No escribo para predecir el futuro: Escribo sobre el futuro porque creo que el futuro no aparece de un día para otro; se construye lentamente día a día con las decisiones que tomamos hoy.
La ficción tiene el poder de llevar esas decisiones hasta sus últimas consecuencias y preguntarnos, antes de que sea demasiado tarde, si ese es realmente el mundo que queremos tener.
Creo que una buena novela no solo entretiene. También incomoda, despierta preguntas, desafía certezas y permanece en la memoria mucho después de haber sido leída una buena novela es aquella que te pone a pensar.
No me interesa escribir historias que solo sirvan para escapar de la realidad. Me interesa escribir historias que obliguen al lector a opinar de una manera distinta, que lo guíe por un viaje entre memorias del pasado y visiones del futuro.
Vivimos una época extraordinaria. La inteligencia artificial aprende de nuestros hábitos y nos facilita la vida, el dinero cambia de forma, la tecnología redefine nuestras relaciones, la información circula a una velocidad nunca antes vista y la humanidad enfrenta desafíos que hace apenas unas décadas parecían imposibles o ciencia ficción. Frente a esa transformación, la literatura no puede permanecer indiferente.
Mis novelas nacen de una pregunta. Una pregunta que me inquieta, que me obliga a investigar y que termina convirtiéndose en una historia donde los personajes enfrentan los dilemas que, tarde o temprano, también enfrentaremos todos.
No tengo la última palabra. No escribo para ofrecer respuestas definitivas. Escribo para generar opiniones que permitan abrir conversaciones, pues comprendo que no todos pensamos igual.
Creo en el poder de las ideas, pero también en el poder de las emociones, creo que una novela debe hacer pensar, pero antes debe hacer sentir. Debe mantener al lector pasando páginas con la misma intensidad con la que reflexiona sobre aquello que está leyendo.
Aspiro a que cada libro que he escrito —y que escribiré—, sea una invitación a cuestionar el presente, imaginar el futuro y recordar que, detrás de cualquier avance tecnológico, económico o político, siempre habrá una decisión profundamente humana.
También escribo porque creo en la libertad de pensar, porque creo que la imaginación puede anticipar riesgos y revelar oportunidades. Porque la literatura sigue siendo uno de los pocos lugares donde podemos explorar las consecuencias de nuestras decisiones sin tener que sufrirlas primero.
Mi compromiso no es con las modas ni con las tendencias editoriales. Mi compromiso es con el lector, con todo aquel que encuentra en mis libros algo de lo cual aprender, debatir o cuestionar; con ofrecer historias honestas, bien construidas y capaces de acompañarlo mucho después de la última página.
Si algún día mis novelas logran que un lector mire el mundo con más curiosidad, haga una pregunta que antes no se había hecho o tome una decisión con mayor conciencia de sus consecuencias, entonces habrán cumplido su propósito y podré decir que valió la pena.
Porque definitivamente no escribo para decirle al mundo cómo será el mañana, escribo para recordarnos que el mañana todavía está en nuestras manos.