El maestro rebelde


“Enseñar exige la convicción de que el cambio es posible. 

Enseñar exige saber que la educación es una forma de intervención en el mundo.” 

Paulo Freire

Siempre que tenga la oportunidad de reflexionar sobre mi quehacer y la razón de lo que debería ser la educación, surgirán reflexiones que incomodan a quienes defienden lo establecido y desean que todo permanezca inamovible. En este momento abordo una inquietud que desde hace rato circula en mi mente y me interpela para que mis ideas no se anquilosen por la inactividad de mi cerebro. Por lo tanto, creo que en todo acto educativo se presenta siempre una tensión que provoca la siguiente pregunta: ¿La escuela forma personas con mentes libres y autónomas capaces de cuestionar la realidad o está ahí para adormecer el pensamiento y entregar un producto útil al mercado? Respondo con una advertencia que Iván Illich formuló hace más de medio siglo y que sigue reinando con una vigencia pasmosa. Illich —aquel pensador austriaco radical que desnudó los artificios de la escolarización obligatoria y nos enseñó a ver en las aulas no santuarios del saber, sino las agencias publicitarias de una modernidad industrial obsesionada con la medida y el consumo— anticipó la gran trampa en la que hoy zozobra esta sociedad. Y ni los tiempos ni las dinámicas escolares han cambiado, sino que se han consolidado con mucha más fuerza.

Es de precisar que en este siglo XXI, todo el andamiaje escolar y social mutó de forma que debería inquietar a cualquier persona que se precie de ser maestro; aquel que tiene como epistemología los conocimientos de la pedagogía, la didáctica y la metodología, además de su saber disciplinar actualizado para el quehacer. Si cruzamos o relacionamos la intuición de Illich con los diagnósticos de autores contemporáneos como Byung-Chul Han, se advierte que el control ya no se ejerce mediante la presión y la coerción burocrática del viejo pupitre, sino a través de la autoexplotación voluntaria del sujeto, del rendimiento y de la colonización algorítmica de la atención, la concentración y el acto inhibidor a través de las redes sociales y las inteligencias artificiales. 

Sobra decir que el sistema educativo contemporáneo corre un peligro inmenso —si es que ya no se está viviendo esa realidad— de volverse una herramienta más del tecno-capitalismo: ese espacio impuesto desde el poder económico-financiero donde la gran mayoría de los estudiantes y los maestros ya no son sujetos políticos críticos en formación a través del diálogo, sino meros consumidores y ejecutores de las microcompetencias, de la información y de los datos. Datos, en un gran porcentaje, escuetos y fríos que se asumen como verdad absoluta, así como información diseñada para manipular opinión y comportamientos.

Considero que frente a esa contundente realidad, las ideas críticas sobre la lectura, la escritura y la literatura que se defienden desde la escuela pública adquieren un peso contestatario, que los maestros no pueden soslayar de buenas a primeras porque sería como subyugarse ante una lesiva imposición que arrastra la función social del maestro. En estos planteamientos no se entiende la lectura como la mera decodificación primaria y funcional de la información ni como el consumo dócil de contenidos pre-digeridos por plataformas y algoritmos. Aquí, leer es un acto de resistencia íntima; es habitar la demora, rozar la opacidad del lenguaje y permitir que la literatura —lejos de ser un adorno decorativo del currículo o un ítem evaluable en pruebas estandarizadas— sea el espacio donde la lengua, a través del diálogo respetuoso, rompa los automatismos del poder y agrande los horizontes de aquello que es posible. Esto es, que se reconfiguren significados que soterradamente se mantienen latentes en los textos.

Por otra parte, escribir, en sintonía con lo que se expresa aquí, no es imitar textos preformateados para cumplir con los estándares técnicos que solo los producen sin la expresividad íntima de aquel que los escribe. Es un temblor del pensamiento, la raíz de la propia voz frente al aunado coro de la tecnocracia y de la desmedida prisa de este siglo XXI, deshumanizado por el egoísmo, la descalificación y la estigmatización de los “otros”.

En otras palabras, en nuestras calurosas aulas cartageneras, ese dilema se vive cotidianamente. Como maestros y maestras, que habitamos la escuela pública de a pie, en el quehacer diario constatamos cómo la obsesión por lo cuantitativo y la hiperconectividad adormecen la capacidad de asombro de nuestros estudiantes. La gran mayoría de las veces se premia aquella respuesta dócil y predecible por encima de la pregunta incómoda; se valora el rendimiento técnico antes que el riesgo estético y crítico. Cada vez se asesina la creatividad, el asombro y el interrogante, dejando que la clasificación entre buenos y malos permee la realidad de la escuela. No obstante, la clasificación entre instituciones buenas y malas se sigue mostrando, la escuela pública se mantiene vertical, señalando rebeldemente que educarse es no tragar entero. 

Entonces, de acuerdo con todo lo anterior, creo que frente a ese panorama, el aula debería ser también un microcosmos de resistencia viva. Pues, ante la imposición publicitaria y algorítmica de la escuela del siglo XXI, el maestro tiene la tarea de convertir ese espacio escolar en una fuerza de emancipación. La idea no es tratar de decretar una huida ingenua de la institución, sino habitarla a contracorriente: desvelar sus trampas, desnaturalizar sus jerarquías y devolverle a la palabra oral y escrita su indómita dignidad.

Creo, en última instancia, que el interrogante que nos dejan Illich y los dilemas de nuestro presente no es un lamento nostálgico, sino una provocación urgente para quienes sostenemos el marcador y la palabra: ¿la escuela está configurando un cauce para que nuestros estudiantes sucumban ante el conformismo digital, o sigue administrando el catálogo de una sociedad que nos exige encajar?