El doctor israelí Yuval Noah Harari abre el prólogo de su libro Nexus con una pregunta que incomoda a cualquiera que se precie de pensador: ¿por qué somos tan buenos acumulando poder y tan torpes a la hora de usarlo con sabiduría? El Homo sapiens se ha equivocado y lo sigue haciendo. Con esa presentación del texto considero que puede realizarse una analogía con lo que sucede en Colombia. Para ilustrarlo, empleo las dos historias con las que Harari ejemplifica: él recupera dos mitos que no son simples anécdotas del pasado literario. Podrían ser el diagnóstico de nuestro presente político. El primero es la historia de Faetón, el joven que convence al dios del sol de cederle el control del carro celestial y, en cuestión de horas, quema la tierra. El segundo es el aprendiz de brujo de Goethe, ese muchacho que lanza un hechizo sobre una escoba para ahorrarse el trabajo y termina inundando el taller porque no sabe cómo detener lo que él mismo invocó. Harari no los usa como ornamento literario. Los usa como advertencia. Y esa advertencia tiene nombre, apellido y tarjeta de campaña en la Colombia de 2026.
No hace falta mucha imaginación para reconocer el síndrome de Faetón en la plataforma de una ideología política colombiana que hoy devora la opinión pública. La lógica es idéntica. Es la osadía de quien no ha construido las instituciones que pretende manejar, de quien jamás ha habitado la complejidad de los problemas que promete resolver y que, sin embargo, exige que le entreguen el carro del sol. El argumento de fondo no es técnico ni programático; es pura emoción. La certeza del elegido. La confianza ciega del que cree que basta con querer para poder. Faetón también estaba convencido de su origen divino. El resultado fue el incendio.
Lo que se nos propone no es un programa de gobierno; es una colección de gestos ideológicos disfrazados de pragmatismo. El fracking como salvación energética en territorios con pozos ya secos, el recorte a la inversión social en una nación donde el hambre no es una estadística sino una realidad cotidiana en los semáforos, y la promesa de reformas que en otros contextos solo agravaron la miseria. Esto no es tecnocracia. Es el aprendiz de brujo poniendo la escoba en movimiento sin tener la menor idea de cómo se deletrea el conjuro para detenerla.
Harari señala algo que la política electoral suele enterrar adrede: el poder nunca es individual. Es el resultado de redes de cooperación. Lo grave es que cuando esas redes se sostienen sobre ficciones simplistas —esas que dividen el mundo entre el pueblo puro y la élite corrupta, entre los buenos patriotas y los traidores— quedan estructuralmente incapacitadas para gobernar. No porque sus líderes sean monstruos perversos, sino porque la propia ficción les nubla la vista. Les impide ver la realidad con la precisión que exige el diseño de una política pública.
El populismo que hoy circula en los medios de información y las redes sociales por el país opera justo así. Convierte la información en un arma de doble filo. Deslegitima a las universidades, a los centros de pensamiento y a las instituciones que producen conocimiento complejo. A cambio, ofrece la claridad reconfortante del líder que sabe lo que "el pueblo" necesita sin necesidad de consultarlo. Es “analfabetismo político” y “analfabetismo funcional” puros disfrazados de sentido común.
De acuerdo con todo esto, hablemos del fracking y las inversiones de compañías extranjeras, el ejemplo más brutal de este síndrome. Invocarlo en pleno siglo XXI no es una propuesta técnica. Es un acto de fe arcaico, deshumanizado y malvado. Es la maldad en pasta contra la humanidad, especialmente la de nuestro país. Creo que nuestra nación no tiene la institucionalidad ambiental ni la capacidad de vigilancia para controlar el veneno en territorios que ya cargan con décadas de despojo, violencia y abandono estatal. Allí, en esos lugares, la tierra está envenenada. Proponerlo en estas condiciones es revivir al aprendiz de brujo. Invocar un poder que nos desborda. Solo que aquí el taller no es una habitación de piedra: son nuestros acuíferos, los ecosistemas de páramo, ríos, bosques y comunidades enteras que no tendrán ningún brujo anciano que regrese a deshacer el hechizo. Tenemos que pensar bien para no equivocarnos y seguir en lo mismo otros cuatro años.
Hay algo más profundo y peligroso detrás de todo esto: su epistemología. Esa convicción de que gobernar es solo administrar y cuadrar caja, no comprender; de que la austeridad fiscal es una virtud divina, sin importar a quiénes hunda el recorte; de que la inversión en lo social es un capricho ideológico y no la base del desarrollo. Esta forma de ver el mundo ya gobernó Colombia y los resultados han sido nefastos. Los resultados se pueden ver en las cifras de informalidad laboral, en la brecha insalvable entre un colegio de élite en Bogotá y una escuela sin techo en el Chocó, y en una violencia que ningún ejército ha logrado extirpar porque sus raíces son económicas y su combustible es la exclusión.
Más información no equivale automáticamente a más sabiduría. Más poder no garantiza mejores decisiones. Lo que determina el rumbo es la red que sostiene al gobernante y los mecanismos que existan para corregir los errores antes de que sean irreversibles. Una propuesta que debilita los contrapesos, que castiga el presupuesto de educación y que privilegia la rentabilidad del pozo sobre la vida de la cuenca hídrica no está simplificando el Estado. Lo está desarmando. Está rompiendo los frenos del carro antes de la bajada.
Nuestro país merece una discusión política a la altura de su propia complejidad histórica. No la promesa adormecedora del orden ni la nostalgia de un modelo que sirvió a unos pocos donde hubo muertes que gritan justicia. Necesitamos gobernantes que no confundan la terquedad con la competencia, ni la firmeza con la sabiduría. Faetón también era firme cuando tomó las riendas del carruaje. El problema nunca fue su carácter; el problema era que no sabía manejarlo.
La pregunta real no es si el país quiere un cambio. Por supuesto que lo desea. La pregunta es qué tipo de cambio, hacia dónde nos lleva y quiénes pagarán los platos rotos. Elegir sin responder a esto es entregarle el carro del sol a alguien que acaba de descubrir dónde queda el acelerador.