El estuche


El ambientalismo que más ruido hace en redes no siempre es el que mejor entiende los problemas. Se ha vuelto común defender causas desde lo emocional y lo estético: me refiero a animales “bonitos”, otros cercanos al hogar u otros virales del momento, sin preguntarse si pertenecen al ecosistema nuestro ni qué efectos generan. Esa mirada fragmentada reduce la complejidad ambiental a reacciones inmediatas y deja por fuera lo esencial: el equilibrio ecológico. No se trata de sentir menos empatía, sino de pensar con más rigor.

El caso del hipopótamo originario de África es el ejemplo más visible. Su imagen genera simpatía, pero es una especie invasora que altera cuerpos de agua, desplaza fauna nativa y modifica dinámicas ecológicas enteras. Invasora, y no propia de Colombia. Lo mismo ocurre con el caracol africano, que transmite enfermedades y compite con especies locales; el pez león, que depreda sin control en el Caribe; o plantas como el tulipán africano, el neem y el retamo espinoso, que invaden y degradan ecosistemas en bosques secos, bosques alto andinos y páramos. Ninguno de estos problemas se resuelve con afecto, menos con rabia o defensa irracional: se enfrentan con evidencia, monitoreo y decisiones informadas.

Por eso las acciones del Estado —control, erradicación o manejo de especies invasoras— responden a criterios técnicos sustentados en la ciencia. Puede incomodar, pero la ciencia, a través de métodos rigurosos, es la única garante de decisiones que realmente protejan la biodiversidad en el largo plazo. A esto debe sumarse el conocimiento comunitario probado, ese que han construido durante generaciones pueblos y comunidades que sí conviven y cuidan sus territorios. Cuando ambos saberes dialogan —el científico y el local, que es aquel que está a favor de la conservación como debe ser—, las soluciones son más sólidas y legítimas.

Este debate no debería contaminarse con otras agendas ni leerse en clave ideológica. No es un asunto de izquierda, centro o derecha, ni compite con otros problemas urgentes del país. Es, ante todo, una cuestión de entender cómo funcionan los ecosistemas y actuar en consecuencia. Si el ambientalismo quiere ser realmente transformador, debe dejar de ser selectivo y empezar a ser integral: menos espectáculo, y menos vulgaridad e irrespeto por parte de ciertos personajes. Más ciencia, más pedagogía contextual y más valor por los saberes que sí han demostrado conservar.

El estuche puede cautivar, pero es el contenido el que sostiene el equilibrio de un ecosistema. Mucho más cuando se trata de defender la biodiversidad local y nacional propias. Un ambientalismo que mire más allá, guiado por la ciencia y los saberes que conservan, será el que realmente cuide lo que importa. Será el que mire la esencia, y no las apariencias.

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Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social

coralesdevaradero@gmail.com

 

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