Elogio a la epistemología


“La epistemología no consiste en acumular certezas, sino en someter el conocimiento a la sospecha, interrogar sus fundamentos y reconocer que pensar críticamente es, ante todo, atreverse a cuestionar aquello que otros pretenden convertir en verdad incuestionable”.

E.P. D

En estos días asistí a la sustentación de los proyectos de aula de la institución en la que laboro. Esta estrategia pedagógica es la piedra angular que les permite a los estudiantes articular interdisciplinariamente durante los semestres los saberes que catalizan su formación profesional, acompañados por los docentes de las diferentes áreas disciplinares. Una apuesta por transformar epistemológicamente el conocimiento de los futuros profesionales. Aunque no me gradué en Filosofía, tengo la plena convicción de que esta disciplina es fundamental para frenar la ligereza con la que hoy se asume el saber. Observé con preocupación que este fundamento teórico no es considerado esencial por algunos, tal vez porque asumen que enseñar se reduce a instruir para que el otro memorice. La memorización es un subproceso cognitivo importante, pero no constituye conocimiento si no se comprende e interpreta a través del análisis y el discernimiento sesudo.

A veces veo que quienes descartan la epistemología lo hacen desde la ironía inmediata: "¿Y eso cómo se sabe?” o “¿Eso con qué se come?”. Son frases que suelen causar risa entre quienes ignoran el trasfondo del asunto, pero que lastiman la inteligencia. Muchas personas aceptan las verdades de su propia disciplina como si hubieran estado escritas desde siempre, sin pararse a pensar que todo saber nació del debate continuo, de la reflexión y de la investigación rigurosa de quienes decidieron no aceptar verdades absolutas. Es la película que se repite entre quienes permanecen empotrados en las certezas de la acriticidad. Se hace necesario revivir las comunidades científicas en todos los niveles educativos para que los docentes y estudiantes estudien, reflexionen y emprendan una revolución del quehacer y la formación académica, entendiendo que la pedagogía es, duélale a quien le duela, la epistemología de todos los procesos educativos.

Inquietudes como esas se escuchan a diario en reuniones de maestros o en boca de estudiantes que repiten, como loros, conceptos mnemotécnicos sin haberlos digerido. Es la dolorosa realidad de un aprendizaje cuyo ritmo parece perderse en los meandros de esta nueva civilización: la de los cabizbajos.

Esta reflexión no surge desde la postura de quien se cree dueño de la verdad, sino desde el análisis cotidiano del aula y los espacios escolares, allí donde interactuamos y enseñamos a leer y escribir no como una actividad fría o descontextualizada, sino atravesada por el sopor caribeño y el abandono estatal de la educación. Cualquiera que enseñe a leer o escribir sabe que ninguna oración gramatical —antes llamada proposición— llega a la mente o al papel sin una idea previa de lo que significa comprenderla. Lo que escribo no busca el aplauso de colegas ni de amigos; el ambiente académico padece un profundo cansancio de expertos y gurús que aparentan saber todo apoyados en el desconocimiento ajeno.

Es un error grave pensar que el conocimiento siempre se ha consumido a la prisa que nos impone este siglo XXI.  Perdonen la modestia de las siguientes afirmaciones: Según Gaston Bachelard, la ciencia no avanza sumando certezas de manera pasiva, sino rompiendo con aquello que parecía evidente. Eso mismo ocurre en nuestras instituciones: damos por sentado que todo está descubierto y que permanecerá inamovible. Asimismo, Thomas Kuhn explicaba cómo las comunidades académicas trabajan encasilladas en paradigmas que determinan qué problemas valen la pena y qué respuestas son aceptables, hasta que las anomalías del propio modelo obligan a abrir paso a una revolución paradigmática. Sin embargo, esto no se le explica al estudiante, que termina creyendo que las ciencias están monolíticamente consolidadas. ¡Craso error!

Los saberes más técnicos también forman parte de esa historia. En la contabilidad, por ejemplo —una disciplina en constante construcción—, la adopción de las Normas Internacionales de Información Financiera (NIIF) mediante la Ley 1314 de 2009 no fue un mero asunto técnico. Lo que cambió en el fondo fue el criterio sobre lo que la sociedad considera una prueba válida del valor de las cosas; fue una discusión profunda sobre la naturaleza del saber contable y no un simple ajuste de formatos. Por lo tanto, si se ejerce una profesión sin cuestionar sus cimientos, no se queda libre de la epistemología: simplemente se la acepta a ciegas.

Este panorama se tensiona aún más con la irrupción acelerada de la tecnología. Las herramientas de inteligencia artificial entregan datos que parecen incuestionables. Pero el peligro no radica en que la máquina se equivoque —errar es una facultad constitutivamente humana—, sino en que perdamos la costumbre de preguntarnos por qué deberíamos creer en lo que nos muestra. Jorge Luis Borges abordó esa encrucijada en "Funes el memorioso", retratando a un personaje incapaz de pensar precisamente porque recordaba todo. Y es que pensar implica saber olvidar las diferencias, abstraer, seleccionar y priorizar.

Tienen razón quienes critican la epistemología señalando que a menudo se convierte en una teoría aislada de las necesidades reales del aula. Ese reclamo contiene una verdad innegable. Pero la salida no es desechar la duda razonable, sino llevar estas preguntas al trabajo diario del educador: ¿qué supuestos no declarados sostienen lo que se afirma?, ¿qué datos podrían refutar esta premisa?, ¿quién formuló esta idea y con qué propósito?, ¿en qué contexto socioeconómico se produjo este saber?, ¿qué pasaría en nuestra práctica si estuviéramos equivocados? Para plantearse esto no hace falta un doctorado, sino la voluntad de dudar con rigor. Y eso, en esencia, es epistemología.

Desde la experiencia de la práctica docente, lo que resulta obsoleto no es la epistemología en sí, sino la paciencia que exige asumirla. En tiempos de inmediatez, sentarse a revisar con calma cómo aprendemos lo que enseñamos parece una pérdida de tiempo, cuando en realidad constituye el único antídoto para evitar que el conocimiento se degrade en rutina, en dogma de pantalla.

Al final me queda una inquietud punzante: si mañana nos pidieran argumentar con solidez los principios teóricos y éticos de lo que enseñamos a diario, ¿tendríamos un discurso propio que sostener o solo repetiríamos los manuales que leímos en la universidad y que hoy intentamos trasladar, por inercia, a las aulas?