Los querulantes: entre la legítima crítica y la queja estéril


Hace algunos días manifestaba mi inconformidad en uno de mis textos; puesto que, ciertos medios de “información” se les olvida que su papel es vital en una "democracia", pero pareciera que no cumplen ese rol de ser informantes objetivos. En lugar de análisis serios con evidencias, circula un torrente de datos y opiniones que más confunden que aclaran. Y ahí, entre periodistas, opinadores y políticos de todos los colores, abundan los querulantes: los que se quejan por todo, los que convierten cada asunto en un agravio personal. Los que todo le hieda, nada les huele. ¿O estarán defendiendo unos intereses?

Si usted, lector curioso, busca en cualquier diccionario, encontrará que queruloso proviene del latín querulus: “el que se queja”. Se trata de personas que protestan de manera habitual, insistente y excesiva. En psicología incluso se habla de “personalidad querulante”: un patrón de desconfianza y suspicacia que interpreta los motivos ajenos como maliciosos. ¿Le suena familiar en periodismo actual o en el debate político del país?

En teoría, la oposición es indispensable: vigila al poder, señala errores y propone caminos alternativos. En la práctica, una parte visible tanto del gobierno como de la oposición han caído en la querulancia. Todo es crisis, todo es escándalo, todo es “ilegal o ilegitimo” incluso antes de demostrarlo. La consigna reemplaza al argumento. Y entonces el control político se degrada en una rutina previsible: ruedas de prensa incendiarias, demandas que rara vez prosperan y un desfile constante de indignación en redes sociales. Ruido, más que transparencia.

Las consecuencias son claras. Primero, se banalizan los mecanismos de control institucional: tantas denuncias sin sustento terminan por saturar a las entidades y acostumbrar al ciudadano a la alarma falsa. ¿Qué pasa cuando aparece una irregularidad real? Su impacto se diluye. Segundo, se erosiona la confianza pública: la política se percibe como un cuadrilátero de relatos donde “todo vale”, y la ciudadanía se desconecta, se pierde en un marasmo de narrativas insustanciales que no contribuye para crecer como nación.

A esto se suma la pobreza programática. Se critica con fuerza, pero se propone poco. Se dice “no” a las reformas sociales, a la seguridad, a la implementación de acuerdos… pero rara vez se explica el “cómo sí”. Bloquear no es gobernar. La oposición responsable es la que mejora lo existente o plantea rutas distintas y creíbles.

El problema es también ético. Convertir la denuncia en estrategia permanente incentiva la desinformación y el uso instrumental de la justicia. La reputación ajena se convierte en munición desechable. Y cuando los procesos no avanzan por falta de pruebas, casi nunca hay rectificación proporcional al daño causado. ¿No es eso una degradación del espacio público, de la democracia?

Por supuesto, el gobierno comete errores y merece críticas severas. Pero severidad no es sinónimo de estridencia, de bulla mediática. El periodismo de datos y argumentos, el control parlamentario riguroso y la deliberación informada producen más cambios que la queja constante. Basta mirar oposiciones sólidas en otros países: fiscalizan con evidencia, construyen propuestas y reservan la denuncia judicial para hechos verificables.

Colombia necesita una oposición menos querulante y más estadista. Una que entienda que la legitimidad se gana con coherencia, no con altos decibeles en los medios; con propuestas, no con hashtags; con pruebas, no con insinuaciones o malquerencias. Persistir en la queja puede dar aplausos momentáneos, pero a largo plazo empobrece la democracia y fortalece aquello que dice combatir: el desencanto ciudadano.

Confieso que me preocupa más el ruido que la crítica: el ruido desgasta, la crítica construye. En tiempos de polarización, la crítica responsable es un acto de valentía intelectual. La querulancia, en cambio, es la comodidad del ruido. Y Colombia ya ha pagado demasiado caro ese ruido. ¡Pensemos un poco!