“El hombre no tiene naturaleza, sino historia.”
José Ortega y Gasset
“Nadie educa a nadie, los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo.”
Paulo Freire
“El miedo es la emoción más política de todas.”
Byung-Chul Han
“Las emociones nos suceden; los sentimientos los construimos.”
António Damásio
Hay una pregunta que los audiolibros de autoayuda responden demasiado rápido y que la filosofía, por el contrario, lleva siglos respondiendo con honestidad: ¿qué le pasa al ser humano cuando la tierra que pisa deja de ser firme? No hago referencia al suelo metafórico de la crisis existencial de cada uno de nosotros, ese que cada generación redescubre con narcisismo. Me refiero al suelo concreto, histórico, colectivo: el de una época que ha decidido posarse en la incertidumbre como si fuera su norte. Es cierto, vivimos, puedo decirlo sin eufemismos, en una época que nos desregula. Y esa desregulación no es política o económica; es emocional.
Detengámonos aquí un momento, porque el discurso cotidiano ha borrado una frontera conceptual que no debería borrarse: la diferencia semántica entre emoción y sentimiento. No son sinónimos, aunque se usen como si lo fueran. El neurocientífico António Damásio, en su obra El error de Descartes, propone una distinción que considero pertinente: las emociones son respuestas biológicas, automáticas, corporales —el miedo que te contrae el estómago antes de que la mente sepa exactamente por qué; la alegría que expande el pecho sin pedir permiso —. Los sentimientos, por el contrario, son las representaciones mentales de ese estado corporal, la conciencia racional que el sujeto construye sobre lo que le ocurre. Las emociones nos suceden; los sentimientos, en cierta medida, los construimos de acuerdo a ellas. Esta distinción importa en tiempos de incertidumbre porque lo primero que la crisis actual destruye es esa capacidad de elaboración. Cuando el miedo es crónico, deja de ser procesado y se convierte en ruido de fondo. Cuando la angustia es el clima y no el evento, el ser humano pierde la posibilidad de transformar la emoción en un sentimiento reflexivo y, con ello, pierde algo más grave: la posibilidad de actuar desde la comprensión en lugar de reaccionar desde el instinto.
No me parece ingenuo ni conspirativo afirmar que el miedo, en estos tiempos, no es solo una respuesta ante lo desconocido; también es un instrumento. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano-alemán cuya lucidez incómoda resulta cada vez más urgente, sostiene en La sociedad del cansancio que el sujeto contemporáneo no es víctima de la represión, sino de la rendición voluntaria: se agota en el cumplimiento de sus propias demandas, en la producción incesante de rendimiento, visibilidad y optimización. Pero agregaría que detrás de esa compulsión productiva hay, casi siempre, un miedo que no tiene nombre preciso: el miedo a no ser suficiente, a quedar por fuera, a volverse prescindible en un mundo que cambia sus reglas mientras juegas. En Colombia, este miedo tiene además capas históricas que no pueden ignorarse. Un pueblo que ha vivido décadas de conflicto armado, desplazamiento, corrupción sistémica y promesas incumplidas no elabora el miedo de la misma manera que una sociedad que ha conocido períodos largos de estabilidad. Aquí el miedo es, en muchos casos, memoria corporal, lo que los psicólogos del trauma llaman respuesta somática: el cuerpo recuerda aunque la mente haya decidido olvidar. Pedirle a ese cuerpo que "sea resiliente" sin antes reconocer lo que cargó es, más que un consejo vacío, una forma sutil de violencia.
Hay otra paradoja que define nuestra época y que tiene consecuencias emocionales profundas: nunca habíamos estado tan comunicados y nunca habíamos estado tan solos. Las plataformas digitales, que prometían comunidad, han producido en muchos casos lo contrario: burbujas de afirmación donde el otro desaparece como interlocutor real y se convierte en espejo o en enemigo. La investigadora Sherry Turkle, del MIT, documentó con precisión quirúrgica este fenómeno en Alone Together: estamos físicamente solos mientras gestionamos decenas de relaciones virtuales, y esa gestión, lejos de nutrir la vida afectiva, la empobrece porque el vínculo genuino requiere presencia, riesgo, imprevisibilidad. Un estudiante que llega al aula hoy no solo trae consigo la incertidumbre económica de su familia, la violencia del barrio o la fragmentación política del país; trae también la desertización afectiva de quien ha aprendido a relacionarse con pantallas más que con personas. Y cuando ese estudiante no sabe nombrar lo que siente —cuando su vocabulario emocional es tan precario como su cuenta bancaria—, el problema ya no es solo psicológico: es político, es epistémico, es una forma de pobreza que el sistema educativo no siempre sabe ver porque está demasiado ocupado midiendo competencias.
Hablo desde mi lugar, que no es el del terapeuta ni el del político, sino el del maestro. Y desde ese lugar tengo que ser honesto: la escuela no puede curar lo que la sociedad produce, pero tampoco puede actuar como si ese dolor no existiera. Cuando un adolescente llega al aula con los ojos apagados —no por pereza sino por agotamiento existencial— y el docente le exige que conjugue verbos en subjuntivo o que analice la estructura del ensayo argumentativo, sin antes reconocer que ese muchacho o esa muchacha está librando una batalla interior que no eligió, algo falla. No en el currículo; en la mirada. Paulo Freire lo dijo con una sencillez que sigo considerando radical: nadie educa a nadie, los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo. Ese mundo, hoy, está emocionalmente fracturado; ignorarlo no es rigor académico, es cobardía pedagógica. Pero tampoco puedo romantizar la emoción hasta el punto de convertir el aula en un consultorio o en una sesión de catarsis colectiva. Las emociones no son el fin de la educación, son su condición de posibilidad. Un estudiante que no ha elaborado mínimamente su miedo, su ira o su tristeza no puede aprender con verdadera profundidad, porque el pensamiento crítico exige una disponibilidad interior que la angustia no desbordada bloquea. En ese sentido, atender la vida emocional en la escuela no es una concesión sentimental: es una decisión epistemológica.
Termino con algo que quizás resulte contracultural en este tiempo de coaches, mentores digitales y aplicaciones para la felicidad: creo que tenemos derecho a la incertidumbre. Derecho a no saber; derecho a sentir miedo sin que ese miedo sea inmediatamente patologizado, medicado o convertido en contenido de superación personal. La incertidumbre no es solo el problema, es la señal de que todavía somos capaces de hacernos preguntas que no tienen respuesta fácil. Y esa capacidad, en un mundo que vende certezas a precio de suscripción mensual, es casi un acto de resistencia. El filósofo español José Ortega y Gasset escribió que el hombre no tiene naturaleza sino historia. Yo diría, revisándolo desde este presente, que el hombre tampoco tiene respuestas: tiene preguntas que lo mantienen en pie. Y mientras seamos capaces de formularnos las preguntas correctas sobre lo que sentimos, sobre lo que nos duele, sobre lo que todavía esperamos del mundo y de los otros, no habremos naufragado del todo. Navegar en la incertidumbre no es lo mismo que ahogarse en ella. La diferencia está en si contamos con palabras para nombrar las olas.
Referencias
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Damasio, A. (1994). El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano. Crítica.
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Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
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Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder Editorial.
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Ortega y Gasset, J. (1935). Historia como sistema. Revista de Occidente.
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Turkle, S. (2011). Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. Basic Books.