La democracia simulada


«La mentira organizada no busca que le crean; 

busca destruir la capacidad misma de distinguir lo verdadero de lo falso.»

Hannah Arendt

Siempre que me pongo a analizar la realidad de Colombia, la comparo con la de aquellos países hermanos que hacen parte de nuestro continente. Da grima saber que siempre somos los subyugados, los estigmatizados, los que no debemos liberarnos ni ser soberanos y decidir por nosotros, sino que tenemos que plegarnos a los intereses de las potencias, o bien porque hay muchos apátridas o bien porque el poder de los oligopolios está por encima de los intereses de la población sin poder económico. Esa es una contundente y palmaria realidad.  

Hoy, hay una pregunta que casi nadie hace ni la harà, tal vez porque la respuesta nos hace mirar de frente algo incómodo: ¿cuántos de los gobiernos que han administrado nuestra vida político-economica durante muchos años; esos que ha administran —los impuestos que pagamos, las balas que no se investigan, los ríos que se secan por una licencia ambiental firmada a la carrera— llegaron al poder no por convicción de las mayorías, sino por la ingeniería paciente de una bodega digital? Esta pregunta no es retórica ni discurso de odio. Quizás, es la pregunta central que se debe hacer en este momento histórico, pero la eluden los medios periodísticos y la gente, porque responderla obligaría a admitir que la democracia que creemos habitar y defender ya fue, en buena parte, remplazada por un simulacro de ella. Esa es la cruda y palmaria realidad.

La historia de la humanidad ha demostrado con evidencias que durante siglos, el poder de los pueblos se disputó con ejércitos, con dinero, con sermones desde el púlpito. Hoy se disputa con algoritmos que aprenden más rápido de nuestros miedos que de nuestra racionalidad. La diferencia no es menor: un ejército se ve, un algoritmo no. Una bodega de trolls y de bots no irrumpe en la plaza pública, se cuela en ella disfrazada de opinión espontánea, y ahí radica su eficacia —y también su perversidad y malditicidad. No convence: satura hasta el cansancio con sus estupideces que el analfabeta funcional acepta como verdad única y absoluta. No argumenta con la contundencia de un pensamiento crítico sopesado: repite hasta que la misma se confunde con la verdad. Allí está la manipulación de conciencias y de pensamientos.

Y hay que expresarlo, detrás de esa maquinaria tecnológica hay algo que nunca se nombra con la contundencia que merece: dinero. Sí, mucho dinero, casi siempre mal habido u opaco, como dicen los expertos, que no distingue entre financiar una campaña y financiar una guerra de baja intensidad contra la conciencia del ciudadano de a pie. El capital que compra bots es, en última instancia, el mismo que compra concesiones mineras en territorio indígena, que compra silencio ante el desplazamiento forzado, que compra la mirada hacia otro lado cuando una comunidad entera pierde su río. No son fenómenos distintos. Son la misma voracidad, vestida con trajes distintos según el escenario.

Aquí está la paradoja que sostiene todo el edificio: se defiende la "voluntad popular" con las herramientas más antidemocráticas jamás inventadas. Se invoca al pueblo mientras se le manipula el pulso emocional con precisión de cirujano. Y mientras esa disputa se lleva a cabo en las pantallas, en la vida real —la que no cabe en un tema del momento— hay niños y ancianos que respiran el polvo de una mina que nunca debió aprobarse para su explotacion, jóvenes que entierran a sus compañeros porque su territorio se volvió zona de disputa entre economías ilegales que ningún gobierno "elegido democráticamente, de derecha o de izquierda" se atrevió a desmontar, mujeres que siguen siendo la primera frontera de sacrificio cuando el Estado se repliega para dejarle el terreno al mercado.

Entonces, ninguna bodega de bots va a titular eso. No conviene. La indignación se dosifica: se activa cuando el enemigo político comete el error, se apaga cuando lo comete el aliado.

No es casual que algunos pensadores hayan insistido en que la mentira organizada, a diferencia de la mentira individual, no busca que le crean: busca destruir la capacidad misma de distinguir lo verdadero de lo falso. Eso es exactamente lo que logra una bodega digital bien financiada. No necesita convencernos de una mentira puntual; le basta con agotarnos hasta que dejemos de exigir pruebas. Y una ciudadanía, muchas veces analfabeta, que solo ve telenoticieros de los conglomerados financieros y que renuncia a exigir pruebas, es una ciudadanía que ya renunció, sin saberlo, a gobernarse a sí misma y a aceptar pacientemente su destino. 

Frente a este pasaje de simulación, la resignación no es una opción. ¿Qué hacer, entonces? Considero que al menos se deben hacer tres cosas, ninguna suficiente por sí sola: por un lado, es urgente exigir trazabilidad real del financiamiento político digital, algo que hoy ninguna autoridad electoral de la región fiscaliza con la seriedad que el fenómeno exige; por el otros, fortalecer una educación crítica que no enseñe qué pensar sino cómo detectar el mecanismo que quiere pensar por nosotros; y, sobre todo, recuperar el tiempo lento de la deliberación pública frente al tiempo acelerado de la indignación programada, porque ninguna democracia sobrevive mucho tiempo a ciudadanos que ya no tienen paciencia para pensar.

Luego entonces, mis amigos y amigas, quizás la última pregunta no sea si las elecciones se las están robando con bots y la manipulación de conciencias—eso, a estas alturas, ya casi nadie lo discute en serio—. El interrogante que debería quitarnos el sueño es otro: ¿cuánto tiempo sobrevivirá la idea misma de democracia, cuando hasta la indignación que se siente frente a sus abusos fue, también ella, cuidadosamente fabricada para que no llegara a ningún lado?