrata y explota. Allí, donde debería existir protección, hay hambre, humillación y violencia. Afuera, la guerra; adentro, otra forma de infierno.

¿Qué puede hacer un niño cuando el mundo entero parece haberse puesto de acuerdo para hacerle daño? ¿A quién puede acudir cuando quienes deberían protegerlo han desaparecido o se han convertido en sus verdugos?

Los adultos declaran las guerras, los poderosos justifican sus causas y los ejércitos disparan. Pero son también los niños quienes pagan una deuda que jamás contrajeron. Los hombres mueren en el frente; las mujeres sufren violaciones y abusos; las familias se desintegran. Y los pequeños quedan a merced del hambre, el abandono, la explotación y la muerte.

A veces sobreviven. Pero ¿a qué precio?

Hay niños que aprenden a esconderse antes que a jugar, a desconfiar antes que a querer, a soportar golpes antes que a pronunciar sus primeras preguntas sobre la vida. La guerra les roba los juguetes, pero también algo mucho más profundo: la posibilidad de creer que el mundo puede ser un lugar seguro.

Kristóf no nos permite contemplar la tragedia desde la cómoda distancia de quien lee una noticia y pasa la página. Su escritura nos enfrenta a una verdad insoportable: el ser humano puede acostumbrarse al horror hasta convertirlo en parte de la rutina. Y cuando el sufrimiento de un niño deja de escandalizarnos, algo esencial ha muerto también dentro de nosotros.

No hay ideología, bandera ni victoria militar capaz de justificar una infancia destruida. Ningún territorio conquistado devuelve la vida a un niño. Ningún discurso político borra el miedo de quien ha visto morir a sus padres. Ningún tratado garantiza que las pesadillas desaparezcan cuando callan las armas.

Por eso hay que leer Lucas y Klaus. No para entretenerse, sino para mirar de frente la barbarie; para recordar que detrás de cada cifra de víctimas hay vidas irrepetibles y que, entre los escombros de cada guerra, quedan niños intentando comprender por qué el mundo los abandonó.

Ojalá jamás tengamos que conocer esa realidad. Pero cerrar los ojos no la hace desaparecer.

La guerra termina algún día. La infancia que destruyó no regresa jamás.

—Oscar Borja