La gente dice que estoy loco


La gente dice que estoy loco, pero yo estoy cuerdo. No me creen lo que digo porque siempre sale a relucir que alucino mucho. “Qué vivo alienado”, dicen con tecnicismos los expertos que me han tratado. Solo cuento la verdad, lo que mis ojos ven y mis oídos escuchan. Soy profesional: terminé en una universidad pública que era y es un hervidero de ideas contestatarias interesantes contra el poder hegemónico.

Cuando me gradué, se me dio por caminar y caminar y hablar solo. Mi familia, en ese entonces, creyó que me había desquiciado, me metió en un psiquiátrico del que me escapé cierta noche —de las que alucinan—, y desde ese día camino por las calles de esta ciudad caribeña como si yo fuera el único  amo y señor, aunque otros dicen que es de ellos. Reconozco que es una de las más hermosas que poseo entre mis tesoros; aunque no conozco otras, sé que está en una hermosa bahía, cerca de una sierra altanera que se levanta imponente retando los cielos de esta tierra. He visto tantas cosas que a veces se me olvidan los detalles. Pero esto que mi amigo me hace contar, está de película 

Déjame decirte que la historia comienza cuando uno de mis amigos de caminatas me sugiere que debo contar esta verdad que muchos dirán que es mentira. Me da lo mismo; me despojo de esa carga que llevo desde que viví esta situación. “Escribe la historia” —dijo con su pausada voz— hasta en una pared. Y dijo: “Recuerda que si solo la conservas en tus recuerdos, es como si nunca hubiera sucedido, como si hubiera sido un sueño”. Pero, les soy sincero, aunque me digan loco, eso pasó. Me he preguntado muchas veces si es una ficción o sucedió en medio de la lucha de mis fantasmas por acosarme y martirizarme todos los benditos días. Lo mejor es contarla para despojarme de esa carga negativa, de ese karma que me hace ver todo con unos ojos de realidad distorsionada; por eso la cuento y también la voy escribiendo a pedazos en las paredes de esta ciudad, aunque parezca una mentira elucubrada por mi enmarañada mente.

En el Caribe hay noches, en especial las de estos días en la ciudad, que no olían a brisa marina ni a pescado frito, sino a pólvora de utilería. Y aquí comienza la película —perdón, la historia—: Sucedió hace poco en esta soleada ciudad del Caribe. Los pocos turistas que había apuraban sus bebidas en los estaderos que adornan la ciudad; de repente, el aire se llenó del sordo sonido de un helicóptero que volaba bajo y hacía temblar los cristales de las ventanas, puertas, vasos y botellas. No era un operativo contra el crimen; era algo más solemne y audiovisual: pensé que era el rodaje de una película de esas en las que siempre hay un héroe portando armas cuyas balas nunca se acaban. Me senté y observé expectante toda la escena como si estuviera enfrente de la pantalla de un teatro al aire libre. Debo decir que me encontraba tirado en el piso; vi toda esta película. Muchos dirán que mi tendencia es la mendacidad, pero no, no lo soy vivo, eso sí , de la mendicidad.

De repente, de entre algunos vehículos blindados emergió la figura del “héroe” a quien, para efectos del rigor histórico, llamaremos el “Señor Gaznápiro”. Apareció con el torso inflado y erguido, ajustado en un chaleco antibalas diseñado a la medida por un sastre de alta costura, una pistola al cinto, un radioteléfono en la mano y una marcha como reclamando cada metro cuadrado del concreto de la calle. Era la primera vez que veía esto; los registros históricos nunca habían reseñado a un tipo con esas ínfulas, ni siquiera a quienes sí habían sido militares de carrera. Tal vez estoy equivocado.

A su alrededor, un séquito de guardaespaldas con camisas blancas y pantalones oscuros y un comando de élite en traje de combate corrían al mismo compás: los primeros, protegiéndolo con los chalecos “cortabalas” y los otros avanzando con sincronía militar ante las cámaras que los seguían con iluminación flotante. Estoy seguro de que podría ser nominada a un Óscar.  Debo decir que en estos días leí sobre proxémica y lenguaje corporal. Me pareció que la exhibición de lenguaje de dominancia no buscaba únicamente patrullar, tal vez, buscaba indicar poder. Yo veo el miedo retratado y oculto tras esa forma de mostrarse. El  “Señor Gaznápiro” buscaba actuar para las cámaras que le seguían en primer plano. No encarnaba la pausada e impersonal fuerza de un Estado, esa que actúa con códigos silenciosos, sino la transgresora de principios elementales como el respeto a la institucionalidad. Él personificaba la fuerza de las balas en carne y hueso. Las instituciones militares y policiales —merecían respeto desde la distancia— y, para él, quedaban relegadas a un segundo plano, convertidas en comparsas o coreutas espurios que le acompañaban para hacer las escenas más risibles. Sí, miraba hacia el horizonte con la barbilla en alto, imitando el gesto heroico de los Chachos del cine bélico de los años ochenta, y, entonces, lanzó la expresión enérgica, que el libretista y algunos amantes de la guerra —que nunca han estado en la guerra— esperaban con las ansias de quienes disfrutan el derramamiento de sangre ajena: —¡Los vamos a cazar como las ratas que son! —gritó con una fingida voz de varón varonil ante los micrófonos. Y enmarcado por la luz de un reflector y el rugido de los motores, terminó: ¡Al infierno van a dar en bolsas!

