Hay profesores que uno recuerda por lo que enseñaron. Y hay otros —quizás la mayoría de los que realmente dejan huella— que permanecen en la memoria por cómo hicieron sentir a sus estudiantes. A veces por la ternura, otras por la exigencia, por el regaño oportuno, por una frase repetida hasta el cansancio, por una risa colectiva en medio de una clase o incluso por ese temor respetuoso que imponían cuando entraban al salón. La memoria escolar, curiosamente, suele estar más atravesada por la emocionalidad que por las notas del boletín.
Con los años, uno entiende que todos, en medio de la rutina de clases, tareas, evaluaciones y reuniones de padres, trataron de cumplir con su rol. Algunos conectaron más que otros pero todos, de alguna manera, hicieron parte de esa construcción silenciosa que termina siendo la formación de una vida.
Quizá por las mismas dinámicas de la memoria autobiográfica —que suele recordar más lo extraordinario, lo lúdico o lo emocionalmente intenso— poco se habla de las profesoras de preescolar cuando hacemos remembranzas o agradecimientos. Y eso que ellas conforman el primer gran bloque de formación de cualquier ser humano. Son quienes reciben a un niño todavía asombrado por el mundo, llorando a veces, aferrado a la mano de su mamá o su papá, y comienzan a enseñarle las primeras formas de convivencia, lenguaje, juego, atención y afecto.
Todavía recuerdo mi llegada al jardín infantil “Jean Piaget”, el de la "seño" Carmen, en el año 1983: aquellos cinco salones llenos de niños y niñas jugando, cantando, corriendo, algunos siendo llamados al orden por ese comportamiento inquieto tan propio de la infancia, y otros concentrados armando figuras con el armatodo. Lo curioso es que varias de las compañeritas que jugaban conmigo el armatodo siguen siendo, 46 años después, amigas y hermanas de la vida. Así de poderosos son los primeros vínculos que nacen en esos espacios donde una profesora no solo enseña colores o vocales, sino también humanidad.
Después vino el colegio. La primaria de las profes “de todito”, cuando una sola maestra enseñaba español, sociales, matemáticas, naturales y hasta corregía la postura del cuaderno. Lo especializado se lo dejaban al inglés y a educación física. Recuerdo a las profesoras de primero —Graciela— y segundo —Alfa— con aquella línea del buen comportamiento que parecía tener poderes disciplinarios inmediatos.
Y luego están los directores de grupo, como que terminan siendo parte de la banda sonora emocional de la primera infancia y adolescencia. Desde 1986 hasta 1996 quedaron muchos nombres y escenas guardadas: la profe de tercero, Lina, organizándonos en grupos con roles definidos: monitor, mensajero, aseo, convivencia, cuidado de las plantas del salón; sin saberlo, nos estaba enseñando trabajo colectivo y ciudadanía básica. La profe de cuarto, Rosa, siempre con una sonrisa permanente que hacía sentir tranquilo hasta al estudiante más nervioso. La profe de quinto, Pastora, brillante para las matemáticas y las sociales.
En bachillerato llegaron otros estilos. El profe de sexto —Benítez— animaba los centros literarios con su guitarra. La profe de séptimo —Marina— convirtió las obras de teatro y los bailes en algunos de los mejores recuerdos escolares. El profe de octavo, —Zúñiga— un bacán buena gente, llenaba el tablero de ejercicios matemáticos como si aquello fuera una competencia contra el espacio disponible. El de noveno, Roncallo, serio y respetado —o temido, según algunos— enseñaba contabilidad y matemáticas con una rigurosidad que hoy se agradece más que nunca. El de décimo —Uviberto— saludaba siempre con un "buenos días, muchachos", de tranquilidad contagiosa. Y el de undécimo, Lorduy: otro competidor del espacio en el tablero con fórmulas del cálculo y movimientos continuos.
