En lo alto o en el piso


El efecto psicológico que dejan las secuelas de un terremoto es grande. Después de sentir cómo la tierra se mueve bajo nuestros pies, queda una pregunta difícil de ignorar: ¿qué tan preparados estamos para enfrentar un fenómeno natural que no podemos controlar?

Las ciudades de nuestro país han crecido hacia arriba. Cada vez son más frecuentes las edificaciones de varios pisos y, en muchos casos, algunas de ellas, por su antigüedad, podrían no cumplir plenamente con las normas de sismorresistencia. A esto se suma una realidad que vemos con frecuencia: viviendas unifamiliares que, con el paso de los años, terminan convertidas en construcciones de dos, tres o hasta cuatro pisos, algunas levantadas de manera artesanal, sin estudios técnicos suficientes y sin aplicar rigurosamente las normas de construcción.

Personalmente, conozco lugares donde se han construido pisos adicionales sin que exista claridad sobre la capacidad estructural de la edificación. Y el riesgo no recae únicamente sobre quienes viven allí. Un eventual desplome puede afectar también a vecinos, transeúntes y a toda una comunidad.

En Cartagena la situación merece una reflexión especial. En el Centro Histórico existen inmuebles antiguos que han sufrido transformaciones para adaptarse a nuevas necesidades comerciales y turísticas. En algunos casos, las cubiertas han sido modificadas para convertirlas en rooftops, con restaurantes, bares, piscinas o jacuzzis. El atractivo turístico y económico no puede hacernos olvidar que detrás de cada inmueble existe una estructura que debe soportar cargas, movimientos y el paso del tiempo.

Por confianza, necesidad o ignorancia, muchas veces desafiamos la fuerza de la naturaleza. Construimos, ampliamos y modificamos sin detenernos a pensar que un error estructural puede convertirse, durante un terremoto, en una tragedia.

Las normas de sismorresistencia no son un capricho de los ingenieros ni un obstáculo para quien quiere construir. Son una herramienta para proteger la vida. Una columna, una viga, una escalera o una cubierta mal diseñada pueden parecer insignificantes hasta que la tierra comienza a moverse.

Los recientes movimientos sísmicos deberían servirnos para hacer un alto y preguntarnos si nuestras viviendas, edificios y establecimientos comerciales realmente están preparados. También debemos preguntarnos qué ciudad queremos construir: una ciudad cada vez más vertical, con edificaciones de gran altura, o una ciudad que encuentre un equilibrio entre crecimiento, seguridad y calidad de vida.

No se trata de tenerle miedo a los edificios ni de renunciar al desarrollo. Se trata de desarrollarnos con responsabilidad. La naturaleza no distingue entre ricos y pobres, entre edificios nuevos y antiguos, ni entre quienes cumplieron las normas y quienes las ignoraron.

Por eso, antes de pensar únicamente en ganar espacio, aumentar el valor de un inmueble o aprovechar una cubierta, deberíamos pensar en algo mucho más importante: preservar la vida.

Después de un terremoto, todos comprendemos que somos vulnerables. La pregunta es si necesitamos vivir la tragedia para empezar a prevenirla.

Y queda una reflexión personal que cada uno debe responder: ¿dónde quiero tener mi vivienda: en lo alto o en el piso?