Soy lo que he leído


"Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído." 

Jorge Luis Borges

Esto no es un panegírico de la lectura; sin embargo, es necesario resaltarla como una habilidad básica para el ser humano. Quizás para otros sea una competencia que moldea y fortalece el conocimiento a través de las actividades sinápticas del cerebro.

Este texto está dedicado a quienes —mis estudiantes de todos los niveles académicos— se sientan a escuchar mis clases y participan conmigo en ese periplo por los saberes de nuestra lengua, sus múltiples dimensiones y laliteratura.

Aquí estoy, sentado en un escaño cerca de los salones de clase; observo pasar a los jóvenes estudiantes mientras advierto, al frente, en una pared blanca y con letras grandes, un mensaje sugestivo y contundente: “Soy lo que he leído”.

 

Es una frase con la clara intencionalidad de subrayar, en este espacio académico, la trascendencia de uno de los procesos cognitivos más decisivos del aprendizaje humano. Una proposición cargada de connotaciones que invita a los estudiantes a interiorizar, durante su formación escolar, el valor de esa bella y profundamente humana actividad.

 

No somos solo lo que decimos ni lo que recordamos: somos, en gran medida, lo que hemos leído. Y leer no es únicamente descifrar letras alineadas en una página; leer es comprender e interpretar el mundo, comprender e interpretar los gestos humanos, descifrar silencios, analizar comportamientos, reconocer injusticias y nombrar lo que muchas veces se quiere ocultar. Leer es un acto profundamente humano y, por eso mismo, profundamente formativo.

 

Desde los primeros años de escolaridad, la lectura cumple una función fundacional. En la infancia, leer es aprender a mirar: descubrir que el lenguaje – esa capacidad de significar y simbolizar el mundo- organiza la realidad y que las palabras no solo nombran objetos, sino emociones, relaciones y experiencias. Cuando un niño lee —o es leído— empieza a construir sentido, a ampliar su mundo y a desarrollar la capacidad de imaginar alternativas. Allí, la lectura no es un requisito académico, sino una puerta abierta a la curiosidad y al pensamiento.

 

En la educación básica y media, la lectura se transforma en una herramienta crítica. Ya no basta con comprender lo explícito; es necesario inferir, contrastar, cuestionar y tomar posición. Leer textos académicos, literarios, científicos o periodísticos implica aprender a reconocer intenciones, ideologías y estructuras de poder. Pero también supone leer la realidad social: entender el contexto, interpretar los discursos políticos, analizar los medios y reflexionar sobre las prácticas cotidianas. En este nivel, la lectura forma ciudadanos capaces de pensar por sí mismos y no repetir mecánicamente lo que otros dicen.

En la educación superior, la lectura se vuelve rigurosa, dialógica y ética. El estudiante universitario no solo recibe conocimientos: conversa con autores, debate teorías, confronta saberes y produce nuevos sentidos. Leer aquí es un ejercicio de responsabilidad intelectual, porque de esa lectura dependerán decisiones profesionales, investigaciones, políticas públicas y transformaciones sociales. Quien no lee críticamente, actúa a ciegas; quien lee con profundidad, asume el compromiso de comprender antes de intervenir.

Sin embargo, la lectura no termina con los títulos académicos. A lo largo de la vida, seguimos leyendo el mundo: los cambios culturales, las tensiones sociales, las relaciones humanas, nuestras propias contradicciones. La lectura permanente nos permite no endurecer el pensamiento, no caer en dogmas, no reducir la realidad a explicaciones simples. Leer nos mantiene despiertos. Nos humaniza para conciliar las contradicciones y civilizarnos a través del diálogo de saberes entre el lector y el escritor.

 

Decir y escribir “soy lo que he leído” es reconocer que cada texto, cada experiencia comprendida e interpretada, cada realidad discernida deja una huella en nuestra forma de pensar, sentir y actuar. Por eso, una educación que descuida la lectura —en cualquiera de sus niveles— no solo empobrece el aprendizaje, sino la humanidad misma. Leer es formarse; pero, sobre todo, es aprender a ser en el mundo con conciencia, sensibilidad y sentido crítico.

 

Leer es aprender a ser; y quien no lee, renuncia a comprender el mundo.