También aparecen en la memoria más profesores que rompían la rutina del salón tradicional: entre el de educación física que impartía gimnasia y castigaba el desorden con 500 líneas —Sigifredo—, y el otro profe chévere y deportista que me dejaba trotar la loma del colegio varias veces —Lara—, quizá sin saber que estaba ayudando a formar hábitos que trascienden cualquier cancha. Los profesores de inglés de noveno hasta undécimo —Joaquín y Rafa— también tienen un lugar especial: en los años 90, estudiar en el Colombo era casi un símbolo de estatus académico: “ese sí sabe inglés”. Ahí entendimos que el inglés de la vida cotidiana se parecía poco al de los libros escolares.
El profesor de química, “Juanchito” para todos, no solo me enseñó nomenclatura orgánica —que increíblemente terminé usando mucho en la universidad— sino que además sabía de ciencias naturales, geografía y de tantas otras cosas que parecía una enciclopedia ambulante. El de física, Almanza, entre clases serias y bromas inesperadas, repetía aquella frase de que en Soplaviento “la inteligencia es peste”. A veces todavía me pregunto si esa sentencia sigue vigente o si las nuevas generaciones del pueblo lograron fortalecerla.

Con Flórez, el profesor de artística, no aprendí precisamente a dibujar, pero sí aprendí fotografía, composición, maquetas, manejo del escalímetro y muchas habilidades manuales que hoy parecen extinguirse entre pantallas táctiles y plantillas digitales. Y el profesor de biología de octavo, Canedo, fue quien me hizo literalmente “tragar” de la biología. Nunca terminé siendo biólogo, pero desde entonces disfruto escuchar a quienes saben realmente del tema, como quien conserva intacta una curiosidad sembrada hace décadas.
Años después llegó la universidad, ese momento en el que uno cree que ya viene “formado”, que se las sabe todas, hasta descubrir que todavía faltaban profesores capaces de desarmar certezas y abrir preguntas nuevas: rigurosos, otros profundamente humanos, algunos expertos en convertir teorías complejas en conversaciones cotidianas y otros que enseñaban más desde la experiencia que desde el tablero o proyector de acetatos y filminas. En la universidad uno aprende contenidos, claro, pero también aprende posturas frente a la vida, maneras de argumentar, de investigar, de escuchar y hasta de disentir. Muchos de esos profesores quizá nunca imaginaron cuánto terminarían influyendo en las decisiones profesionales y personales de sus estudiantes.
Y también merecen un lugar especial aquellos maestros que enseñan fuera de las aulas tradicionales. Los entrenadores, instructores y formadores musicales y deportivos que, en ciudades como Cartagena, dedican tiempo a enseñar artes y disciplinas como la música —el piano— y el ajedrez, con el profe Enrique, y los profes de todos los clubes de ajedrez afiliados a la Liga de Ajedrez de Bolívar. Enseñar piano, por ejemplo, es conectar las emociones con la armonía, y el ajedrez no consiste solamente en mover piezas sobre un tablero. En ambos casos es enseñar paciencia, estrategia, concentración, control emocional y respeto. Muchos niños y jóvenes han encontrado esos espacios deportivos y formativos un refugio, una pasión o incluso una manera distinta de entender la vida. A ellos también se les llama “profesores”, y con la misma frecuencia.
Lo sé: me faltan profes en esta columna, incluyendo los coordinadores de disciplina —hoy, de convivencia—. Muchos. Porque una vida escolar completa está llena de rostros, voces, consejos y escenas imposibles de resumir en una sola columna. Pero quizá la intención principal no es mencionarlos a todos, sino agradecerles. Agradecer lo enseñado, lo orientado, lo corregido y hasta lo exigido. Ojalá los profesores no sean recordados únicamente en los reencuentros de egresados o cuando alguien comparte una foto vieja del curso. Ojalá también aparezcan en nuestras conversaciones cotidianas, en los logros profesionales, en los hábitos que heredamos, en las palabras que repetimos sin darnos cuenta y hasta en las maneras en que hoy tratamos a otros.
Al final, gran parte de lo que somos todavía conversa, silenciosamente, con algún profesor que un día se paró frente a un tablero creyendo que solo estaba dando clases.
Feliz Día del Maestro, por siempre. Muchísimas gracias.
Mayo 15 de 2026.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social
Imágenes de referencia.