La noticia de convertir el Parque de La Marina en un “pulmón verde” para Cartagena despierta ilusión, pero también obliga a una conversación seria sobre qué entendemos realmente por restauración ambiental. La ciudad necesita más árboles, sí, pero no cualquier árbol ni cualquier intervención. Sembrar palmeras ornamentales mientras se reducen ecosistemas estratégicos no puede seguir presentándose como política ambiental. Cartagena no requiere maquillaje verde: necesita recuperar su equilibrio ecológico. Y ese equilibrio comienza entendiendo, en ciertos casos muy puntuales, que tanto el manglar como las plantas del bosque seco tropical nativo valen muchísimo más que cualquier render atractivo.
En los últimos años, la dinámica institucional ha privilegiado obras duras, plazas abiertas y paisajismo visualmente limpio, muchas veces desconectado de la lógica natural del territorio. La hojarasca, en cambio, se trata como si fuese basura. Se han talado coberturas vegetales para ampliar concreto y luego se reemplazan con especies de bajo aporte ecosistémico. Las palmeras, aunque icónicas en el imaginario turístico, generan menos sombra, menos captura de carbono y menos regulación térmica que árboles nativos de gran copa. Mientras tanto, los manglares que tanto han llevado del bulto en Cartagena —verdaderos filtros naturales y barreras contra inundaciones— siguen esperando protección integral y manejo técnico permanente. Aún esperamos cómo es que se va a llevar a cabo el trámite de una OMEC para el manglar urbano, anunciado el pasado 13 de junio del año 2024.
Muchos en Cartagena hemos notado —y aguantado— las fuertes temperaturas, además de la pérdida de biodiversidad y la creciente vulnerabilidad climática que, también muchos, insisten en negarla. Por eso, cada intervención urbana debería partir de estudios ecosistémicos y no únicamente urbanísticos. Un parque no puede pensarse aislado de las corrientes de agua, del comportamiento del suelo, de las aves, de la vegetación original y de las dinámicas costeras. El riesgo de convertir el concepto de “pulmón verde” en una consigna política está en creer que sembrar cientos de árboles resuelve automáticamente el problema ambiental. La sostenibilidad no se mide por cantidad de plantas sembradas, sino por la capacidad real de restaurar vida. Es que una cosa es reemplazar árboles enfermos por otros en condiciones aptas, y otra es hacerlo porque no hay más forma de cumplir con compromisos ajenos.
La solución existe y no es imposible. Cartagena necesita un plan maestro de infraestructura ecológica que priorice especies nativas como trupillos, ceibas, campanos, robles y uvitos de playa, capaces de generar sombra, oxígeno y conectividad biológica. Se requiere fortalecer la protección de manglares urbanos, crear corredores ecológicos entre cuerpos de agua y parques —que con tanta fragmentación hasta temo ponerla en duda, pero ojalá se encuentren soluciones—, y garantizar mantenimiento logístico y acompañamiento científico a largo plazo. Además, las universidades, colectivos ambientales y comunidades deben participar en el diseño de estos espacios.
Ojalá el Parque de La Marina logre convertirse en un símbolo distinto para Cartagena: no solo un lugar bonito para tomarse fotos, sino un ejemplo de reconciliación entre ciudad y naturaleza: lo que no pudo la Plaza de Variedades, y lo que se está perdiendo de antemano con la afectación a la isla de Los Pájaros, el manglar de la ciénaga de La Virgen, la "estética" en las orillas del caño Juan Angola, y otras de no menor importancia como en la laguna de San Lázaro y en el caño Bazurto. La ciudadanía merece espacios públicos dignos, seguros y vivos, pero también merece decisiones responsables con el futuro ambiental. Humanizar la ciudad implica entender que los árboles no son adornos y que los manglares no son obstáculos para el desarrollo. Tal vez el verdadero progreso consista en aprender, por fin, a construir sin destruir aquello que todavía nos permite respirar.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social
Fotos: Basabe, (2026).