Esas expresiones alcancé a escuchar antes de levantarme del sitio donde me encontraba. Sitio que se había convertido en mi hotel desde que estoy en estas calles.

Las frases, cargadas de una retórica de confrontación directa —dignas de las teorías de identidad social de Tajfel, donde el “nosotros” impoluto destruye al “ellos” deshumanizado—, resonaron en las calles desiertas. Les soy sincero: no había gente; todos se estaban guardando en sus casas. Sin embargo, detrás de esa parafernalia, la realidad no atendía a la música épica que la oficina de prensa y los medios tradicionales —me dicen los orates que ven esas cajas de resonancia— añadieron posteriormente al video promocional.

En la distancia, después de la carrera cinematográfica del Gaznápiro, en la recepción de algún hotel del interior, me imagino que los teléfonos no paraban de sonar. Quizás no eran personas agradecidas por el despliegue del “Rambo criollo” en la hermosa bahía, sino familias aterrorizadas, llenas de miedo, que cancelaban sus reservas de vacaciones.

—Si la ciudad requiere un líder corriendo con chaleco y pistola a medianoche — debieron haber pensado los turistas al otro lado de la línea mientras veían las imágenes en sus televisores y celulares—, tal vez no sea el lugar ideal para llevar a los niños a tomar el sol.

Ahí radica la trágica paradoja del nuevo teatro-política nacional que se ha montado. En su afán por escenificar un control absoluto y personalísimo, la imagen terminó proyectando la sensación opuesta: la de una ciudad tomada por la zozobra y la de un “semihéroe” que se da golpes de pecho desconociendo la violenta realidad que lleva más de cincuenta años azotándola con la connivencia de prestantes familias. La psicología del miedo funciona antes que un informe técnico de seguridad; el cerebro humano ve un despliegue de guerra y concluye con una lacerante angustia mucho antes de leer las cifras oficiales de la fuerza policial. Mientras el señor Gaznápiro posaba para el encuadre perfecto, las ocupaciones hoteleras en el corredor turístico caían a niveles desoladores.

Huelga decir que al cabo de un par de horas, las luces de los reflectores se apagaron, los helicópteros y los Kfir regresaron a sus bases y el Gaznápiro y su séquito de coreutas abordaron los aviones ejecutivos de vuelta a la capital. La escenografía se desmontó rápidamente, dejando tras de sí calles tranquilas y vacías, los comercios cerrados. Y a los habitantes observando las sombras del mar con el miedo en los tuétanos.

En mi locura, me puse a pensar que gobernar un país no es dirigir una producción cinematográfica; no basta con correr hacia la lente y prometer venganza. La fuerza del Estado es necesaria y debe ser firme frente a la delincuencia, pero no requiere un espectáculo para ser legítima. Cuando la cámara se apaga y la música épica deja de sonar, quedan los problemas complejos: la economía local resentida, las gentes de a pie con el miedo pegado a la piel y la seguridad real insegura y el trabajo constante de las instituciones como unos invitados de papel solo para emplear las armas indiscriminadamente contra sus hermanos sin saber si son o no delincuentes. Y para eso, desafortunadamente para los amantes del cine de acción, no existen dobles de riesgo ni efectos especiales.

Nota sobre Henri Tajfel: Psicólogo social de origen polaco (1919-1982), célebre por desarrollar la teoría de la identidad social junto con John Turner. Su trabajo experimental demostró cómo los seres humanos categorizan rápidamente el mundo social en un “nosotros” (el grupo de pertenencia o endogrupo) y un “ellos” (el grupo externo o exogrupo), tendiendo a favorecer al propio grupo y a deshumanizar o discriminar al ajeno. Este sesgo cognitivo es frecuentemente instrumentalizado en la retórica política y de conflicto para avivar polarizaciones y dinámicas de enemistad.