En este texto transgresor de lo que la lectura lineal y unidimensional intenta ofrecer, hago una interpretación desde una perspectiva que rompe los cánones con los cuales nos han enseñado en la educación tradicional. No es nada de otro mundo, sino una forma de abordar connotativamente los textos. Los textos pueden comprenderse e interpretarse, sin romper lo que desean decir ellos, y recrear significados que permitan hacer de la lectura una polifonía de significados que posibilitan un placer diferente al establecido por el poder hegemónico: encontrar a los personajes y sus acciones, lugares y mensajes explícitos de estos. Pero no, la lectura es un periplo mucho más valioso y placentero que dignifica tanto al creador como al lector a la vez. De allí la trascendencia de esta habilidad o competencia, como la llaman algunos expertos cuando es bien realizada. En fin, un texto de esta tipología puede abordarse desde lo económico, lo psicológico, lo antropológico, lo político, lo estético, entre otras dimensiones del saber y la experiencia.
Entonces, pongámonos a la tarea: con el paso de los años, muchas de las historias que marcaron nuestra infancia comienzan a envejecer con nosotros. Algunas pierden vigencia y quedan atrapadas en la maraña de su tiempo; otras, en cambio, parecen transformarse cada vez que las releemos. Se adaptan, dialogan con nuevas realidades y nos permiten ver lo que antes pasaba desapercibido. Es como si dejáramos de leer con inocencia.
En ese segundo grupo se ubica la historia de Hansel y Gretel. Durante mucho tiempo se entendió como un simple cuento infantil sobre dos niños abandonados en un bosque. Sin embargo, cuando se observa con más detenimiento —desde la semiótica, la hermenéutica o incluso el análisis del discurso—, el relato adquiere otra profundidad. Empieza a parecerse más a una metáfora inquietante sobre comunidades que, ante el desamparo, aprenden a sobrevivir como pueden.
Si algo mantiene vigente este relato, no es la figura fantástica de la bruja ni la casa hecha de dulces. Lo verdaderamente perturbador está en la pregunta que atraviesa toda la trama: ¿qué sucede cuando quienes deberían protegernos dejan de hacerlo? Y esa es una pregunta que, de manera inevitable, resuena con fuerza en el contexto colombiano.
El país ha recorrido durante más de dos siglos un camino difícil, casi como si avanzara dentro de una espesa selva o bosque del que cuesta encontrar la salida. No se trata de un escenario literal, sino de uno hecho de desigualdades, promesas incumplidas, conflictos repetidos, corrupción y violencias que cambian de nombre, pero no de consecuencias. Aun así, en medio de ese panorama incierto, muchas personas han aprendido a orientarse sin mapas claros, buscando cómo sostener su dignidad en condiciones adversas. Al releer la obra desde esta perspectiva, se hace evidente que su riqueza no está en lo que cuenta, sino en lo que sugiere o lo que inferamos. Así, mientras el bosque se despoja de su condición física para encarnar la incertidumbre, el pan insinúa una frágil esperanza de retorno. Las migas, más que una guía segura, muestran lo fácil que es perder el rumbo cuando todo se vuelve inestable. La casa de dulces, por su parte, seduce como tantas promesas que parecen ofrecer solución inmediata, pero esconden otras intenciones. Y la bruja encarna esas formas de poder que se aprovechan de la vulnerabilidad. Incluso el horno, que podría parecer solo un elemento final, termina siendo un punto de quiebre donde el orden establecido se subvierte.
Analizada así, la fábula deja de ser un simple relato infantil y empieza a dialogar con experiencias sociales concretas. Todo en ella arranca con un abandono. ¿No es ahí donde empieza también buena parte de nuestra historia?
En el cuento, los padres toman la decisión de dejar a sus hijos porque no pueden alimentarlos. Es una escena dura, pero también simbólica: cuando quienes deberían cuidar renuncian a su responsabilidad, los más vulnerables quedan solos frente a un mundo que no eligieron. En Colombia, esta situación no resulta extraña. Hay territorios donde el Estado sigue siendo más una idea que una presencia real.
Muchas comunidades han tenido que aprender a vivir sin condiciones básicas garantizadas: sin educación suficiente, sin acceso digno a la salud, sin justicia efectiva. El desamparo no siempre se manifiesta de manera directa; a veces aparece en forma de indiferencia o de ausencia prolongada. Es ahí donde el entorno hostil deja de ser metáfora y se convierte en experiencia cotidiana.
No es raro, entonces, que los niños pierdan el camino. Cuando faltan referencias claras, cualquier dirección parece válida. El aislamiento representa ese espacio donde las certezas se diluyen y el miedo empieza a organizar la vida. Durante décadas, el país ha transitado por un escenario similar, atravesado por conflictos, violencias y profundas desigualdades.
Aun así, hay intentos de no olvidar. En el relato, Hansel deja migas de pan esperando poder regresar. Es un gesto profundamente humano: tratar de dejar señales cuando se teme perderse.
Informes, testimonios y memoriales se alzan en nuestra historia como intentos urgentes por conservar la memoria; sin embargo, estas huellas suelen diluirse con rapidez, consumidas por la desinformación, la polarización o la costumbre de pasar la página demasiado pronto. Y es justo en ese punto cuando aparece la casa de dulces.
Porque nada resulta más atractivo para quien ha soportado hambre e incertidumbre que una promesa de bienestar inmediato. La estructura azucarada no obliga, no amenaza; simplemente seduce ofreciendo aquello que el entorno negó. En este punto de quiebre, el riesgo se disfraza de refugio y el ciclo de la incertidumbre se cierra sobre el caminante cansado.
En ese detalle se esconde una de las claves más potentes del texto. Cuando una sociedad se siente agotada, es comprensible que se aferre a cualquier alternativa que prometa alivio. No se trata necesariamente de ingenuidad, sino de cansancio. Sin embargo, no siempre lo que parece solución lo es. A veces, detrás del aparente amparo, se oculta la continuación del mismo bosque.
Según mi percepción, es necesario estar a la expectativa ante la nueva administración del país para que no nos vuelva a suceder lo que se ha normalizado en el país por muchas décadas y gobiernos: mentiras, miedo, odio fraternal, abandono, discriminación, exclusión y estigmatización.