No estoy de acuerdo con un día para la mujer.


Con todo respeto, pero difiero profundamente de quienes creen que el 8 de marzo es el Día de la Mujer. Para mí, esa idea es un gran error. No porque no reconozca la importancia de la fecha, sino porque considero que se queda corta frente a la grandeza de lo que significa la mujer en nuestras vidas.

Las mujeres, por su naturaleza y por todo lo que representan, son merecedoras de tener para ellas como fecha especial los 365 días del año. No un día aislado, no una jornada simbólica que pasa entre flores y discursos, sino cada día de la semana, del mes, del año. Cada amanecer debería ser una oportunidad para cuidarlas, quererlas, respetarlas y amarlas, y expresarles la importancia de su ser en nuestra sociedad, en nuestras familias y en nuestras vidas.

A ellas debemos nuestra vida. En su vientre comienza nuestra historia. A ellas debemos también el cuidado de nuestra infancia, la paciencia de los primeros pasos, las enseñanzas que marcan nuestro carácter y el afecto que nos acompaña cuando aún no entendemos el mundo. En ellas encontramos el primer refugio y la primera escuela de amor.

Las mujeres son también el primer amor de nuestra juventud, el pilar de nuestros hogares y muchas veces la fuerza silenciosa que sostiene nuestras familias. Son la luz que ilumina nuestras vidas en los momentos de alegría y también en los de dificultad. Con su intuición, su sensibilidad y su fortaleza, acompañan nuestros proyectos y orientan nuestras decisiones cuando el camino parece incierto.

Su instinto es muchas veces la brújula de nuestros barcos. Su presencia es protección para nuestra vida. Sus cuidados, su sabiduría y sus oraciones nos acompañan incluso cuando no lo sabemos. Y su belleza —que no es solo física, sino también espiritual— adorna nuestras vidas y les da sentido.

Por eso considero que resulta insuficiente, incluso discriminatorio, establecer un solo día al año para honrar al ser más sublime de la creación. No basta con un homenaje anual ni con un mensaje ocasional. Las mujeres merecen reconocimiento permanente, respeto cotidiano y gratitud constante.

Las mujeres no necesitan un día para ser recordadas; necesitan una vida entera para ser valoradas.

Por eso, más que celebrar un día de la mujer, yo prefiero recordar que ellas merecen ser honradas, respetadas y exaltadas durante los 365 días del año. Porque sin ellas, simplemente, el mundo no sería posible. Y tampoco tendría sentido.