La reorganización del sistema penitenciario colombiano no da más espera. Las cárceles no pueden seguir siendo oficinas del crimen, desde donde se ordenan extorsiones y amenazas. ¿De qué sirve capturar a un delincuente si desde su celda puede seguir aterrorizando a una familia?
La extorsión es un delito que también se comete desde las cárceles. Por eso, bloquear las señales de comunicación ilegal e impedir el ingreso de celulares, antenas y otros dispositivos es una obligación. Quien está privado de la libertad no puede conservar, detrás de los barrotes, una central telefónica para seguir delinquiendo. A la cárcel no debe entrar ni la señal de la Santa Cruz.
También, se requieren requisas y mayor vigilancia, porque los teléfonos no llegan solos a las celdas. ¿Quién los permite? ¿Quién mira hacia otro lado? ¿Quién se beneficia?
La política penitenciaria no puede limitarse a cerrarles la puerta a los delincuentes. La resocialización debe ser prioridad. La cárcel no debería ser una escuela del delito ni un depósito de seres humanos. La pena también debe ofrecer herramientas para que quien quiera cambiar pueda hacerlo y regresar a la sociedad sin volver a delinquir.
El trabajo dignifica, forma hábitos y recupera el sentido de responsabilidad. Sin embargo, las condiciones de muchas cárceles dificultan el acceso de todos los internos a actividades laborales. La lectura y el estudio pueden convertirse en alternativas reales y transformadoras.
Propongo un programa de lectura penitenciaria: por cada libro leído y aprobado mediante una evaluación seria, el interno podría obtener 1 día de redención de pena, si la ley lo permite y bajo criterios claros, verificables y sin privilegios. Se trata de reconocer el esfuerzo y el compromiso con el cambio.
Quien lee amplía su mundo. Un libro puede ser ese amigo que no traiciona, y una puerta para conocer otras realidades. La lectura es una forma sencilla de adquirir cultura y descubrir otros caminos.
El programa debe incluir bibliotecas, acceso a textos y pruebas que demuestren comprensión real. La evaluación debe ser transparente y el beneficio, sujeto a revisión judicial.
A quienes preguntan para qué llevar libros a las cárceles, les respondo: para que las rejas no sean el único horizonte. La seguridad exige impedir que se delinca desde adentro, pero la justicia también debe ofrecer razones para no regresar.
Un celular en manos equivocadas puede prolongar el delito. Un libro puede ayudar a terminarlo. La lectura transforma a los lectores; que también transforme nuestras cárceles.
Mi propuesta no reemplaza la disciplina ni la reparación a las víctimas; la complementa. Porque estudiar permite reconstruir un proyecto de vida y demostrar que hay voluntad de cambiar realmente.