Cartagena crece hacia arriba, pero su gente se hunde


“El  desarrollo de una ciudad que no eleva el bienestar de su gente es apenas un decorado que oculta su caída.”

A juzgar por lo poco que sé, existen ciudades que se expanden como la verdolaga sobre la playa; Cartagena de Indias, en cambio, parece habitar una paradoja inexorable. Aquí, el paisaje urbano se ha convertido en una vitrina de modernidad: torres y complejos residenciales que se multiplican por doquier, junto a proyectos de infraestructura que buscan posicionar a esta urbe cosmopolita como un destino competitivo para el turismo nacional e internacional.

 

No obstante, a veces se convierte en una Venecia de aguas sucias y malolientes cuando la lluvia rebosa las alcantarillas de los barrios más icónicos. A simple vista —o, como diría Perogrullo, a vuelo de pájaro— todo indica avance, desarrollo y progreso. Sin embargo, cuando usted, amigo lector, deja de observar esa bella postal detenida en el tiempo y la historia, y posa su mirada sobre el territorio donde habita la mayoría, surge, como un vórtice ineludible de contradicciones, una realidad contundente: el crecimiento físico de calles y edificios no se refleja en el bienestar social.

 

El relato de que aquí se construirá el edificio más alto del país o el malecón más largo, entre otras “grandes ideas”, mantiene a la población en un adormecimiento general, bajo la falsa premisa de que la opulencia física es sinónimo de dignidad humana. ¡Qué ironías tiene la vida!

 

Esto que escribo no es ficción: es realidad. Veamos: según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la informalidad laboral en Cartagena supera el 50 % en distintos periodos recientes, lo que demuestra, con evidencias contundentes, una estructura económica frágil en la que un número considerable de trabajadores carece de estabilidad y protección social (DANE, 2023). Asimismo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha señalado que la ciudad presenta profundas desigualdades socioespaciales, con contrastes marcados entre zonas turísticas y sectores periféricos (PNUD, 2020).

 

El problema, entonces, no es el crecimiento urbano en sí, sino su desconexión con la equidad. Como lo plantea Joseph Stiglitz, el crecimiento económico puede coexistir con altos niveles de desigualdad cuando no está acompañado de políticas redistributivas (Stiglitz, 2012). Luego entonces, Cartagena confirma esta tesis: una ciudad que crece en inversión en aspectos arquitectónicos, pero no en inclusión, no puede afirmarse que vele por el progreso de su población.

 

El mercado laboral refuerza esta gran incongruencia. Aunque el turismo dinamiza la economía local, no garantiza empleos de calidad para sus habitantes, sino que beneficia principalmente a quienes controlan las empresas del sector turístico, así como de la industria y el comercio.

 

Por otra parte, el Banco de la República ha señalado que las economías basadas en servicios turísticos tienden a generar empleos temporales, informales y de baja remuneración, sin impactar de manera estructural la pobreza (Banco de la República, 2019), una problemática que se acrecienta constantemente en contextos como el nuestro, donde la injusticia, la desigualdad y el abandono son el pan de cada día.

 

En las calles, estas cifras se traducen en realidades concretas: vendedores informales, jóvenes sin oportunidades laborales y familias atrapadas en economías de subsistencia. ¿Serán, entonces, fallas del sistema o expresiones de su diseño?

 

Cabe destacar que a esto se suma la inseguridad: un problema de nunca acabar, alimentado en parte por la aplicación débil o contradictoria de algunas normas jurídicas que terminan desprotegiendo a la población inerme. Según la Red de Ciudades Cómo Vamos, la percepción de inseguridad en Cartagena ha aumentado, afectando la confianza ciudadana y el uso del espacio público (Cartagena Cómo Vamos, 2022). La ciudad se fragmenta entre zonas protegidas y territorios abandonados donde gobierna la ilegalidad.

 

La movilidad urbana también evidencia un gran desbalance. El parque automotor ha superado la planificación territorial. Estudios del Banco Interamericano de Desarrollo señalan que la falta de integración entre el transporte y el desarrollo urbano genera congestión, pérdida de productividad y deterioro de la calidad de vida (BID, 2018). Duele, pero hay que decirlo: circulan muchos automotores por muy pocas calles.

 

Ante esta contundente realidad, la crítica es inevitable: la gestión pública parece haber reducido el desarrollo a su dimensión más visible —la infraestructura—, ignorando su base social. Se privilegia lo que se inaugura sobre lo que transforma la condición humana.

 

Sin embargo, el Banco Mundial sostiene que el desarrollo urbano sostenible requiere integrar el crecimiento económico, la inclusión social y la planificación territorial (Banco Mundial, 2020). Cuando estos elementos no convergen, el progreso se vuelve desigual y excluyente.

 

Cartagena necesita un giro. Como afirmaría un amigo: “No basta con construir ciudad: hay que construir ciudadanía. No basta con atraer inversión: hay que distribuir oportunidades. No basta con modernizar la infraestructura: hay que dignificar la vida”. Porque una ciudad no se mide por la altura de sus edificios, sino por la altura de sus posibilidades humanas.

 

Una ciudad que crece sin su gente no crece: se vacía. Y Cartagena, hoy, corre ese riesgo silencioso.

Referencias

  • Banco de la República. (2019). Economía de las ciudades turísticas en Colombia. Cartagena: Centro de Estudios Económicos Regionales (CEER).
  • Banco Interamericano de Desarrollo (BID). (2018). La congestión urbana en América Latina y el Caribe: causas y soluciones. Washington, D.C.
  • Banco Mundial. (2020). Cities and productivity: A toolkit for urban leadersWashington, D.C.
  • Cartagena Cómo Vamos. (2022). Informe de calidad de vida en Cartagena.
  • Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). (2023). Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH).
  • Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). (2020). Informe sobre desarrollo humano en Colombia.
  • Stiglitz, J. E. (2012). The price of inequality. New York: W. W. Norton & Company.