La lectura como acto de insurgencia y construcción del sujeto crítico


Leer no es caminar sobre las palabras. 

Es desconfiar de su transparencia para encontrar la voz que calla y

la intención que organiza nuestra mirada. 

El joven estudiante pasa los ojos una y otra vez por el texto, como deseando exprimir los signos que aparecen apiñados ahí. Lee pasando los ojos por las líneas sin comprender lo que se le desea expresar en esa primera fase de acercamiento al texto. Él no asume ninguna postura y por eso el texto le parece insignificante, algo sin sentido. Tal vez no aprendió durante sus horas de estudio —si es que hizo eso— que cuando se lee hay que detenerse, observar, “rumiar” el texto y no dejarse llevar por el desespero, pues cuando se lee nos tenemos que detener, demorarnos más de la cuenta, discutir con el texto y con el autor, puesto que cuando realizamos ese contacto es preciso tener en cuenta no solo lo que nos dice el texto, sino también en cómo se arma ese decir, en lo que calla, en eso que queda insinuado y que, por lo mismo, pesa significativamente y nos reta a deconstruirlo. 

De acuerdo con lo planteado anteriormente, creo que leer es, en el fondo, incomodarse, sentirse en desacuerdo frente a lo evidente. Porque no se lee para asentir o ponernos de acuerdo con todo lo que el autor nos dice o nos insinúa. Es buscar lo dicho en lo no dicho; trascenderlo y hacerlo nuestro a nuestra manera de ver el mundo. De esta forma la lectura cumple su función: generar conocimientos y placeres.

Así que la lectura crítica, esa que incomoda, mis estimados amigos, comienza justo cuando el texto deja de parecer transparente y empieza a mostrar sus costuras, sus dobleces, sus polifonías, generando un diálogo entre contrincantes civilizados: un autor y un lector, cada uno con sus cosmovisiones, deseando negociar significados expresados e implícitos. Entonces, cuando ese texto deja de consumirse sin resistencia y empieza a discutirse, mis amigos, es el momento de la construcción de saberes, conocimientos, aprendizajes. Se podría señalar que se lee críticamente para crecer como lector crítico. No se trata de desconfiar por costumbre, sino de asumir algo más elemental: lo que parece natural, casi siempre, ha sido producido. Y todo discurso —también el que circula en el mundo y, principalmente, en el contexto académico— no solo informa; organiza una forma de mirar el mundo, a veces sin que se note demasiado. Y el lector crítico no puede ni debe asumir todo como verdad absoluta. No caer en esa urdiembre y aceptar como si fuera un muñeco de ventrílocuo. 

Se podría decir categóricamente que ese desplazamiento, del cual se viene señalando, transforma al estudiante o al lector en un verdadero crítico textual. Ya no es quien recibe y repite descriteriadamente —aunque muchas veces la academia insista en eso—, sino quien entra en tensión con el texto. Lo interroga, lo pone a prueba, decide qué hacer con él. Puesto que no existe lectura neutral, como no existe enseñanza completamente inocente. Siempre hay una mirada en juego, incluso cuando se intenta ocultarla.

Por último, mis amigos y pupilos, insistir en formar lectores que solo decodifican es dejarlos a mitad de camino. Pueden leer palabras, sí, pero no alcanzan a leer lo que esas palabras expresan. La lectura debe cumplir la función desestabilizadora del pensamiento y del conocimiento establecido por esos poderes hegemónicos que han gobernado para defender sus intereses particulares. Promover y enseñar a través de la lectura crítica es otra cosa: es formar sujetos que pregunten, que resistan la obviedad, que no concedan sentido sin antes disputarlo… o, al menos, sin haberlo puesto en duda. Dudar es liberarnos de las cadenas de la ignorancia y de la esclavitud cultural que ha sido impuesta durante muchos siglos.