No soy historiador y desconozco algunos acontecimientos que marcaron la realidad del país del Sagrado Corazón, Colombia. Ahora, con el incremento de las redes sociales, muchas personas inquietas, movidas por rescatar del olvido esos eventos que golpearon a esta sufrida nación, me entero de un aberrante e inhumano suceso. No lo podía creer y me puse a averiguar, y surgió, límpida e incólume, la evidencia registrada por periódicos colombianos y venezolanos de esa época.
Cabría señalar que nuestra historia está rebosante de silencios que pesan más que muchos discursos oficiales. Sí, silencios de hechos que no solo estremecen por su violencia descarnada, sino por la naturalidad con la que alguna vez fueron aceptados por una sociedad indolente ante los sufrimientos de los desfavorecidos, a quienes observan como animales sin alma.
Impávido leo que la Masacre de La Rubiera, 25 de diciembre de 1967, pertenece a esa zona oscura de nuestra memoria histórica nacional donde la barbarie dejó de parecer excepcional y se convirtió en costumbre. Y hoy, esa misma forma de violencia física y psicológica se sigue convirtiendo en la piedra angular de una sociedad llena de sangre, no solo por el racismo subyacente, sino también por la descalificación del otro, por el uso de un verbo hiriente, por el irrespeto hacia el semejante y por el abandono estatal.
Aquí, lo verdaderamente insoportable y sospechoso no es solo que, en aquellas calendas de 1967, hayan sido asesinados dieciséis indígenas Cuibas en una hacienda perdida del Arauca profundo, sino la tranquilidad y la premeditación con la que sus asesinos se expresaron, según los medios, después de lo ocurrido, como si estuvieran describiendo una faena cualquiera del Llano y no una carnicería humana.
En el relato se cuenta que todo comenzó con la invitación a un sancocho —comida de nuestra tradición culinaria—. Ese tipo de comida se usa para socializar, generando confianza, parentesco momentáneo. Todo fue premeditado. Sí, detrás de todo aquello se escondía una emboscada. Los Cuibas llegaron porque el hambre nunca sospecha y porque nadie imagina que una invitación a comer pueda convertirse en sentencia de muerte. Mientras compartían el alimento, fueron atacados con garrotes, cuchillos, hachas y disparos. Mataron hombres, mujeres y niños. Algunos cuerpos fueron quemados después, como si incluso muertos siguieran estorbando.
Sin embargo, lo aberrante apareció cuando los asesinos confesaron sin culpa. No intentaron ocultarse ni construir coartadas heroicas. Dijeron que “guahibiar” era normal en esas tierras. Así, con una serenidad aterradora. Las palabras quedaron flotando como una prueba brutal de hasta dónde puede degradarse una sociedad cuando convierte el exterminio en hábito cultural.
Guahibiar significaba salir a cazar indígenas cuibas del mismo modo en que se cazaban animales en la sabana. Y quizás no exista una evidencia más clara de la deshumanización que esa: transformar personas en fauna indeseable, convertir la vida ajena en una molestia eliminable. Algo parecido a una propuesta que surgió de la cabeza de una política del país para separar el departamento del Cauca entre blancos e indígenas.
Para mí, esa propuesta aparentemente insignificante es de lo más inquietante, pues no nació de la nada ni de la simple perversidad individual, sino, según mi percepción, de una cosmovisión arraigada en la memoria de una clase política que se cree dueña del mundo y de los demás. Como dirían en el Caribe, “se creen los dueños del mundo y que los demás vivan alquilados”. Considero que ninguna atrocidad colectiva surge aislada. Detrás de cada crimen de odio hay una pedagogía previa, una educación silenciosa que enseña quién vale menos, quién incomoda, quién sobra.
Durante siglos, el indígena, el negro, el pobre han sido mirados como un obstáculo para el progreso, como figuras salvajes, atrasadas o prescindibles. El lenguaje colonial sembró la idea de que algunos cuerpos eran menos humanos que otros y, cuando esa idea se normaliza, la violencia deja de verse como crimen y empieza a percibirse como rutina. Por eso los asesinos de aquella atrocidad hablaron sin vergüenza, sin arrepentimiento: porque no sentían que hubieran roto el orden moral del mundo; creían, por el contrario, que estaban actuando dentro de él.
Entonces, mis queridos lectores, la absolución del jurado popular desnudó, en aquellos tiempos, la Colombia profunda donde la justicia también tenía color étnico y jerarquías humanas. Algo de ello aún persiste sin inmutarse, circulando en nuestra realidad. Creo que dieciséis muertos indígenas no fueron suficientes para producir indignación inmediata ni castigo ejemplar; fue la forma de aceptar la exclusión e insensibilidad de una clase gobernante que no le interesa a la gente de a pie.
El fallo judicial no fue únicamente un error en ese momento: fue el reflejo de una mentalidad nacional arraigada e incapaz de reconocer plenamente la humanidad de quienes habitaban los márgenes. La tragedia solo escandalizó cuando la noticia atravesó fronteras y el país se vio obligado a mirarse en el espejo de su propia infamia. Pero incluso entonces la indignación llegó tarde, como suele ocurrir siempre cuando las víctimas pertenecen al pueblo que históricamente está condenado al silencio.
Lo doloroso es comprender que La Rubiera no representa un hecho aislado, sino un símbolo de algo mucho más antiguo y profundo. Pues, la historia de América está atravesada por exterminios pequeños y cotidianos que nunca ocuparon titulares ni expedientes. Muchos de esos quedaron enterrados en selvas, sabanas y ríos sin dejar rastro documental. Probablemente existieron decenas de “sancochos de la infamia” que jamás fueron contados porque nadie consideró importante narrar la muerte de los Nadies. Estoy convencido de que allí radica una de las grandes tragedias de Colombia: no solo que se asesine a comunidades enteras, sino que también se intentó borrar su memoria y seguir como si nada hubiera pasado.
Y aun así, los Cuibas todavía sobreviven. Persisten en los márgenes de un territorio que alguna vez recorrieron libremente sus ancestros. Su sola existencia es una forma de resistencia frente a siglos de expulsión, desprecio y violencia. Permanecen como un recuerdo incómodo de que este país no puede contarse únicamente desde las capitales, los héroes oficiales o los discursos institucionales. Colombia también está hecha de pueblos arrinconados, lenguas perseguidas y muertos sin duelo público.
Recordar y sacar esta historia de los anaqueles del olvido no debería ser un ejercicio de morbo histórico, sino un acto de conciencia ética para no seguir repitiendo la historia de sangre que nos persigue de tiempos milenarios. Porque la barbarie rara vez llega anunciándose como barbarie. A veces se disfraza de costumbre, de tradición, de sentido común. A veces se sienta a la mesa, sirve comida y sonríe antes de atacar. Y cuando una sociedad permite que ciertas vidas valgan menos que otras, el horror deja de ser excepción para convertirse en paisaje.
Quizás por eso esta historia sigue doliendo tanto. Porque obliga a preguntarnos cuántas formas de desprecio siguen vivas hoy bajo nombres más elegantes, cuántas exclusiones todavía se justifican desde la indiferencia y cuántas veces seguimos mirando hacia otro lado cuando las víctimas pertenecen a quienes históricamente nunca tuvieron voz. Esa masacre no pertenece únicamente al pasado. Sigue siendo una advertencia. Es una de esas heridas que Colombia necesita tocar para entender que el olvido también puede convertirse en complicidad.
Referencias bibliográficas
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