No es ninguna exageración. Desde hace muchos años, los días y noches cartageneros dejaron de ser de labores y descansos para convertirse en cálculo: hay muchos barrios donde salir es una apuesta y quedarse tampoco garantiza nada. Esto es comúnmente visible y sentido en todos los estratos conocidos y por conocer. Los muertos ya no sorprenden, los atracos se repiten, y la gente inocente paga una cuenta que nunca abrió. La ciudad aprendió a caminar mirando atrás, como si el peligro ya estuviera acostumbrado a respirar siempre en la nuca —de hecho, ya lo está—. Esto no es nada normal, y no se puede seguir permitiendo bajo ninguna circunstancia.
Según Cartagena Cómo Vamos, la percepción de inseguridad se mantiene alta y sostenida en un 53%, incluso cuando algunas cifras oficiales intentan mostrar otra cara. Pero la vida cotidiana no se mide en boletines: se mide en puertas cerradas temprano, en rutas evitadas, en silencios incómodos. Ni dentro de casa nos sentimos a salvo, y eso ya es una derrota colectiva.
Conozco de cerca muchas razones para realzar este problema: que las rutas habituales para caminar ya no son seguras, que los niños también son víctimas de los delincuentes, y que ellos sigan abusando de la confianza para intentar robar dentro de las casas. Que patrulleros de la Policía solo se dediquen a pedir documentos a gente sana y a estar dentro de locales comerciales sin claro motivo, y no a perseguir criminales. Que de cuando en vez se les conozca su presencia, en la calle y con la gente, cuando la mayoría del tiempo conoce su ausencia.
Mientras tanto, la administración de Dumek Turbay insiste en mostrar avances en grandes obras, como si el cemento pudiera reemplazar la tranquilidad. No es que la infraestructura no importe, es que una ciudad no se sostiene si su gente vive con miedo. La seguridad no puede ser un apéndice del gobierno distrital, ni un discurso de ocasión o una publicación en redes cuando la presión sube.
En Cartagena, las verdaderas líneas de acción son seguridad y cultura. De allí, se desprenden todas las demás conocidas. No es necesario imaginarse que ni plata pública habrá suficiente, en pocos años, para cambiar y fortalecer lo que realmente hace ciudad: nuestro comportamiento, nuestro sentido de pertenencia en la calle y en el hogar. Esa es la verdadera intención de las lecciones: aplicarlas. Y no habrá plata porque, simplemente, se ha estado usando para cosas quizás menos urgentes. Entonces, lo que es necesario, tendrá forzosamente que esperar más tiempo. Injusto.
La ausencia de patrullajes permanentes por parte de la Policía Metropolitana de Cartagena es evidente, intermitente, casi simbólica: me refiero "de Bazurto hacia el sur", que también es ciudad. Y el desenfoque de Distriseguridad en cuanto a su principal tema, es ridículo. No basta con comunicados escuetos: se necesitan decisiones. Tampoco sirve el exceso de positivismo en publicaciones oficiales y personales que solo buscan lavar imagen. Mucho menos, que la seria acción institucional se convierta en una película.
Como en Cartagena no se respira una ciudad para todos en medio de la tranquilidad, que los likes jamás remplazarán la seriedad del cumplimiento de la misión institucional, y que la prevención sigue cayendo frente a la violencia urbana, es urgente y necesario el paso al costado de todos los responsables de la política de seguridad distrital y sus ejecutores. Eso sí: que quienes vengan no sigan la misma línea de ejecución de los actuales, y se enfoquen en lo que realmente importa.
Adicional: Secretaría del Interior del Distrito de Cartagena de Indias.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social
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