El Mundial de las Fronteras: "la pelota no se mancha"


¡Hipócrita! 

“Saca primero la viga de tu propio ojo, 

y entonces verás claro para sacar la paja 

del ojo de tu hermano”.

Mateo 7:5

"De una misma sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, 

para que habiten sobre toda la faz de la tierra... 

Pero ellos han levantado barreras." 

Hechos 17:26

Lamentable y cruel es la forma en que se observa, en algunos videos que circulan en las redes sociales, el trato que reciben deportistas de selecciones de fútbol que llegaron a USA y  que competirán en el Mundial 2026. Por momentos, aunque el balón aún no rueda para alzar la Copa Mundial, la política xenófoba ya ganó el encuentro; el balón está manchado, recordemos las palabras de Maradona. Sí, el deporte —y, en este caso, el más explotado por la avaricia mercantil— debería ser un modelo de hermandad entre los pueblos del mundo. Mas no ha sido así según los videos.

Entonces, durante décadas, la FIFA ha insistido en vender una imagen casi mística del fútbol: un lenguaje universal capaz de unir pueblos, culturas, religiones y sistemas políticos. Cada Mundial es presentado como una celebración donde las diferencias quedan suspendidas por noventa minutos y millones de personas comparten una misma emoción. Sin embargo, los acontecimientos ocurridos en las horas previas al inicio de la Copa Mundial de 2026 demuestran lo contrario: el fútbol no está por encima de la política; está atrapado dentro de ella.

Las denuncias y señalamientos sobre retenciones migratorias a integrantes de delegaciones deportivas, dificultades para la expedición de visados y restricciones que afectan a participantes provenientes de determinados países han puesto en evidencia una realidad incómoda. Cuando el torneo deportivo más universal del mundo llega a una potencia mundial como lo es USA, la lógica de la seguridad nacional termina imponiéndose sobre el discurso manido de la integración universal.

Amigos, en este caso, no se trata de casos aislados. Lo preocupante es el mensaje simbólico que transmiten. En mi concepto, el deporte y, en este caso, un Mundial de fútbol deberían ser el escenario donde los atletas —futbolistas— son reconocidos por su talento, no por el país estampado en su pasaporte. Pues, cuando en las imágenes se observa que un jugador, un árbitro o un miembro de una delegación es sometido a procedimientos exageradamente denigrantes por su nacionalidad, el deporte deja de ser un espacio de encuentro y comienza a parecerse a una extensión de los conflictos internacionales.

Lo más ejemplarizante y paradójico es que esta situación acaece  en el momento histórico en que las organizaciones deportivas —y en especial la FIFA_— hablan de inclusión, diversidad y ciudadanía global. Los discursos institucionales celebran la multiculturalidad mientras las fronteras y sus vigilantes armados recuerdan que no todos los ciudadanos del mundo son tratados de la misma manera. Creo que con esa actitud se demuestra una vez más que existen pasaportes que abren puertas y pasaportes que levantan sospechas. Que existen nacionalidades que transitan con facilidad y otras que deben justificar su presencia aunque hayan clasificado en franca competencia.

La contradicción no se puede soslayar desde ninguna óptica. La FIFA organiza una fiesta mundial del fútbol en un contexto internacional marcado por la desconfianza, las tensiones geopolíticas y el fortalecimiento de políticas migratorias restrictivas y degradantes. La consecuencia de esto es una escena que raya en el absurdo y lo macondiano: un organismo que proclama la unión de los pueblos y que se precia de no depender de ninguna concepción política, termina subyugándose a decisiones de un Estado que, en la práctica, establece quién puede participar sin obstáculos y quién debe atravesar un laberinto burocrático. Parece mentira, pero eso se percibe en los videos.

No obstante lo anterior, desde América Latina, este fenómeno toma una dimensión adicional. Siempre los países del sur global han sido objeto de discursos donde se les presenta como naciones problemáticas, inseguras o incapaces de garantizar grandes eventos internacionales. Se le mira la estilla con esos ojos de descalificación y ahora no se observa la tranca que tiene en su ojo. Es decir, cuando situaciones similares suceden en una potencia occidental como es el caso de USA, la narrativa suele transformarlas en asuntos administrativos o medidas legítimas de seguridad.

Ese doble rasero merece ser examinado con atención. La crítica no consiste en negar el derecho soberano de un Estado a controlar sus fronteras. Todo país tiene la facultad de hacerlo. La cuestión es otra: ¿puede un evento que se presenta como patrimonio de toda la humanidad desarrollarse bajo criterios que generan desigualdades evidentes entre sus participantes? ¿Puede hablarse de igualdad competitiva cuando algunos equipos deben concentrarse exclusivamente en el rendimiento deportivo y otros deben preocuparse también por obstáculos migratorios, visados o controles extraordinarios? Las respuestas deben darse asumiendo una postura de rechazo a toda discriminación o a los comportamientos xenófobos evidenciados en esas actitudes descalificadoras.

Tal vez la gran lección de este Mundial no tenga que ver con táctica, goles o sistemas de juego. Quizás el verdadero aprendizaje sea comprender que la globalización prometida durante décadas nunca fue tan universal como nos hicieron creer. Las mercancías circulan con libertad. Los capitales atraviesan continentes en segundos. Las plataformas digitales conectan el planeta entero. Pero los seres humanos continúan encontrando fronteras que los clasifican según su origen, su nacionalidad o los conflictos asociados a sus países.

Por eso, el problema no es deportivo solamente. Estamos observando una radiografía palmaria de este tiempo. Una sociedad que habla  y se da golpes de pecho enunciando apertura mientras fortalece talanqueras fronterizas. Un sistema sociopolítico internacional que habla de inclusión mientras reproduce estratos y jerarquías entre multimillonarios y pobres. En fin, una comunidad mundial que celebra la diversidad siempre y cuando esta no incomode los mecanismos de control y exclusión.

La pelota  aún no rueda en los gramados de los estadios de México, Canadá y Estados Unidos, pero ya está claro que este Mundial de 2026 se recordará por algo más que los resultados en la cancha. Será un espejo donde se reflejen las contradicciones de estos tiempos aciagos, donde los discursos de integración y hermandad se estrellan contra los muros visibles e invisibles de una geopolítica mercantilizada y deshumanizada.

Y quizá esa sea la derrota más preocupante de todas: que antes del primer pitazo ya estemos comprobando que las fronteras siguen teniendo más poder que el fútbol.