¡NI MAQUETA, NI CARRETA... NI SEGURIDAD!


Con todo respeto, pero la realidad de la ciudad dista mucho de lo que prometían las encuestas de favorabilidad. Hoy resulta evidente que los resultados de la administración no han sido los que muchos esperaban ni los que se anunciaban con tanto entusiasmo en campaña.

No dudo de que las intenciones del alcalde hayan sido las mejores. Sin embargo, entre las intenciones y los resultados suele existir un abismo profundo. La administración actual no ha parado de hacer ruido: anuncios constantes, maquinaria en las calles, obras aquí y allá. Una ciudad intervenida, sí, pero también una ciudad que empieza a preguntarse por los costos… costos que, sinceramente, pocos se atreven a revisar.

Existe un endeudamiento superior al billón de pesos. Una carga que recaerá durante años sobre todos los cartageneros; una deuda pesada para una ciudad que aún no logra resolver problemas estructurales básicos y urgentes.

Pero más grave aún es la crisis de seguridad. El anunciado y “ambicioso” Plan Titán no ha logrado contener la delincuencia. La lucha contra el crimen no se gana con discursos ni con nombres rimbombantes, sino con resultados sostenidos. Y hoy, lamentablemente, la percepción en las calles es otra: la autoridad parece ceder mientras la delincuencia avanza.

Nadie está a salvo en la calle. Mujeres, hombres y niños son víctimas de las balas de los sicarios y de las balas perdidas. Tampoco están a salvo los policías, que pierden la vida mientras intentan proteger la nuestra. La violencia no distingue, no perdona y no se detiene.

Mientras tanto, algunos sí parecen estar protegidos: Dumek, Bruno y Amin; quienes cuentan con esquemas de seguridad, escoltas y vehículos blindados. El contraste es indignante. Para ellos, protección; para el pueblo, plomo y puñaladas.

Los muertos no pueden seguir siendo una estadística más. La sangre que corre en los barrios es la sangre del pueblo, de quienes sostienen la ciudad y de quienes, elección tras elección, depositan su esperanza en las urnas.

Las promesas quedaron en discursos, en maquetas y en anuncios. La realidad, en cambio, se siente en las calles: miedo, incertidumbre y una creciente sensación de abandono.

Porque al final, más allá del ruido y las obras, lo que hoy vive la ciudad no es progreso: es una crisis que exige respuestas urgentes, reales y contundentes.